Desmontando 3 mitos sobre los bonos verdes

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  • Combinar los objetivos financieros con los climáticos puede ser complicado, y quienes los critican califican toda la ecuación de mito.

  • Los estudios muestran que las empresas que han adoptado instrumentos financieros verdes, como los bonos verdes, son más rentables y perjudican menos al planeta que sus homólogas.

  • Estos son algunos mitos comunes sobre los bonos verdes, según Neste, especialista en combustibles renovables.

«Cuando obtenemos financiación —afirma Mika Rydman, vicepresidente y tesorero del grupo en Neste—, estamos plenamente alineados con el compromiso general de sostenibilidad de la empresa».

Según Rydman, emitir bonos verdes, una de las formas más habituales en que las empresas financian proyectos sostenibles, es «una manera muy eficaz y directa de comunicar ese compromiso a los inversores».

Transmitir ese mensaje es crucial para empresas como Neste, una empresa finlandesa que pasó de ser una refinería petrolera regional a convertirse en líder mundial en soluciones renovables y de economía circular, y que procura responder a la creciente demanda de los inversores de oportunidades de inversión sostenible.

En este contexto, los instrumentos financieros sostenibles, como los bonos verdes, se han vuelto habituales.

La emisión mundial de bonos sostenibles, que agrupa los bonos emitidos para financiar proyectos ambientales, sociales y de gobernanza corporativa (ASG), va camino de alcanzar 1 billón de dólares en 2021, un 30 % más que en 2020, afirma el Instituto de Finanzas Internacionales (IIF).

Pese al rápido crecimiento del número de emisiones, el mercado de bonos verdes todavía está en sus inicios —el primer bono verde corporativo se emitió en 2013— y viejos mitos siguen poniendo en duda su relevancia financiera y ambiental.

Examinamos algunos mitos comunes sobre los bonos verdes.

Mito 1: Emitir bonos verdes es una forma de lavado verde

Hay tres posibles motivos para emitir bonos verdes corporativos; uno de ellos es el «lavado verde», definido como «la práctica de hacer afirmaciones infundadas o engañosas sobre el compromiso ambiental de la empresa», escribe Caroline Flammer, de la Questrom School of Business de la Universidad de Boston, en su estudio sobre bonos verdes de 2020.

El lavado verde también es un mito común asociado a los bonos verdes y a las finanzas verdes en general.

El estudio de Flammer muestra que, en la práctica, los bonos verdes —lejos de ser una forma de lavado verde— son una señal creíble del compromiso de las empresas con el medio ambiente.

Sin embargo, sigue pendiente la cuestión de definir qué se entiende por sostenible o verde. Una forma de reducir el uso abusivo de estos términos es mediante la normalización y la regulación. Por ejemplo, la Comisión Europea ha propuesto una Norma Europea de Bonos Verdes para abordar esta cuestión.

Las empresas que emiten bonos verdes también han tomado medidas. Neste, que emitió su primer bono verde en marzo de 2021 para financiar sus soluciones renovables y de economía circular, ha publicado un Marco de Financiación Verde para supervisar el uso de los fondos obtenidos mediante bonos verdes.

«La idea es que los inversores puedan invertir de forma segura y con confianza en bonos denominados sostenibles», afirma Rydman, de Neste.

Mito 2: Los beneficios y la sostenibilidad no se llevan bien

Los estudios muestran que emitir bonos verdes suele generar beneficios tanto para la empresa como para sus accionistas.

Varios estudios, como este aquí publicado por Cairn.info y otro aquí publicado en SAGE Journals, indican que la emisión de bonos verdes tiene un impacto positivo en el precio de las acciones, al menos en comparación con la emisión de bonos convencionales.

Flammer, cuyo estudio también respalda la hipótesis de que la emisión de bonos verdes impulsa el precio de las acciones, escribe que los rendimientos anormales acumulados —que describen la diferencia entre el rendimiento esperado y el real— son mayores en «i) los bonos verdes certificados por terceros independientes y ii) los emisores que emiten bonos verdes por primera vez».

Los bonos verdes también han ofrecido ventajas en cuanto a su precio. «En nuestro caso, los incentivos de precio no son el factor determinante», afirma Rydman, de Neste. Lo que está cambiando son las percepciones.

«Supongo que, en algún momento, la financiación verde se convertirá en la nueva norma. La situación se invertirá: las empresas procurarán emitir principalmente en formato verde y, si no pueden hacerlo, eso conllevará un aumento del precio».

La fijación de precios del carbono es una forma de incentivar económicamente la acción climática. «Cuanto más caros sean los derechos de emisión, más inclinados estarán las empresas y los prestatarios a acelerar sus inversiones en soluciones energéticas más limpias», explica Rydman.

La emisión de bonos verdes también puede ampliar el mercado de inversores. «Es probable que surjan nuevos grupos de inversores, o nuevos inversores verdes, lo que podría ampliar la base de inversores y el acceso a financiación para los prestatarios», señala Rydman.

Mito 3: Invertir dinero en el problema es una solución rápida

A veces, el entusiasmo por las finanzas sostenibles se desborda y las expectativas se disparan. El dinero no lo resuelve todo, al menos no de la noche a la mañana.

Ioannis Ioannou, profesor de inversión sostenible en London Business School y profesor visitante en Miami Herbert University, pide paciencia.

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«Habría que ser ingenuo para pensar que, porque ahora los mercados están considerando la inversión sostenible, de repente, a la mañana siguiente, el mundo será un lugar mejor», afirma Ioannou.

Por ejemplo, la industria pesada que depende de los combustibles fósiles aún no ha dado pasos suficientes hacia un futuro verde. «Esos son los grandes contaminadores», afirma Ioannou. «Se puede invertir dinero en el problema, pero pasarán años antes de que estas tecnologías se hagan realidad».

Sin embargo, que algo sea difícil y lleve tiempo no significa que no deba hacerse.

«Debemos ser conscientes de que no se trata solo de dinero. La cuestión es cómo impulsar, a largo plazo, la innovación en las industrias que contaminan mucho».

El poder de los inversores tendrá un papel importante para que se produzca ese cambio.

«Es probable que, con el tiempo, los inversores se vuelvan más selectivos en sus políticas de inversión y empiecen a penalizar o incluso a excluir por completo ciertas industrias de sus carteras de préstamos», afirma Rydman.

Eso obliga a actuar no solo a las propias empresas, sino también a los directivos que las dirigen y que, en algunas empresas como Neste, reciben recompensas por tomar decisiones que apoyan sus objetivos de sostenibilidad, sostiene Rydman.

«¿Será significativa esa acción? Creo que sí. Pero nos queda un camino por recorrer durante los próximos años», afirma Rydman.

Ioannou coincide en que, en el futuro, la sostenibilidad y la financiación estarán aún más entrelazadas. «No me cabe duda de que el camino a seguir son nuevas formas de inversión que integren plenamente los aspectos financieros y no financieros», afirma el profesor Ioannou.

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