¿La independencia hace más ricos a los países?

¿La independencia hace más ricos a los países?
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La secesión está de moda. Tras décadas de estricta aplicación del principio de integridad territorial durante la Guerra Fría, la independencia de Eslovenia de la antigua Yugoslavia, el colapso de la Unión Soviética, la división de la antigua Checoslovaquia y la separación de Eritrea de Etiopía abrieron las compuertas. Hoy, las tensiones secesionistas son cada vez más evidentes, con focos de conflicto en todos los continentes. Los referendos oficiales y no oficiales sobre la independencia celebrados en 2014 en Escocia, Cataluña y Crimea volvieron a situar firmemente la secesión en el centro de atención.

Los movimientos secesionistas de todo el mundo suelen afirmar que la independencia conlleva importantes beneficios económicos. Como se sostuvo en el caso del referendo escocés, «la independencia es la clave para liberar plenamente el potencial de Escocia y escapar de las limitaciones del marco constitucional actual» (Fiscal Commission Working Group 2013, p. 37). En Cataluña, se ha afirmado que un Estado catalán gestionaría los recursos públicos «de forma más transparente y responsable» (Advisory Council for National Transition 2013, p. 27) que el Estado español. Desde esta perspectiva, se espera que la secesión dé lugar a un «dividendo de la independencia», caracterizado por un mayor crecimiento y prosperidad en los territorios recién independizados.

Sin embargo, las afirmaciones de los secesionistas de que la independencia permitirá dejar atrás un menor crecimiento y la disfunción burocrática suelen basarse en pruebas empíricas muy limitadas. En gran medida, aún no se ha explorado si la secesión genera o no un dividendo de la independencia.

En un próximo artículo en Territory, Politics, Governance, nos proponemos colmar esta laguna analizando el impacto económico de las sucesivas secesiones en el caso de la antigua Yugoslavia. Mediante un análisis de datos de panel con efectos fijos, rastreamos el desempeño económico de las ocho unidades territoriales constituyentes originales de Yugoslavia entre 1956 y 2011 —primero como parte de una federación y luego como naciones separadas—, controlando al mismo tiempo otras variables para evaluar la dirección y el grado del impacto que la secesión ha tenido en las trayectorias económicas de los nuevos Estados independientes.

La desintegración de la antigua Yugoslavia

La antigua Yugoslavia estaba dividida en seis repúblicas constituyentes (Croacia, Bosnia y Herzegovina, Montenegro, Macedonia, Eslovenia y Serbia); la república más grande, Serbia, contenía dos provincias autónomas, que la dividían en Kosovo, Vojvodina y Serbia propiamente dicha. Era un Estado plurinacional formado tras la Primera Guerra Mundial, que comenzó a desintegrarse alrededor de 1980 y no sobrevivió al colapso del comunismo. Poco después de la caída del Muro de Berlín, se eligieron gobiernos no comunistas en Croacia, Eslovenia, Bosnia-Herzegovina y Macedonia. Se avecinaba el conflicto: Serbia se esforzaba por mantener su poder como la república más grande e influyente de Yugoslavia, mientras que las repúblicas más prósperas del norte —Eslovenia y Croacia— buscaban la independencia plena.

Gradualmente, todas las repúblicas obtuvieron la independencia. En algunos casos, de forma pacífica o con conflictos breves (por ejemplo, Macedonia, Montenegro y Eslovenia); en otros, tras guerras largas y cruentas (por ejemplo, Croacia, Bosnia-Hercegovina y Kosovo). De las ocho unidades territoriales originales de la antigua Yugoslavia surgieron siete repúblicas independientes, y solo Serbia y Vojvodina permanecen unidas en la República de Serbia. Dos de estas repúblicas (Eslovenia en 2004 y Croacia en 2013) se han convertido en miembros de la UE.

Independencia y desempeño económico

La desintegración de Yugoslavia coincidió con profundas recesiones en sus repúblicas constituyentes. Como muestra la Figura 1, para 2011 solo Eslovenia y Macedonia tenían niveles de riqueza que superaban claramente los de comienzos de la década de 1990. Bosnia-Herzegovina, Serbia propiamente dicha y Vojvodina mostraron las peores trayectorias económicas.

Figura 1. Trayectorias económicas de las repúblicas y provincias autónomas de la antigua Yugoslavia, 1955-2011 (1955=100).

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de las oficinas estadísticas yugoslavas y nacionales.

¿En qué medida ha determinado la independencia la trayectoria económica de las antiguas repúblicas yugoslavas? Abordamos esta pregunta mediante un análisis econométrico multidimensional de datos de panel, controlando una serie de otros factores que podrían haber afectado el desempeño económico de cada república.

El análisis utiliza como variable dependiente el crecimiento interanual del PIB real en las ocho unidades territoriales. Las variables independientes se presentan en la Tabla 1 a continuación y pueden clasificarse en tres grupos:

  • Las que describen el nivel de desarrollo del territorio;

  • Controles socioeconómicos y estructurales; y

  • Factores vinculados al proceso de independencia.

Tabla 1. Variables clave y signos esperados de los coeficientes

En general, los resultados del análisis sugieren que los beneficios económicos de la secesión —y, por tanto, de dividir los países en unidades más pequeñas— no se observan en ninguna parte.

La aparición de países pequeños a partir de una unidad mayor, en el caso de Yugoslavia, no generó ningún tipo de dividendo económico para los países surgidos. Todas las antiguas repúblicas yugoslavas sufrieron una pérdida significativa de riqueza en el momento de la independencia. Sin embargo, la gravedad de esta pérdida y la velocidad de la recuperación posterior estuvieron determinadas predominantemente por el proceso, más que por el mero hecho, de la independencia. La guerra y su intensidad supusieron un duro golpe para las economías de Bosnia-Herzegovina y Kosovo. Las sanciones y años de conflicto diplomático limitaron aún más las perspectivas económicas de Serbia, mientras que la grave perturbación del comercio tras la independencia fue un serio obstáculo para el crecimiento económico en toda la antigua Yugoslavia. Las transiciones a la independencia relativamente fluidas de Eslovenia, Montenegro y Macedonia contribuyeron a que registraran el mejor desempeño posterior a la independencia, pese a sus puntos de partida muy distintos.

Por lo tanto, aunque «un Estado pequeño no debe confundirse con un Estado débil» (Gligorov et al. 1999, p. 2), nuestro análisis muestra escasas pruebas de un dividendo directo de la independencia para las repúblicas escindidas de la antigua Yugoslavia. De hecho, la secesión no parece incidir en su desempeño económico posterior. Según nuestro análisis, Eslovenia no tuvo mejores resultados que, por ejemplo, Bosnia-Herzegovina o Kosovo por haberse separado antes de Yugoslavia, sino porque tuvo la suerte de librar una guerra de diez días que dejó 62 muertos y causó pocos daños materiales. Bosnia sufrió una guerra de tres años que causó, según las fuentes, entre 25,000 y 329,000 víctimas mortales y enormes daños materiales, mientras que la guerra en Kosovo duró oficialmente casi un año y medio y dejó alrededor de 14,000 muertos. Eslovenia también tuvo mejores resultados que Serbia, no porque lograra la independencia antes, sino porque participó en menos guerras y no sufrió sanciones económicas. Por último, Eslovenia tuvo mejores resultados que la mayoría de las demás antiguas repúblicas yugoslavas porque ha sido sistemáticamente el país más abierto al comercio y el conflicto no alteró repentinamente sus pautas comerciales con el resto del mundo, como ocurrió en Bosnia-Herzegovina, Serbia y Croacia.

Conclusiones

Nuestra investigación destaca que las mejores trayectorias económicas no están vinculadas al mero hecho de la secesión, sino a cómo tuvo lugar el proceso secesionista.

En los casos en que la secesión se produjo sin un conflicto real y sin una alteración significativa de los vínculos socioeconómicos previos con el resto del mundo, no ha tenido ningún impacto perceptible en el desempeño económico resultante.
Cuando la secesión se logra mediante el conflicto, la destrucción y la perturbación de las pautas comerciales preexistentes, todas las partes involucradas en el proceso sufren.

Esto subraya que, al menos en términos de impacto económico, la secesión no es un acontecimiento, sino un proceso. La forma en que se desarrolla el proceso —y, en gran medida, si existe un acuerdo entre el Estado anfitrión y el que se separa— determina el desempeño económico posterior de ambos. También pone de relieve que la política involucrada en cualquier proceso de secesión casi con toda seguridad determinará las trayectorias económicas subsiguientes.

Por lo tanto, en el clima actual de movimientos secesionistas en distintas partes del mundo, es necesario prestar más atención a cómo puede llevarse a cabo un posible divorcio entre países, en lugar de centrarse en el simple acto de la independencia como tal. A partir del caso de la antigua Yugoslavia, un divorcio amistoso no aportará ningún dividendo de la independencia, pero tampoco perjudicará de forma significativa las perspectivas de desarrollo futuro de todas las partes involucradas. En cambio, es probable que un divorcio amargo tenga consecuencias económicas negativas duraderas. Por desgracia, hasta ahora la atención se ha centrado principalmente en las implicaciones de la secesión, en lugar de en cómo se gestiona cualquier proceso secesionista.

Referencias

Advisory Council for National Transition (2013) L’Administració tributària de Catalunya. Rapport no. 2, 20 December 2013. Generalitat de Catalunya, Barcelona.

Fiscal Commission Working Group (2013) First Report – Macroeconomic Framework, The Scottish Government, Edinburgh.

Gligorov, V, M Kaldor, and L Tsoukalis, (1999) Balkan Reconstruction and European Integration, London School of Economics, the European Institute, London.

Publicado en colaboración con VoxEU

Autor: Andrés Rodríguez Pose es profesor de Geografía Económica en la London School of Economics y titular actual de una Advanced Grant del Consejo Europeo de Investigación. Marko Stermšek es investigador económico, trabaja actualmente en LSE Enterprise —la rama de consultoría de la London School of Economics— y lleva a cabo varios proyectos para la Organización Internacional del Trabajo.

Imagen: Un hombre mira una pantalla frente a una sucursal de United Overseas Bank (UOB) en el distrito financiero de Singapur. REUTERS/Vivek Prakash

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