En los últimos años, muchas películas han retratado la marginalidad urbana y la desigualdad en América Latina. Estación central de Brasil y Ciudad de Dios fueron populares, pero pocas pueden rivalizar con el thriller mexicano La Zona al representar el inquietante panorama de la desigualdad en las megaciudades latinoamericanas y las consecuencias de unas ciudades divididas social y económicamente.
La película transcurre dentro de una urbanización cerrada en México. Altos muros de seguridad y guardias rodean alrededor de un centenar de casas grandes con jardines frondosos y siempre verdes. Los residentes tienen su propio consejo y establecen sus propias normas y reglamentos.
Una noche, un grupo de intrusos atraviesa el vallado por una entrada de servicio doméstico que utilizan en un circuito. Entran en varias casas y matan a un residente. Se produce un enfrentamiento entre los residentes y los intrusos, y todos estos mueren salvo uno: un adolescente que consigue escapar, pero queda atrapado dentro de la urbanización cerrada.
Tras un intenso debate en las reuniones de su consejo, los residentes se niegan a involucrar a la policía, pues la opinión general es que está demasiado corrompida para ser útil. En cambio, deciden tomar las riendas y resolver por sí mismos el robo y el asesinato. El adolescente intruso, escondido en el recinto, se refugia en el sótano de una casa y conoce al hijo adolescente de sus residentes. Intercambian unas palabras y, poco a poco, en ese escondite, se hacen amigos.
La película ofrece una mirada alarmante a la vida urbana en América Latina, hoy el continente más urbanizado, con un 80 % de su población viviendo en zonas urbanas. En Buenos Aires, los espacios urbanos se han multiplicado en los últimos años, al igual que la desigualdad. Según un informe de la oficina nacional del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo(PNUD), había 90 urbanizaciones cerradas a principios de la década de 1990, 285 en 2001 y se estimaba que habría 541 en 2008. Las familias de ingresos medios y altos que pueden costear el funcionamiento de una «ciudad privada» se trasladan a estos espacios para escapar de la creciente inseguridad urbana. Si esta tendencia continúa, solo aumentarán la desigualdad en la ciudad y la sensación de inseguridad de quienes viven en urbanizaciones cerradas.
Combatir la inseguridad
La delincuencia es un problema grave en muchas ciudades latinoamericanas. En Argentina, una encuesta independiente reveló que el 86 % de la población manifiesta sentirse insegura y que más del 31 % de la población argentina fue víctima de un acto de violencia en 2013. Sin embargo, en vez de abordar directamente el desempleo juvenil y los problemas de inseguridad que lo acompañan, o de regular adecuadamente el suelo urbano y el mercado de la vivienda, el Estado ha permitido que las personas acomodadas se ocupen de su propia seguridad, sobre todo al dejar que se aíslen de la ciudad mediante cercas.
Mientras tanto, la población de Buenos Aires que vive en asentamientos informales aumentó un 220 % entre 1981 y 2006, frente a un crecimiento del 35 % de la población urbana en su conjunto. Estas zonas suelen estar habitadas por familias de bajos ingresos que no pueden pagar el alquiler en la ciudad. Ocupan terrenos urbanos vacantes y construyen viviendas con los materiales que pueden costear, o alquilan viviendas que otros han construido ilegalmente.
Los servicios públicos son mínimos; las oportunidades de empleo se concentran principalmente en el sector informal y son muy precarias; el hambre y la mala salud son endémicas. Muy a menudo, son los jóvenes residentes de estos asentamientos informales, desempleados y sin estudios —y que recurren a las drogas y a la delincuencia como una salida fácil— quienes provocan esta situación de gran inseguridad.

Condiciones de vida en los asentamientos informales de Buenos Aires. Programa Interdisciplinario sobre Desarrollo Humano e Inclusión Social de la Universidad Católica Argentina, 2011-12

Situación de salud de las personas en asentamientos informales. Programa Interdisciplinario sobre Desarrollo Humano e Inclusión Social de la Universidad Católica Argentina, 2011-12
Un terreno común
Todo el mundo busca sobrevivir como puede. Es grande la tentación de que quienes tienen una mejor situación económica se muden a urbanizaciones cerradas para escapar de la inseguridad. De hecho, las villas y las urbanizaciones cerradas son realidades profundamente entrelazadas que perpetúan y refuerzan mutuamente su existencia.
Por lo tanto, para abordar la violencia y la inseguridad urbanas hay que partir de lo que comparten quienes disfrutan de los derechos económicos y sociales de la ciudad y quienes no: la ciudadanía común de compartir el mismo espacio urbano físico es un buen punto de partida. En La Zona, los prejuicios del adolescente residente disminuyen progresivamente a medida que conoce la vida del intruso.
Mantener este espacio común de encuentro es esencial para sobrevivir, pues, por mucho que un grupo intente aislarse del otro, nuestras vidas están ineludiblemente ligadas. El Estado puede desempeñar un papel esencial para garantizar la preservación de los espacios comunes, pero, ante todo, es responsabilidad de todos los ciudadanos urbanos crear espacios donde se puedan imaginar y llevar a cabo soluciones colectivas a los problemas comunes de todos los habitantes de la ciudad.
Publicado en colaboración con The Conversation
Autoría: Séverine Deneulin es profesora titular de Desarrollo Internacional. Su investigación se centra en la ética y las políticas de desarrollo. Roy Maconachie es profesor titular de Desarrollo Internacional en la Universidad de Bath.
Imagen: Un candado y una cadena aseguran una puerta de acceso a una casa en Goussainville-Vieux Pays. REUTERS/Charles Platiau



