¿Cómo puede funcionar mejor la eurozona?

¿Cómo puede funcionar mejor la eurozona?
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La eurozona afronta unas perspectivas económicas sombrías, con un crecimiento estancado y la amenaza de deflación cada vez más presente. El economista Martin Feldstein, escéptico con la iniciativa desde el principio, ahora la califica de «fracaso». ¿Tiene razón Feldstein o podría la eurozona convertirse en la «zona monetaria óptima» que sus creadores creían que sería?

Para responder a esta pregunta, ante todo es necesario comprender los costes y beneficios de los distintos sistemas de tipos de cambio. El Fondo Monetario Internacional se creó hace 70 años para gestionar un sistema de «paridad ajustable»: un sistema híbrido en el que los tipos de cambio solían estar fijados al dólar estadounidense, pero podían ajustarse ocasionalmente para mejorar la posición competitiva del país en los mercados de exportación.

Durante las primeras décadas, este sistema se inclinó claramente hacia la «paridad», debido a la convertibilidad directa del dólar estadounidense en oro. Esto aportó una estabilidad considerable al orden monetario mundial tras las devaluaciones competitivas de la década de 1930, que algunos economistas consideraron perjudiciales.

Sin embargo, el sistema de tipos de cambio fijos también mermó la capacidad de Estados Unidos para gestionar su balanza de pagos. Por eso, en 1971, el presidente Richard Nixon abandonó unilateralmente la convertibilidad del dólar en oro y permitió que los tipos de cambio de las principales monedas fluctuaran entre sí.

Este sistema ofrece ventajas importantes: sobre todo, permite a la Reserva Federal de Estados Unidos inyectar dinero en la economía para prevenir o detener una recesión. Pero también conlleva riesgos graves, como muestran los desequilibrios comerciales que surgieron en la década de 1980.

De 1980 a 1985, el dólar estadounidense se apreció un 50 % frente a las monedas de Japón, Alemania Occidental, Francia y el Reino Unido; el déficit por cuenta corriente de Estados Unidos se acercaba al 3 % del PIB; y sus cuatro principales competidores registraban enormes superávits y un crecimiento negativo del PIB. Para corregir estos desequilibrios, los cinco países firmaron el Acuerdo del Plaza, en el que acordaron intervenir en los mercados de divisas para devaluar el dólar.

En este contexto nació el euro, con el objetivo de impulsar las economías europeas mediante la ampliación de su mercado «local», la reducción de los costes de transacción y la facilitación del flujo de información. En 1991, la pérdida de independencia en materia de política monetaria parecía un sacrificio que valía la pena para las economías europeas; hoy, parece que pudo haber sido un error.

De hecho, la experiencia de Estados Unidos en la década de 1960 debería haber advertido a los creadores de la eurozona de que quizá no fuera buena idea atar las manos a las autoridades monetarias nacionales. Esto no ocurriría si la eurozona funcionara de acuerdo con la visión de Robert Mundell de una zona monetaria óptima, en la que los ajustes laborales y de capital sustituyeran a los ajustes del tipo de cambio y las perturbaciones fueran homogéneas (en lugar de asimétricas). Además, la experiencia de la reunificación alemana sugiere que la unión política es fundamental para el éxito de una unión de este tipo.

El desempeño de la eurozona no ha cumplido ninguno de estos criterios. En particular, los países de la eurozona han afrontado perturbaciones asimétricas de gran magnitud, ante las cuales la falta de instrumentos de política monetaria independientes hizo prácticamente imposible responder. Como resultado, han tenido dificultades con crisis económicas recurrentes.

Para comprender el poder correctivo de la política monetaria, basta con considerar los recientes avances de Japón para salir de décadas de estanflación. La expansión monetaria fue uno de los tres elementos clave de la estrategia económica del primer ministro Shinzo Abe: un enfoque que podría haberse aplicado años antes para frenar la fuerte apreciación del yen. El problema era que los predecesores de Haruhiko Kuroda, gobernador del Banco de Japón, actuaban como si estuvieran sujetos a un régimen de tipos de cambio fijos.

A diferencia de lo ocurrido en Japón, que los países de la eurozona no apliquen medidas audaces de política monetaria no es una cuestión de elección. El único instrumento de política monetaria disponible consiste en modificar colectivamente el valor del euro frente a las monedas de fuera de la eurozona. Pero el uso de este instrumento está limitado por las grandes diferencias entre países en cuanto a su tolerancia a niveles de precios inflacionarios o deflacionarios.

Es cierto que la integración económica europea —un proceso que, podría decirse, culminó con la creación de la eurozona— también aportó claros beneficios políticos. Como prometió Robert Schuman cuando concibió la idea de una Comunidad Europea, la integración ha impedido que se repita la guerra entre Alemania y Francia. Sin embargo, es dudoso que una unión monetaria de tal envergadura fuera necesaria para alcanzar ese objetivo.

En cualquier caso, la eurozona existe y, a estas alturas, sería extremadamente difícil desmantelarla por completo. Por eso, el objetivo actual debería ser avanzar hacia una zona monetaria óptima.

Para empezar, los líderes europeos deben reconocer que la eurozona, tal como está constituida actualmente, es más amplia que la zona monetaria óptima de Europa. Algunos de sus países miembros —sin duda Grecia y, probablemente, Italia y España— necesitan una política monetaria independiente. De lo contrario, seguirán pasando de una crisis a otra, y los países que sí forman parte de la zona monetaria óptima —por ejemplo, Alemania y Francia— sufrirán las consecuencias.

Una vez optimizada la composición de la eurozona, el siguiente paso será asegurar que continúe avanzando la consolidación política. El resultado será una eurozona más fuerte y eficiente, en la que los beneficios realmente superen los costes.

Publicado en colaboración con Project Syndicate.

Autor: Koichi Hamada, asesor económico especial del primer ministro de Japón, Shinzo Abe, es profesor de Economía en la Universidad de Yale y profesor emérito de Economía en la Universidad de Tokio.

Imagen: En esta fotografía ilustrativa tomada en Roma el 9 de diciembre de 2011 se ven monedas de euro. REUTERS/Tony Gentile.

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