¿Puede el superávit de Alemania dañar a la eurozona?

¿Puede el superávit de Alemania dañar a la eurozona?
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Mientras el resto del mundo se recupera de la gran recesión, Europa se estanca. El crecimiento de la eurozona se espera que sea del 1,7 % el próximo año. ¿Qué se puede hacer al respecto?

Una solución es un euro más débil. A principios de este mes, el director ejecutivo de Airbus pidió medidas drásticas para reducir el valor del euro frente al dólar en torno a un 10 %, desde un “loco” 1,35 $ hasta entre 1,20 $ y 1,25 $. El Banco Central Europeo recortó sus tipos de interés de depósito de 0 a -0,1 %, lo que en la práctica supone cobrar a los bancos por mantener el dinero en el Banco Central. Pero estas medidas tuvieron poco efecto en los mercados de divisas.

Esto se debe principalmente a que no se está haciendo nada para impulsar la demanda agregada. Reino Unido, Estados Unidos y Japón aumentaron todos su oferta monetaria para reactivar sus economías, y la devaluación de la moneda se convirtió en un componente esencial del mecanismo de recuperación. El presidente del BCE, Mario Draghi, a menudo insinúa una flexibilización cuantitativa; el mes pasado, repitió que “si es necesario, actuaremos con rapidez con nuevas medidas de flexibilización monetaria”, pero su perpetua falta de compromiso recuerda a la de Mark Carney, gobernador del Banco de Inglaterra, a quien un antiguo ministro del Gobierno británico comparó recientemente con un “novio poco fiable”.

Pero la inacción del BCE no es totalmente responsable de la apreciación del tipo de cambio del euro. El patrón de desequilibrios en la balanza por cuenta corriente en toda la eurozona también desempeña un papel importante.

El superávit por cuenta corriente de Alemania, el mayor de la eurozona, no es un fenómeno nuevo. Existe desde la década de 1980 y solo se redujo durante la reunificación, cuando la intensa inversión en construcción en la antigua Alemania Oriental absorbió con creces el ahorro del país. El superávit exterior ha crecido especialmente rápido desde comienzos de la década de 2000. Hoy se mantiene cerca de su nivel previo a la crisis de 2007, en el 7,4 % del PIB.

Ahora bien, los países que antes sufrían déficits están pasando a registrar superávit, lo que significa que la balanza por cuenta corriente de la eurozona es cada vez más positiva; de hecho, el superávit de toda la eurozona ahora se prevé que sea del 2,25 % del PIB este año y el próximo. La eurozona ahorra más de lo que invierte o, dicho de otro modo, exporta más de lo que importa. Esto fortalece su moneda.

Ya en octubre de 2013, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos señaló con el dedo al superávit estructural de Alemania como origen de los males de Europa. Su argumento era que, si un país registra superávit, otro debe registrar déficit, porque el exceso de ahorro o de exportaciones del país con superávit debe ser absorbido por otro país en forma de inversión, consumo o importaciones.

Si el país con superávit no toma medidas para reducirlo, por ejemplo aumentando su inversión y consumo internos, la única forma en que el país deficitario puede reducir su déficit es recortando su propia inversión y consumo. Pero esto daría lugar a un equilibrio “malo”, alcanzado a través del estancamiento.

Algo parecido parece haber ocurrido en la eurozona. Alemania ha conservado su “buen” superávit, mientras que los países mediterráneos redujeron drásticamente sus déficits recortando la inversión, el consumo y las importaciones. La tasa de desempleo de Grecia se disparó hasta casi el 27 %; la de España es casi igual de alta, y Portugal se enfrenta a una crisis bancaria.

En noviembre de 2013, Paul Krugman escribió que “el fracaso de Alemania en ajustarse magnificó el coste de la austeridad”. Aunque, como sostuvo Krugman, “era inevitable que España atravesara años difíciles mientras aprendía a vivir dentro de sus posibilidades”, “la inflexibilidad de Alemania fue un factor importante del sufrimiento de España.”

Pero Alemania rechazó esta lógica. Su superávit por cuenta corriente era la justa recompensa a su duro trabajo. De hecho, según el Ministerio de Finanzas alemán, el superávit “no es motivo de preocupación, ni para Alemania, ni para la eurozona, ni para la economía mundial”. Como no era necesaria ninguna “corrección”, correspondía a los países deficitarios ajustarse apretándose el cinturón.

John Maynard Keynes señaló la consecuencia deflacionaria de esta actitud en 1941. Los países deficitarios con un tipo de cambio fijo (como ocurre en la eurozona) se ven obligados a recortar su gasto, mientras que los países con superávit no sufren una presión equivalente para aumentar el suyo. La solución propuesta por Keynes a este problema fue un sistema internacional de pagos que obligaría a un ajuste simétrico tanto a los países con superávit como a los deficitarios. Los superávits y déficits persistentes se gravarían a un tipo creciente. Su plan fue rechazado.

Por supuesto, un país acreedor siempre puede ayudar a un deudor invirtiendo allí su superávit. Alemania está dispuesta a hacerlo en principio, pero insiste en que primero debe llegar la austeridad. El problema es que el estancamiento arruina las perspectivas de inversión.

China ha demostrado que un ajuste voluntario por parte de un país con superávit es posible. Hasta hace poco, el problema de los desequilibrios globales se centraba en el superávit bilateral de China con Estados Unidos. China utilizó su exceso de ahorro para comprar bonos del Tesoro de EE. UU., lo que hizo bajar los tipos de interés mundiales y facilitó préstamos baratos, permitiendo a Estados Unidos registrar un enorme déficit por cuenta corriente. Sin embargo, el principal efecto de los tipos de interés bajos fue alimentar la burbuja inmobiliaria que estalló en 2007, lo que condujo directamente a la crisis financiera de 2008.

Desde entonces, China ha hecho grandes esfuerzos por reducir su superávit exterior. En su máximo, equivalente al 10,1 % del PIB en 2007, el superávit era mayor que el de Alemania; a finales de 2013 se había desplomado hasta el 2 % del PIB.

¿Por qué China estuvo dispuesta a ajustarse mientras que Alemania no? Quizá una diferencia clave radica en que Alemania tiene un peso político considerable sobre los países deficitarios con los que comercia. Alemania logró, de hecho, imponer la austeridad a sus vecinos.

Esto plantea una cuestión importante sobre la legitimidad de la austeridad. Sus principales defensores son los acreedores, que tienen mucho que ganar con ella (en comparación con la alternativa de subir los salarios internos y condonar deudas). Los conflictos entre acreedores y deudores han sido siempre la materia de la política monetaria, y la persistencia de la austeridad ha preparado el terreno para una nueva revuelta de los deudores.

Así pues, tendremos que confiar en Draghi y en la flexibilización cuantitativa para salvar al euro de Alemania. El dinero tendrá que caer desde el proverbial helicóptero antes de que Alemania muestre alguna disposición a reducir su superávit.

Publicado en colaboración con Project Syndicate.

Autor: Robert Skidelsky, profesor emérito de Economía Política en la Universidad de Warwick y miembro de la Academia Británica en las áreas de historia y economía, es miembro de la Cámara de los Lores británica.

Imagen: El panel del índice alemán DAX durante una sesión de negociación en la bolsa de Fráncfort, el 5 de junio de 2014. REUTERS/Ralph Orlowski

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