A los más pobres del mundo se les deben 5,7 billones de dólares, según Oxfam

Venezuelan Red Cross workers in Caracas.
Helping the poorest … Venezuelan Red Cross workers in Caracas.Image: Reuters/Carlos Garcia Rawlins
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• El año pasado, los miembros de la OCDE destinaron solo el 0,3 % de su RNB a ayuda, menos del 0,7 % prometido.

• Un 0,7 % permitiría a los países más pobres del mundo cumplir los ODS durante una década.

Los flujos de ayuda estables son más necesarios que nunca durante y después de la pandemia de COVID-19.

El 24 de octubre de 1970, los países más ricos del mundo hicieron una promesa que mejoraría la vida de personas de todo el planeta. Se comprometieron a destinar un pequeño porcentaje de sus ingresos, solo el 0,7 %, en ayuda internacional para que los países de ingreso bajo y medio hicieran frente al azote de la pobreza extrema. Se comprometieron, mediante una histórica resolución de la ONU, a alcanzar esta meta en tan solo cinco años.

En los 50 años transcurridos desde entonces, la ayuda internacional se ha convertido en un salvavidas para millones de personas en todo el mundo. Es la única política de los países ricos dedicada a apoyar a las personas que viven en la pobreza más allá de sus fronteras. Es una forma fundamental de redistribución global desde el mundo rico hacia el pobre. No se trata de generosidad. No es caridad. Es un deber y una obligación, y contribuye, aunque sea de forma modesta, a compensar la explotación colonial del mundo en desarrollo por parte de las naciones acaudaladas.

Deberíamos estar celebrando un “jubileo de oro” de éxito, optimismo y reconocimiento de nuestra humanidad compartida desde aquel compromiso. No lo estamos haciendo.

Demasiados países ricos siguen sin cumplir la meta que se fijaron. El año pasado, los miembros del club de países ricos de la OCDE aportaron, de media, solo el 0,3 % de su renta nacional bruta (RNB) a la ayuda. En 2019, más de un tercio de esa cantidad (55 000 millones de dólares) fue en realidad devuelta a los países ricos en concepto de pagos de deuda solo por parte de países del África subsahariana, un duro recordatorio de un sistema económico mundial amañado en favor de las naciones y personas más ricas.

Aún más alarmante es la impactante oportunidad perdida: un nuevo análisis de Oxfam muestra que los países donantes habrían pagado 5,7 billones de dólares adicionales para ayudar a los países de ingreso bajo y medio a combatir la pobreza y la desigualdad si hubieran alcanzado el 0,7 % desde el principio.

Para ponerlo en perspectiva, esa cantidad de dinero bastaría para ayudar a los 59 países más pobres del mundo a cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible durante la próxima década. Serían escuelas gratuitas para cada niña y niño, y sistemas universales de salud con millones de médicos y enfermeras en primera línea. Y mucho más.

Image: OCDE

En realidad, los 5,7 billones de dólares son una deuda escandalosa con las personas más pobres. Y, sin embargo, algunos países han demostrado que la meta del 0,7 % es una política realista y sensata. Cinco países (Luxemburgo, Noruega, Suecia, Dinamarca y el Reino Unido) cumplen o superan ya su meta. Al hacerlo, han respondido a las demandas de millones de ciudadanos de todo el mundo. Recuerdo con viveza que en 1994 protesté junto con otras personas frente al Ministerio de Economía y Hacienda de España durante semanas para luchar por el 0,7 %, mientras muchos destacados líderes cívicos realizaban largas huelgas de hambre.

Los mensajes fueron escuchados en muchas capitales ricas. La ayuda ha seguido demostrando ser una estrategia ganadora. Cincuenta años después, la ayuda ha contribuido a erradicar la polio en África y a salvar 38 millones de vidas a través del Fondo Mundial de lucha contra el sida, la tuberculosis y la malaria. Millones de niños han podido ir a la escuela, especialmente las niñas. La ayuda ha ayudado a los países de todo el mundo a fortalecer su gobernanza, desde recaudar impuestos de forma más progresiva hasta garantizar que la ciudadanía les pida cuentas. Está ayudando a los países pobres a adaptarse al cambio climático.

Hoy, la ayuda es más necesaria que nunca, sobre todo tras una pandemia que está causando estragos entre los más pobres y una crisis de desigualdad que aleja nuestro mundo. La pandemia corre el riesgo de empujar a la pobreza a hasta 200 a 500 millones de personas. La ayuda puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte para millones de personas en los años venideros.

Sin duda necesitamos más ayuda, pero también necesitamos hacerlo mejor: una ayuda que haga innecesaria su propia existencia, no del tipo colonial que fomenta la dependencia. Necesitamos una ayuda que respete el liderazgo de las comunidades locales, no los caprichos de hombres ricos en capitales ricas. Y necesitamos que la ayuda sea verdaderamente eficaz, a largo plazo y previsible, en lugar de las derrochadoras asociaciones público-privadas, por ejemplo en salud y educación, que perjudican a las personas de los países pobres, así como a los contribuyentes de los países ricos, al malgastar sus aportaciones.

Ya es hora de un 0,7 % en solidaridad con las comunidades de todo el mundo. Los países ricos pueden permitírselo: es una gota en el océano comparado con los billones que han invertido para proteger sus propias economías. Además, pueden aumentar los presupuestos de ayuda mediante mecanismos de financiación innovadores, como los impuestos sobre las transacciones financieras y otros impuestos solidarios.

Cincuenta años son demasiado tiempo para cumplir una promesa. Necesitamos un compromiso renovado con una ayuda que repare las injusticias históricas y nos ayude a salir de esta dolorosa crisis, en solidaridad con otros, hacia un mundo más justo.

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