Este artículo se publicó originalmente en Handelsblatt y Les Echos.
La decisión del Gobierno de Estados Unidos de retirarse del Acuerdo de París sobre el clima supone un gran obstáculo para la lucha contra los riesgos climáticos. Sin embargo, las reacciones han demostrado que los gobiernos de todo el mundo están firmemente comprometidos con el cumplimiento del ambicioso acuerdo climático. Así que, sea cual sea el clima actual a corto plazo, no deberíamos esperar un cambio de rumbo. La transición hacia una economía con bajas emisiones de carbono ya ha comenzado.
Actualmente, se subestima enormemente el papel de los bancos y otras instituciones financieras en este proceso; los procesos de ajuste también afectarán al sector financiero. El ajuste hacia una economía con menos emisiones de carbono podría llevar a reevaluar el valor de una amplia gama de activos cuando se hagan evidentes los costos reales de la transición. Como resultado, las empresas, los inversores y los prestamistas activos en los sectores afectados deberían esperar que sus rendimientos se desplomen. Ya hemos visto ejemplos de fuertes devaluaciones. Como señaló Mark Carney, presidente del Consejo de Estabilidad Financiera, la capitalización bursátil de los cuatro principales productores de carbón de Estados Unidos ha caído más de un 90 % en los últimos seis años.
La gestión de estos riesgos debe ocupar un lugar destacado en la agenda del sector financiero. Sin embargo, muchos bancos e inversores institucionales aún no han desarrollado la capacidad de identificar y cuantificar los riesgos de crédito y de mercado que surgirán cuando se tengan en cuenta los aspectos ambientales al valorar sus activos. Esta valoración plantea un desafío para los bancos y los inversores institucionales por varios motivos. En primer lugar, los cambios que afrontamos se extienden a largo plazo y su desenlace es incierto; en segundo lugar, los datos históricos sirven de poco para predecirlos; y, en tercer lugar, todo el proceso estará muy influido por las decisiones políticas, lo que añade más incertidumbre.
Pero los responsables políticos y los supervisores también deben hacer su parte. En reconocimiento de ello, el G20 incorporó las finanzas verdes a su agenda ya en 2015. Y bajo la presidencia alemana de este año, seguirá avanzando en dos ámbitos importantes.
Hace apenas unos días, un grupo de trabajo impulsado por el sector y convocado por el Consejo de Estabilidad Financiera publicó recomendaciones para que las empresas divulguen, de forma voluntaria, coherente y comparable, los riesgos financieros relacionados con el clima. Paralelamente, el G20 estudia opciones para respaldar los esfuerzos del sector financiero por desarrollar métodos y herramientas para analizar los riesgos derivados de la exposición de las empresas financieras a factores ambientales y climáticos. Otro objetivo es mejorar la accesibilidad y la pertinencia de los datos ambientales de acceso público para el sector financiero, como complemento del trabajo sobre la divulgación de información empresarial.
Sin embargo, los actores de los mercados financieros deberían ir un paso más allá y examinar las oportunidades que presenta este proceso. La transición hacia una economía con bajas emisiones de carbono requerirá una gran cantidad de financiación. Sus costos se miden en billones, no en miles de millones.
Una forma de movilizar los fondos necesarios podrían ser los «bonos verdes», instrumentos de deuda destinados específicamente a financiar proyectos verdes. El potencial es considerable: actualmente, menos del 1 % del total de las emisiones de bonos corresponde a bonos verdes etiquetados, y menos del 1 % de las carteras de los inversores institucionales mundiales está compuesto por activos específicos de infraestructura verde. Sin embargo, el volumen del mercado casi se duplicó el año pasado. A principios de este año se emitió con éxito un bono verde soberano de gran tamaño. Además, los centros financieros de Londres, París y Fráncfort están tomando medidas para posicionarse como centros financieros verdes de alcance mundial.
Los bancos también podrían desempeñar un papel más importante. Hasta ahora, solo entre el 5 % y el 10 % de los préstamos bancarios son «verdes», según los datos de los pocos países donde existen definiciones nacionales de préstamos verdes. Las instituciones financieras deben reconocer la próxima transición hacia una economía con bajas emisiones de carbono como una prometedora oportunidad de negocio a largo plazo. Dado que muchos bancos buscan desesperadamente nuevas oportunidades de negocio, estamos convencidos de que a los consejos de administración les convendría dedicar más esfuerzos a explorar las finanzas verdes.
Las instituciones financieras, los responsables políticos y los supervisores deben reconocer que la transición hacia una economía más verde y con bajas emisiones de carbono no se detendrá. Está claro que esperar no es una opción.



