El futuro de Europa depende ahora de algo aparentemente imposible: Grecia y Alemania deben llegar a un acuerdo. Lo que hace que tal acuerdo parezca imposible no es la oposición de principios de ambos gobiernos —Grecia ha exigido una reducción de la deuda, mientras que Alemania ha insistido en que no se condone ni un euro—, sino algo más fundamental: aunque Grecia es claramente la parte más débil en este conflicto, tiene mucho más en juego.
La teoría de juegos sugiere que algunos de los conflictos más impredecibles enfrentan a un combatiente débil, pero decidido, con un adversario fuerte y mucho menos comprometido. En estos escenarios, el resultado más estable suele ser un empate en el que ambas partes quedan parcialmente satisfechas.
En el enfrentamiento entre Grecia y Alemania, es fácil, al menos en teoría, diseñar un juego de suma positiva de ese tipo. Lo único que debemos hacer es ignorar la retórica política y centrarnos en los resultados económicos que los protagonistas realmente quieren.
Alemania está decidida a resistirse a cualquier condonación de deuda. Para los votantes alemanes, este objetivo importa mucho más que los detalles de las reformas estructurales griegas. Por su parte, Grecia está decidida a obtener alivio de la austeridad punitiva y contraproducente que se le ha impuesto, a insistencia de Alemania, por la «troika» (la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional). Para los votantes griegos, este objetivo importa mucho más que los cálculos detallados sobre el valor actual neto de la deuda nacional dentro de 30 años.
Un acuerdo debería ser fácil de negociar si ambas partes se concentran en sus prioridades principales y transigen en sus objetivos secundarios. Por desgracia, la falibilidad humana parece estar obstaculizando una solución tan racional.
Yanis Varoufakis, el nuevo ministro de Finanzas de Grecia, es profesor de economía matemática y especialista en teoría de juegos. Pero su técnica de negociación —oscilaciones impredecibles entre la agresividad y la debilidad— es lo contrario de lo que dictaría la teoría de juegos. La idea de estrategia de Varoufakis consiste en apuntarse con una pistola a la cabeza y luego exigir un rescate a cambio de no apretar el gatillo.
Los responsables políticos alemanes y de la Unión Europea están poniendo a prueba su farol. Como resultado, las dos partes han quedado atrapadas en un pulso pasivo-agresivo que ha hecho imposible una negociación seria.
Este desenlace no era inevitable. Hace apenas un mes, el presidente del BCE, Mario Draghi, dio un ejemplo de manual de cómo podrían y deberían haber avanzado estas negociaciones, al maniobrar mejor que la oposición alemana al estímulo monetario que Europa claramente necesitaba.
Durante meses, antes del anuncio del BCE del 22 de enero de que pondría en marcha la flexibilización cuantitativa (QE), Draghi mantuvo un intenso debate público con los alemanes sobre qué principio elegirían como «línea roja»: el punto más allá del cual ningún acuerdo sería posible. La línea roja de Alemania era la mutualización de la deuda: no debía haber reparto de pérdidas si algún país de la eurozona incumplía sus obligaciones.
Draghi permitió que Alemania se impusiera en esta cuestión, que él consideraba económicamente irrelevante. Pero, crucialmente, tuvo cuidado de no ceder hasta el último momento posible. Al centrar el debate sobre la QE en el reparto de riesgos, Draghi logró distraer a Alemania de una cuestión infinitamente más importante: el enorme tamaño del programa de QE, que contravenía por completo el tabú alemán contra la financiación monetaria de la deuda pública. Al ceder en el momento oportuno en un asunto sin importancia, Draghi logró un avance enorme que realmente importaba al BCE.
Si Varoufakis hubiera adoptado una estrategia equivalente para Grecia, se habría aferrado con firmeza a su exigencia de cancelación de la deuda hasta el último momento y luego habría cedido en este «principio» a cambio de importantes concesiones en materia de austeridad y reformas estructurales. O podría haber adoptado una estrategia menos agresiva: aceptar desde el principio el principio alemán de que las deudas son sacrosantas y demostrar luego que se podía aliviar la austeridad sin reducir el valor nominal de la deuda griega. Pero, en vez de seguir cualquiera de las dos estrategias de forma coherente, Varoufakis osciló entre la resistencia y la conciliación, perdiendo credibilidad en ambos sentidos.
Grecia inició la negociación insistiendo en que la reducción de la deuda fuera su línea roja. Pero, en vez de mantener esa postura y convertir el debate sobre la condonación de la deuda en una maniobra de distracción al estilo de Draghi, Grecia abandonó esa exigencia en cuestión de días. Después vino la provocación inútil de negarse a hablar con la troika, pese a que las tres instituciones son mucho más comprensivas con las demandas griegas que el Gobierno alemán.
Por último, Varoufakis rechazó cualquier prórroga del programa de la troika. Esto creó un nuevo plazo innecesario: el 28 de febrero, fecha en que se retirarían los fondos del BCE y, como consecuencia, se desplomaría el sistema bancario griego.
Los nuevos líderes idealistas de Grecia parecen creer que pueden vencer la oposición burocrática sin los compromisos y las ambigüedades habituales, simplemente esgrimiendo su mandato democrático. Pero la primacía de la burocracia sobre la democracia es un principio fundamental en el que las instituciones de la UE nunca transigirán.
El resultado es que Grecia ha vuelto al punto de partida en su partida de póquer con Alemania y Europa. El nuevo Gobierno ha mostrado sus mejores cartas demasiado pronto y ya no tiene credibilidad para intentar farolear.
¿Qué ocurrirá ahora? El desenlace más probable es que Syriza admita pronto la derrota, como todos los demás gobiernos de la eurozona supuestamente elegidos con un mandato de reforma, y vuelva a un programa al estilo de la troika, endulzado únicamente al eliminar el nombre «troika». Otra posibilidad, mientras los bancos griegos sigan abiertos al público, sería que el Gobierno pusiera en marcha unilateralmente algunos de sus planes radicales sobre salarios y gasto público, desoyendo las protestas de Bruselas, Fráncfort y Berlín.
Si Grecia intenta desafiar unilateralmente a sus socios, es casi seguro que el BCE votará a favor de poner fin a su financiación de emergencia para el sistema bancario griego cuando expire el programa de la troika el 28 de febrero. A medida que se acerque este plazo autoimpuesto, probablemente el Gobierno griego cederá, tal como capitularon Irlanda y Chipre ante amenazas similares.
Una capitulación de última hora de este tipo podría provocar la dimisión del nuevo Gobierno griego y su sustitución por tecnócratas aprobados por la UE, como en el golpe constitucional contra Silvio Berlusconi, de Italia, en 2012. En un escenario menos extremo, Varoufakis podría ser sustituido como ministro de Finanzas, mientras el resto del Gobierno sigue en funciones. La única otra posibilidad, si los bancos griegos empiezan a colapsar, sería salir del euro.
Sea cual sea la forma que adopte la rendición, Grecia no será la única perdedora. Los defensores de la democracia y de la expansión económica han perdido su mejor oportunidad para maniobrar mejor que Alemania y poner fin a la austeridad autodestructiva que Alemania ha impuesto a Europa.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Anatole Kaletsky es economista jefe y copresidente de Gavekal Dragonomics y presidente del Institute for New Economic Thinking.
Imagen: el primer ministro griego Alexis Tsipras observa mientras sus colegas aplauden durante una sesión parlamentaria de los diputados del partido Syriza en el Parlamento griego, en Atenas. REUTERS/Kostas Tsironis



