Desde la firma del acuerdo respaldado por el CCG que puso fin a la crisis política en 2011, Yemen emprendió una transición política que fue aplaudida por muchas potencias regionales e internacionales. Sobre todo, salvó a Yemen de una terrible guerra civil. La transición incluyó la dimisión del expresidente Saleh, la formación de un gobierno de reconciliación nacional, la elección del vicepresidente como nuevo jefe de Estado y la celebración de un diálogo nacional integral para debatir y acordar una hoja de ruta política que resolviera los problemas políticos de largo plazo de Yemen.
El Diálogo Nacional concluyó con éxito en enero de 2014. El ánimo de la nación era elevado. Los yemeníes habían elegido el camino del diálogo en lugar de la violencia, un modelo que pocos otros países del mundo árabe han logrado adoptar. El Diálogo Nacional incluyó a las distintas corrientes del espectro político: jóvenes, mujeres, académicos y sociedad civil.
Lo ocurrido en Saná durante las últimas semanas sorprendió a todos, incluso a quienes siguen de cerca el panorama político. No comentaré las razones políticas subyacentes ni las implicaciones de los acontecimientos recientes. En cambio, quisiera abordar los factores económicos que contribuyeron en parte a estos hechos y lo que debería hacer el nuevo gobierno para aumentar las probabilidades de éxito y mantener la transición encaminada.
Desde hace más de un año, he dicho repetidamente que el éxito de la transición política en Yemen será juzgado por la gente común en las calles, y no en el Hotel Movenpick ni en los pasillos del palacio presidencial. La gente quiere un gobierno que responda a sus necesidades, un gobierno más limpio y libre de corrupción, y un gobierno que preste mejores servicios, cree empleos y mejore las condiciones de vida. También he dicho en varias ocasiones que el gobierno debería hacer más para combatir la corrupción. Cada vez más, la percepción general en Yemen es que la corrupción bajo el gobierno saliente de transición no era muy distinta de la del antiguo régimen de Saleh. El gobierno afrontó graves dificultades fiscales, debidas principalmente a los frecuentes ataques contra el oleoducto y el gasoducto, que socavaron la principal fuente de exportaciones del gobierno y de divisas que este obtenía. Como resultado, el gobierno se enfrentó a dos opciones muy difíciles: reformar el régimen de subsidios al diésel y la gasolina o permitir la devaluación de la moneda. La mayoría de los economistas, nosotros incluidos, aconsejamos al gobierno que aplicara la primera opción, ya que las consecuencias de la segunda serían mucho peores para la economía y la población de Yemen. El gobierno tomó la importante decisión de liberalizar por completo los precios de los combustibles, pero falló en varios aspectos: primero, debería haberlo hecho en el marco de un programa de reforma más amplio que incluyera la lucha contra la corrupción, la eliminación de los empleados que cobran doble y de los trabajadores fantasma de la administración pública y las fuerzas armadas, y la reforma de diversos sectores de la economía para generar algunos ahorros que acompañaran la reforma de los subsidios. Segundo, los altos funcionarios del gobierno deberían haber explicado a la población los motivos de la reforma de los subsidios al combustible, los desafíos que afrontaba el gobierno, las opciones disponibles y las razones para elegir la eliminación de los subsidios. Tercero, el gobierno debería haber destinado parte de los ahorros obtenidos al eliminar los subsidios a ayudar a las personas más pobres, que son las más afectadas por el aumento de los precios del combustible.
Los acontecimientos de las últimas semanas han llevado a Yemen a una encrucijada decisiva: un rumbo podría conducir a una revolución correctiva para alcanzar los principales objetivos de la revolución juvenil de 2011, que el gobierno de unidad no logró cumplir; el otro podría desembocar en una guerra civil grave, prolongada y devastadora.
Aunque todos están preocupados y no tienen claro cuál será el futuro de Yemen, soy una de las pocas personas que aún mantienen el optimismo… Creo en la sabiduría del pueblo yemení y confío en ella: «Al Hikma Al Yamania». En muchas ocasiones, los yemeníes han sorprendido a todos y se han apartado del borde de una guerra civil total.
Vemos lo que ocurre a nuestro alrededor en la región. Las guerras hacen estragos en muchos de nuestros queridos países del mundo árabe, y dejan numerosos muertos y heridos, millones de personas sin hogar y la aparición de grupos radicales. Aunque, como nota positiva, el monopolio del poder político ha terminado. Nadie podrá ejercer un control absoluto e incontestado sobre la sociedad y las instituciones del Estado. Como dice el viejo cliché, el genio ha salido de la botella y nadie podrá volver a meterlo. El pluralismo político, que aprovecha la diversidad y el enorme potencial de la región, es el único camino a seguir. Yemen tiene la oportunidad de demostrar que es diferente y volver a triunfar frente a enormes desafíos. Puede aprovechar la creatividad y la energía de una población joven y educada.
En cuanto al nuevo gobierno yemení, debería aprender de los errores del pasado. Estas son algunas sugerencias para la próxima etapa que podrían aumentar las probabilidades de éxito (o reducir las de fracaso).
Se debería permitir que el nuevo gobierno se distancie de todos los partidos políticos y actúe como un solo equipo, centrado únicamente en los intereses de la nación.
El gabinete debería centrarse en elaborar y ejecutar un programa integral de reforma económica para mejorar los servicios gubernamentales y la seguridad, crear empleos y combatir la corrupción. Los parámetros de estas reformas están incluidos en el Plan de Transición Económica y el Marco de Responsabilidad Mutua (MAF, por sus siglas en inglés), elaborados al inicio de la transición, pero, lamentablemente, la mayor parte nunca se aplicó..
El nuevo gobierno debe reprogramar los compromisos para acelerar el flujo de ayuda y la ejecución de proyectos financiados por donantes. Esto incluye reprogramar los fondos asignados a algunos de los megaproyectos cuyo inicio no está previsto en los próximos dos años y destinarlos a programas de desembolso rápido, como el Fondo Social para el Desarrollo y el Proyecto de Obras Públicas. Estos programas permitirán ejecutar miles de proyectos muy necesarios en comunidades remotas y desfavorecidas de todo el país. Esto mejorará los servicios, generará empleos y dará nuevas esperanzas a millones de yemeníes.
Aunque el Diálogo Nacional y sus recomendaciones deberían constituir la hoja de ruta principal para completar la transición política, convendría reconsiderar el orden en que se aplican las recomendaciones. El nuevo gobierno debería apresurarse a aplicar aspectos clave del Diálogo Nacional, incluso antes de que se redacte o apruebe la Constitución.
El nuevo gobierno debería transferir rápidamente competencias a las localidades (es decir, a ciudades, distritos y provincias), incluida la gestión de la seguridad local a los gobiernos locales, como la policía de tránsito y el control de la delincuencia. El gobierno también debería considerar que las elecciones locales sean las primeras después de aprobarse la Constitución. Esto acercará el gobierno a la población y afianzará la descentralización a nivel local, para garantizar que los servicios sigan funcionando durante el importante proceso de establecimiento de la estructura federal del Estado.
Está claro que un proceso político fluido y estable, junto con una mejora de la seguridad, serán factores determinantes para el rumbo futuro del país.. Sin embargo, como han demostrado los últimos dos años, no bastarán por sí solos… Como dije antes, la gente en las calles será quien juzgue el éxito de la transición y, sin empleos ni mejores servicios, no quedará convencida.
Publicado en colaboración con The World Bank
Autor: Wael Zakout es el gerente del Banco Mundial para Yemen.
Imagen: Soldados custodian el edificio del Parlamento yemení en Saná el 24 de diciembre de 2011. REUTERS/Mohamed al-Sayaghi


