Cuando los altos directivos de una gran institución financiera mundial elegían entre ciudades de India la ubicación de su próximo centro de operaciones, sin duda tuvieron en cuenta los factores que cabría esperar: una fuerza laboral formada, conexiones de transporte y costes. El banco eligió Pune, y la ventaja competitiva que tenía Pune era una que puede parecer sorprendente, pero que cada vez pesa más en este tipo de decisiones: la resiliencia. Al atraer al banco, los dirigentes de Pune habían comprendido el dividendo de resiliencia, que es un factor vital para cualquier ciudad en esta era de incertidumbre.
Resiliencia es la capacidad de las personas, las comunidades y las instituciones para prepararse ante los choques agudos y las tensiones crónicas, resistirlos y recuperarse de ellos con mayor rapidez. Las catástrofes no siempre son evitables, pero el grado de destrucción y devastación puede mitigarse y, como están reconociendo los dirigentes de Pune y de otras ciudades, desarrollar la resiliencia es también una estrategia clave de desarrollo económico. Los beneficios se aprecian en las partidas presupuestarias de la ciudad, en su economía y en mayores oportunidades para sus residentes.
¿Cómo puede una ciudad obtener el dividendo de resiliencia? Requiere una inversión inicial, tanto en financiación como en recursos. Requiere innovación para resolver vulnerabilidades conocidas, pero también variables desconocidas. Y exige alianzas con el sector privado, tanto para descubrir debilidades dentro de los sistemas como para liberar toda la gama de financiación destinada a proyectos e infraestructuras de resiliencia.
A su vez, las ciudades verán beneficios económicos directos. Sin duda, las infraestructuras nuevas o modernizadas requieren una inversión inicial (y los responsables del gobierno municipal deberían implicar al sector privado para llevarla a cabo). Pero esa inversión genera empleo hoy y, a largo plazo, supone un ahorro: reconstruir tras un desastre cuesta un 50 % más que construir la infraestructura necesaria para resistir el impacto.
No solo la construcción de infraestructuras genera empleo. Como vio Pune, la resiliencia se está convirtiendo en parte de los criterios que las empresas tienen en cuenta a la hora de decidir dónde invertir o instalar sus operaciones. Y en la economía global actual, las ciudades compiten por las personas tanto como por las empresas. La resiliencia debe ser un argumento de venta positivo que las ciudades promuevan para atraer a los mejores y más brillantes, del mismo modo que podrían destacar sus índices de habitabilidad, su vibrante escena artística o sus nuevas inversiones en transporte.
Un marco de resiliencia también crea una economía más diversificada. Esto es especialmente importante en un lugar como El Paso (Texas), donde los empleos gubernamentales y militares dominan la economía local. La ciudad sufrió un golpe enorme durante el reciente cierre del gobierno, un recordatorio importante de que los choques no siempre llegan en forma de vientos fuertes o calor intenso: los choques económicos también están en el pronóstico. El Paso ha comprendido que, diversificándose y aprovechando su ubicación fronteriza, puede disfrutar de un tipo de economía que no solo funciona con normalidad un martes cualquiera, sino que también puede resistir los choques y permitir que las personas se recuperen más rápidamente.
Otro enfoque que pueden adoptar las ciudades para obtener el dividendo de resiliencia es catalizar el mercado de innovaciones y tecnologías resilientes. Debido al aumento del nivel del mar y a otros efectos del cambio climático, cientos de ciudades de todo el mundo demandarán productos, innovaciones y tecnologías de resiliencia. Como prueba, basta con fijarse en las empresas de diseño y construcción de los Países Bajos, que, tras siglos de inundaciones, están haciendo crecer su negocio gracias a su experiencia. El mismo éxito espera a quienes sepan desarrollar sistemas operativos más resilientes, tecnologías de captura de big data e innovaciones de diseño urbano resiliente.
Las innovaciones en resiliencia no se limitan a la tecnología. Basta con fijarse en los nuevos enfoques de transferencia de riesgos. En Nueva York, la Autoridad Metropolitana de Transporte ha emitido un bono «catástrofe» de 125 millones de dólares a través de su corredor de reaseguros, que podría cubrir algunos costes derivados de una tormenta de lluvia o de un huracán: una innovación pionera en el país. Los bonos solo pagan si se cumplen determinadas condiciones predeterminadas: si los vientos alcanzan una velocidad concreta o si la marejada ciclónica llega a un nivel determinado. Por ejemplo, el bono de la MTA solo pagaría si una tormenta provoca una marejada de al menos 8,5 pies en The Battery, justo al sur de Wall Street.
Dada la incertidumbre a la que se enfrentan las ciudades, y las restricciones presupuestarias añadidas, no sorprende que busquen los múltiples beneficios que ofrece el dividendo de resiliencia. Así lo demostraron las casi 1.000 expresiones de interés y casi 400 solicitudes completas procedentes de los seis continentes en respuesta al 100 Resilient Cities Challenge, financiado con un compromiso de 100 millones de dólares de The Rockefeller Foundation. Las primeras 33 ciudades se anunciaron en diciembre y recibirán apoyo para contratar o financiar a un responsable de resiliencia (chief resilience officer), asistencia técnica y acceso a servicios de resiliencia para elaborar e implementar un plan de resiliencia, así como modelos innovadores para movilizar miles de millones de dólares en financiación adicional destinada a los proyectos de resiliencia que necesitan.
Al perseguir el dividendo de resiliencia, las ciudades pueden obtener una ventaja económica y prepararse mejor para lo que viene. Porque no importa si el próximo choque llega mañana o dentro de 10 años: las ciudades pueden disfrutar de los beneficios de la resiliencia cada día.
Autora: Judith Rodin es presidenta de The Rockefeller Foundation y copresidenta de la Reunión Anual 2014 del Foro Económico Mundial
Imagen: Trabajadores en la obra de un complejo comercial en la ciudad de Chennai, en el sur de India. REUTERS/Babu



