Los problemas de la política fiscal

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To substitute monetary policy for fiscal policy would be a big mistake.Image: Unsplash/laimannug
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¿Será la próxima recesión peor de lo que cree? Dado que los principales bancos centrales tienen poco margen para seguir bajando los tipos de interés, ¿podría la próxima desaceleración cíclica convertirse en una crisis? En teoría, la política fiscal puede contribuir mucho a llenar ese vacío. En la última década ha aumentado el fervor por la política fiscal entre muchos economistas y responsables de políticas, y es muy probable que en la próxima desaceleración se ponga ampliamente a prueba el ajuste fiscal preciso. ¿Tienen razón?

Soy escéptico. La política fiscal está demasiado politizada como para sustituir de manera constante a los bancos centrales tecnocráticos, independientes y modernos, que hasta ahora han llevado en gran medida la iniciativa en la estabilización a corto plazo. La política fiscal aborda cuestiones fundamentales, pero muy controvertidas —relativas al crecimiento, la estabilidad a largo plazo y la asignación— que deben decidirse democráticamente, al menos en las economías avanzadas. Y, sin embargo, las representaciones académicas de la política fiscal como herramienta tecnocrática objetiva a menudo hacen sentir que vivimos en un episodio de la serie de televisión estadounidense The West Wing.

En esa serie, aclamada por la crítica, el ficticio presidente demócrata de Estados Unidos, Jed Bartlet, es economista de formación. Buena persona y moral, y respaldado por un equipo igualmente bienintencionado y brillante, Bartlet tiene el don de sopesar los sofisticados consejos de los expertos para tomar decisiones matizadas de política económica que equilibran la eficiencia, la equidad y las realidades políticas. Por supuesto, a menudo encuentra oposición para sacar adelante sus proyectos de ley, pero Bartlet y su equipo suelen prevalecer. También ayuda que los ideólogos de derecha que se oponen a Bartlet no solo sean malas personas, sino también intelectualmente mediocres.

No son solo los economistas académicos quienes sostienen que ha llegado la hora de una política fiscal activa, dadas las limitaciones de la política monetaria en un entorno de tipos de interés ultrabajos. Muchos de los principales banqueros centrales también afirman que, en lugar de limitarse a desempeñar su función tradicional de decidir cómo asignar el gasto público, la inversión, los impuestos y las transferencias, la política fiscal puede sustituir a la política monetaria en el ajuste preciso de la economía y la lucha contra la recesión.

Al recorrer las revistas económicas y las principales reuniones de economistas académicos, uno encuentra un modelo tras otro de The West Wingpolítica fiscal al estilo de

—reflexiva, fiable y creíble— que parece respaldar esos argumentos. Sin embargo, la literatura y el debate recientes ignoran casi por completo las cuestiones de economía política que se estudiaron intensamente en las décadas de 1980 y 1990. En gran medida, hoy se han olvidado las lecciones aprendidas entonces.

Precisamente porque la política fiscal implica inevitablemente compromisos complejos, fruto de duras negociaciones —que, de todos modos, a menudo quedan revocados tras las elecciones posteriores—, la mayoría de los países han recurrido a los bancos centrales para estabilizar la economía a corto plazo. Podría decirse que el banco central moderno, independiente y tecnocrático es la mayor innovación en macroeconomía desde que John Maynard Keynes sentó las bases de la gestión de la demanda. Los gobiernos pueden y deben tomar las grandes decisiones sobre la orientación de las políticas a largo plazo, pero quien crea que los parlamentos pueden tomar decisiones de ajuste preciso de manera constante vive en una realidad alternativa.

Lo cierto es que hoy, en la mayoría de los países, la política económica está muy polarizada y las decisiones se toman por mayorías muy ajustadas. En Estados Unidos, por ejemplo, para los demócratas la política fiscal significa en gran medida la oportunidad de aumentar el gasto y las transferencias. Para los republicanos, significa reducir los impuestos para achicar el Estado. Estas diferencias conducen a una política pendular. Como instrumento de estabilización a corto plazo, será inevitablemente difícil determinar el momento y la magnitud de las medidas fiscales con la misma precisión con que los bancos centrales han logrado hacerlo con la política monetaria.

Sobre todo en los últimos 20 años, los banqueros centrales han reconocido cada vez más que unas políticas coherentes, estables y previsibles son tan importantes como cualquier decisión a corto plazo. De hecho, en una conferencia tras otra se oye a los banqueros centrales sopesar los matices de pequeños cambios en sus mensajes y sus efectos sobre las expectativas.Pero en The West Wing

-artículos académicos al estilo de

se da por sentado que las funciones de la política fiscal —el gasto público y la política tributaria— son totalmente estables y previsibles. Se prescinde de todos los problemas relacionados con la credibilidad y la coherencia.

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