“Los buenos valores son buenos para los negocios”. Es una frase hecha muy conocida, a menudo utilizada para respaldar un enfoque de la responsabilidad social corporativa (RSC) basado en el riesgo. Sin embargo, quizá sea algo más complejo de lo que muchos estarían dispuestos a admitir.
Hemos recorrido un largo camino desde que Milton Friedman anunció en el New York Times el 13 de septiembre de 1970 que “aquellos empresarios que sostienen que las empresas tienen la responsabilidad de proporcionar empleo, eliminar la discriminación y evitar la contaminación están predicando un socialismo puro y sin adulterar”.
En aquel momento, Friedman contó con el respaldo del filósofo John Ladd, quien afirmó: “No podemos ni debemos esperar que las organizaciones formales, o sus representantes que actúan en su capacidad oficial, sean honestos, valientes, considerados, compasivos ni que tengan algún tipo de integridad moral. Tales conceptos no forman parte, por así decirlo, del vocabulario del juego de lenguaje organizativo”.
Hoy en día, la RSC se ha convertido en una práctica habitual. Hace unos años, The Economist declaró que la RSC era “simplemente un buen negocio”. Más recientemente, Michael Porter y Mark Kramer presentaron la “gran idea” del valor compartido : la conexión del progreso social y económico mediante la reconcepción de productos y mercados, la redefinición de la productividad en la cadena de valor y el impulso del desarrollo de clústeres locales.
Un destacado economista ofreció en su día el siguiente ejemplo de valor compartido: “Puede que sea en el interés a largo plazo de una corporación que es un importante empleador en una pequeña comunidad destinar recursos a proporcionar servicios a esa comunidad o a mejorar su gobierno. Ello puede facilitar la atracción de empleados deseables, puede reducir la factura salarial o disminuir las pérdidas por robos y sabotajes, o tener otros efectos valiosos”.
Muchos se sorprenderán al saber que estas son las palabras de Milton Friedman, extraídas del mismo artículo que se publicó en el New York Times en 1970.
Es importante tener una perspectiva general de todo el debate sobre el argumento empresarial frente al argumento moral a favor de la RSC. Ambos son importantes, pero, en última instancia, el argumento moral debería poder imponerse al empresarial; de lo contrario, solo veremos prácticas de RSC selectivas impulsadas por los departamentos de relaciones públicas, en lugar de una RSC significativa, estratégica y comprometida.
Es esta última la que dará lugar a un verdadero valor compartido y a unos verdaderos valores compartidos.
Autor: Daniel Malan es director del Centro de Gobernanza Corporativa en África de la Escuela de Negocios de la Universidad de Stellenbosch, en Sudáfrica, y miembro del Consejo de la Agenda Global sobre Valores.
Imagen: distrito empresarial de Ciudad del Cabo. REUTERS/Mike Hutchings


