La hostilidad contra los inmigrantes es una preocupación importante en todo el mundo, pero este tema no logró entrar en las 10 tendencias principales del informe Outlook on the Global Agenda de este año.
«El racismo y la xenofobia, la intolerancia y la islamofobia están en auge», advierte José Manuel Barroso, presidente de la Comisión Europea. «Fomentan la división y generan desconfianza y odio entre comunidades. En los últimos años, incluso hemos visto una creciente ola de acoso y violencia contra solicitantes de asilo, inmigrantes, minorías étnicas y minorías sexuales en muchos países europeos».
No hace falta buscar mucho para comprobar que el presidente Barroso tiene razón. En febrero de 2014, la población suiza votó —aunque por una mayoría mínima— a favor de reintroducir cuotas estrictas a la inmigración procedente de países de la UE. Unos meses después, en mayo de 2014, los partidos antiinmigración lograron avances importantes en las elecciones europeas. En julio, manifestantes a favor y en contra de la inmigración se enfrentaron en Murrieta, una localidad del sur de California, por la llegada de inmigrantes indocumentados —principalmente niños— a un puesto de control fronterizo.
Estos ejemplos ponen de relieve que el sentimiento antiinmigración es una preocupación mundial en aumento. Sin embargo, aunque quienes respondieron a la Encuesta sobre la Agenda Global de este año situaron esta tendencia en un lugar destacado, en última instancia quedó en el puesto 13 y no entró entre las 10 tendencias principales.
Este resultado parece aún más sorprendente porque este tema se cruza claramente con otras tendencias que sí figuraron en nuestra lista final de 10. De hecho, es posible que esta proximidad a otros asuntos —y la interacción recíproca con ellos— haya llevado a que se pasara por alto el «Aumento del sentimiento antiinmigración».
Para empezar, consideremos las dos primeras tendencias de la lista de este año. El persistente crecimiento sin creación de empleo y la creciente desigualdad de ingresos posiblemente hayan contribuido al temor de que la llegada de inmigrantes aumente aún más la presión sobre los escasos empleos mal remunerados; el debate sobre la inmigración en Suiza se centró en la presión sobre el empleo y los salarios en todo el país.
Del mismo modo, los efectos de la inmigración y del aumento de la población en los servicios sociales y de salud, así como en el medioambiente, llevan mucho tiempo citándose —y se siguen citando— como motivos para restringir el movimiento de personas entre países. Es probable que estas fricciones percibidas persistan a medida que la atención sanitaria adquiere un papel cada vez más importante en nuestras economías, como señaló la última tendencia de nuestras 10 principales.
Sin embargo, el discurso antiinmigración no se limita en absoluto a las preocupaciones económicas y sociales. Varias de nuestras tendencias —«Nacionalismo creciente», «Falta de liderazgo» y «Debilitamiento de la democracia representativa»— apuntan a una cambiante percepción de la identidad nacional y quizá incluso a una insatisfacción con las formas tradicionales de gobierno. Como mínimo, estas tendencias pueden interpretarse como reflejo de un entorno político en el que el sentimiento antiinmigración puede prosperar, cuando los votantes abandonan los partidos tradicionales para apoyar opciones políticas más extremas. Los resultados de las elecciones europeas del pasado mayo ponen de manifiesto este cambio con toda claridad.
Para el presidente Barroso, el sentimiento antiinmigración solo puede atenuarse con un liderazgo firme y un enfoque que reconozca tanto los desafíos de la situación como sus oportunidades.
«La migración internacional es una realidad», afirma. «En un mundo abierto, donde las economías desarrolladas, subdesarrolladas y emergentes están integradas a un nivel sin precedentes, funcionan casi como vasos comunicantes: los bienes, los servicios, el conocimiento, la información y, por supuesto, las personas fluyen naturalmente de una parte a otra».
Y añade: «Los beneficios de la diversidad son evidentes, pero a menudo se subestiman. Nuestras sociedades abiertas no pueden prescindir de ella. También es evidente que Europa necesita la migración para afrontar su desafío demográfico. Pero preocupa la falta de valentía política y de liderazgo en estas cuestiones».
En su opinión, abordar el sentimiento antiinmigración exigirá adoptar una postura firme respecto a la propia migración. La Comisión Europea ha propuesto establecer un conjunto común de normas para el control de las fronteras exteriores y reforzar Frontex, la agencia de seguridad fronteriza. Barroso considera que estas medidas ayudarán a los gobiernos europeos a gestionar los desafíos de la migración irregular y fomentarán la solidaridad entre los Estados miembros.
«Esa solidaridad solo es posible si se mantiene el apoyo público a la migración legal», afirma Barroso, «si hacemos frente a cualquier abuso, pero nunca ponemos en riesgo nuestros valores de apertura, tolerancia, respeto del Estado de derecho y dignidad humana para todos».
«En tiempos de globalización, crisis social e incertidumbre cultural, estos valores, que literalmente constituyen el corazón de lo que representa la Unión Europea, nunca pueden darse por sentados. Europa es mucho más que un mercado: es una comunidad de valores fundada en la dignidad humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad».
Por supuesto, estos principios no deberían aplicarse solo a la Unión Europea, sino al mundo entero. Son valores que deberían ser universales y, al protegerlos y promoverlos, podemos eliminar al mismo tiempo los daños causados por la discriminación. La intolerancia —y la búsqueda de una solución— es una preocupación mundial.
Este artículo se preparó para el informe Outlook on the Global Agenda 2015 del Foro Económico Mundial, a partir de una entrevista con José Manuel Barroso.
Autor: José Manuel Barroso fue primer ministro de Portugal (2002-2004) y, desde entonces, ha sido presidente de la Comisión Europea.
Imagen: Un hombre pasa junto a un grafiti frente a la Academia de Atenas, en el centro de Atenas, el 6 de diciembre de 2012. REUTERS/Yannis Behrakis


