La Cumbre del 12 de julio se enfrentó al riesgo de cometer dos errores: empujar involuntariamente a Grecia fuera de la eurozona y acordar una estrategia equivocada. Logró la asombrosa hazaña de cometer ambos errores y alterar radicalmente la unión monetaria.
La razón por la que los jefes de Estado y de Gobierno volvían a reunirse era que los programas anteriores habían fracasado. Por supuesto, Grecia no cumplió sus compromisos, por varias razones, una de las cuales es que nunca tuvo la oportunidad de cumplirlos.
Los fallidos programas de rescate griegos
Ya en 2010, la deuda griega era excesiva. La lógica económica, propuesta en secreto por el FMI, consistía en reducir la deuda lo suficiente como para evitar una contracción fiscal paralizante y concentrada al inicio. En cambio, Grecia se sumió en una profunda depresión.
La suma del déficit de PIB, es decir, la diferencia entre el nivel del PIB real de cada año y el nivel de 2007, asciende al 135%.
Queda por ver si algún país de la historia moderna ha sufrido una pérdida semejante en tiempos de paz.
Ante la rápida disminución de los ingresos fiscales, el Gobierno griego logró reducir su déficit del 15,3% del PIB en 2010 al 3,5% en 2014, y hasta un pequeño superávit neto del servicio de la deuda, probablemente otro récord.
Pese a este enorme recorte fiscal, la depresión hizo que la ratio deuda/PIB siguiera aumentando.
Repetición de errores
La misma lógica fallida se mantuvo cuando en 2012 se adoptó un segundo programa, que sustituyó al primero, incompleto, el cual fue declarado oficialmente un fracaso. Por la mañana del 13 de julio de 2015, la Cumbre acordó formalmente la continuidad de la misma estrategia: sin alivio de la deuda y con más contracción fiscal.
La depresión griega se profundizará de nuevo y producirá los mismos resultados que antes, a menos que se produzca un milagro de la oferta gracias a las reformas estructurales aprobadas previamente (que son mucho más profundas y amplias de lo que reconoce la mayoría; véase Whelan 2015).
El nuevo programa añadirá otro 25% del PIB a la deuda existente.
En unos pocos meses o trimestres, el programa fracasará y la cuestión del Grexit volverá a estallar; eso, si la turbulencia política no ha llevado antes a Grecia a salir.
Para entonces, la economía griega será aún más débil y todavía menos capaz de absorber el veneno que se le ha suministrado sin tregua desde 2010.
El Grexit se está convirtiendo en una profecía autocumplida, por la cual las dificultades griegas provocan condiciones de política aún peores, impuestas por el resto de Europa para evitar el Grexit.
La carga de la deuda y el acceso a los mercados de crédito
De Grauwe (2015) afirma que el valor actual neto de la deuda griega equivale aproximadamente a la mitad de su valor nominal. El razonamiento se basa en la ampliación del vencimiento de la deuda, en el periodo de gracia de diez años en el servicio de intereses de su deuda con el MEDE y en tipos de interés concesionales. Por supuesto, los cálculos son muy sensibles al supuesto de tasa de descuento, lo cual merece señalarse incluso si la conclusión cualitativa sigue siendo válida. Sin embargo, eso no puede ser toda la historia.
El objetivo principal, si no el único, de los programas de asistencia de este tipo es ayudar a un país a recuperar el acceso a los mercados. De hecho, es la pérdida de acceso a los mercados lo que lleva a los países a solicitar asistencia financiera oficial. ¿Cómo evalúan los mercados la capacidad de un país para endeudarse?
Idealmente, los mercados examinarían el valor actual neto, como sugiere De Grauwe. En la práctica, también se fijan en el valor nominal de la ratio deuda/PIB, por razones más o menos válidas (normas contables, evaluación del riesgo, etc.). Simplemente, no hay margen para que Grecia recupere el acceso a los mercados con una carga de deuda nominal cercana al 180% del PIB en la actualidad y que, con el nuevo acuerdo, está destinada a superar el 200%. El rechazo explícito de quitas en el acuerdo aleja a Grecia de recuperar el acceso a los mercados. Una consecuencia de este razonamiento es que la señal, muy condicionada, de que el vencimiento de la deuda podría ampliarse, con un periodo de gracia adicional, difícilmente ayudará.
Privatización y recapitalización bancaria
Otro aspecto inquietante del acuerdo es la exigencia de que Grecia privatice 50.000 millones de euros en activos estatales. Más allá del asombroso grado de intromisión de esta condición, agravado por la transferencia obligatoria de los activos a un fondo de nueva creación, uno solo puede preguntarse cómo se fijó esta cifra. Sería tranquilizador saber que alguien evaluó con competencia el valor de los activos propiedad del Estado, teniendo en cuenta el estado deprimido de la economía.
Otra preocupación adicional es que la mitad de los ingresos por las ventas debería destinarse a la recapitalización bancaria.
Dado que vender activos estatales lleva meses e incluso años, la consecuencia es que los bancos no serán recapitalizados a corto plazo.
El acuerdo incluye la promesa de un desembolso anticipado por parte del MEDE de 10.000 millones de euros para la recapitalización bancaria. Sin embargo, esta cantidad parece muy insuficiente para reabrir los bancos. Después de todo, los bancos griegos han experimentado:
Retiradas de fondos por un total de 33.000 millones de euros entre septiembre de 2014 y finales de mayo de 2015 (financiadas con garantías sujetas a un fuerte descuento);
Elevados niveles de préstamos morosos; y
Una pérdida de valor de los bonos gubernamentales que poseen.
Decepciones en las reformas estructurales
Por último, las reformas estructurales solicitadas en el acuerdo son muy deseables. Si se aplicaran, representarían una reestructuración única de una economía profundamente ineficiente. Sin embargo, esto parece una ilusión.
La extensa lista de reformas plantea profundos problemas de intromisión y de aceptación política, un delicado equilibrio que el FMI ha aprendido desde hace tiempo a manejar con cautela con los países muy endeudados. Las limitaciones conocidas de la administración griega, junto con las del Código de Procedimiento Civil (también previsto para su reforma), sugieren con firmeza que las leyes que el parlamento podría aprobar bajo presión (y en tiempo récord) no se aplicarán.
Cuando en el futuro lleguen las revisiones del programa, constatarán que la aplicación no ha sido satisfactoria; el desembolso de fondos podría suspenderse. A continuación vendrá el Grexit.
Conclusiones
En conclusión, es poco probable que se cumplan las condiciones exigidas a Grecia, porque no pueden cumplirse. Se culpará a Grecia por no estar a la altura de sus compromisos, como ha ocurrido en esta ocasión.
Sin embargo, de alguna manera, la idea de exigir lo imposible a un país que no tiene más remedio que firmar es fundamentalmente perversa. La visión de que se obligue a un país a dar pasos que no quiere dar supone una violación del principio de que la UE es una unión de países iguales. Estas reformas no son necesarias para que Grecia sea miembro de la eurozona. Un país puede ser un miembro empobrecido siempre que no cueste nada a los demás.
El error fue romper la cláusula de no rescate, diseñada para garantizar que la eurozona no se encontrara en esta situación.
Por razones egoístas (es decir, evitar una crisis bancaria en Europa y en Estados Unidos), se convenció a Grecia de aceptar el primer rescate en 2010. Esto es lo que puede justificar la extraordinaria intromisión del acuerdo de esta semana.
La política correcta es no prestar, no exigir reformas y que el BCE cumpla su mandato de salvaguardar la estabilidad financiera, a costa de Grecia. Por supuesto, todo esto presupone que la deuda se reduce. Una vez que no se reduce, subimos la escalera de la segunda mejor, la tercera mejor, la cuarta mejor opción, etc. Una vez allí arriba, todos estamos destinados a caer.
Referencias
De Grauwe, P. (2015) “Greece is solvent but illiquid: Policy implications”, VoxEU, 3 de julio.
Whelan, K. (2015) “The FT Lets Itself Down Again: Francesco Giavazzi on Greece”.
Este artículo se publica en colaboración con VoxEU. La publicación no implica el respaldo de las opiniones expresadas por el Foro Económico Mundial.
Para estar al día con la Agenda, suscríbase a nuestro boletín semanal.
Autor: Charles Wyplosz es catedrático de Economía Internacional en el Graduate Institute de Ginebra, donde dirige el Centro Internacional de Estudios sobre Dinero y Banca.
Imagen: Una bandera de la Unión Europea ondea frente al templo del Partenón, en la colina de la Acrópolis, en Atenas (Grecia), el 26 de junio de 2015. REUTERS/Yannis Behrakis



