En 2017 hubo dos hitos importantes para las mujeres en la ciencia: primero, falleció Vera Rubin, pionera de la astronomía; y segundo, se cumplió el decimoctavo aniversario del (in)famoso discurso de Larry Summers como rector de la Universidad de Harvard.
Rubin descubrió pruebas de la existencia de la materia oscura. Summers sugirió que la infrarrepresentación de las mujeres en la ciencia y la ingeniería podía deberse a «una disponibilidad diferente de aptitudes en el extremo superior y a diferencias genéticas innatas en el cerebro de hombres y mujeres». Su teoría ignoraba los patrones sistémicos de discriminación y socialización que generan desigualdad. También fue una bofetada que impulsó un aumento significativo de las iniciativas para incrementar el número de mujeres en los ámbitos de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas (STEM), notoriamente dominados por los hombres. Pero el problema persiste. Aunque las mujeres obtienen el 41 % de los doctorados, apenas representan el 28 % del profesorado universitario con plaza permanente.
Como ocurre al elegir las gachas en el cuento de Ricitos de Oro, las iniciativas para apoyar a las mujeres en la ciencia deben dar en el punto justo.
«Mamá Osa» Las iniciativas de «Mamá Osa» son demasiado tibias: ignoran que existe un problema que debe abordarse. En cambio, suscriben la idea de que la ciencia es una meritocracia ciega al género, en la que las mujeres competentes siempre triunfarán. Quienes comparten la filosofía de «Mamá Osa» suelen oponerse a los programas que tienen en cuenta el género. Aunque reconozcan la brecha de género en STEM, la respuesta pasa a ser: prepárate, «da un paso al frente», sé valiente y triunfarás.
«Papá Oso» Las iniciativas de «Papá Oso» son demasiado contundentes y abogan por soluciones rápidas. En su prisa por calmar la tormenta y esconder cualquier cosa desagradable bajo la alfombra, contratan o ascienden a una o dos mujeres como gesto simbólico de inclusión y progreso. Pero el sistema de cuotas de diversidad ignora las barreras institucionales que crean un techo de cristal. No resolverá los problemas sistémicos que explican por qué hay tan pocas mujeres en los niveles más altos de los logros en STEM.
Tanto las «Mamá Osa» como las «Papá Oso» imaginan soluciones sin cuestionar las estructuras y culturas institucionales que a menudo hacen que las mujeres abandonen el mundo académico. Pero, como en el cuento de Ricitos de Oro, hay esperanza en las iniciativas de «Osezno» . En todo el mundo y en distintas instituciones podemos encontrar ejemplos ilustrativos que podrían ayudarnos a alcanzar la paridad de género. Entonces, ¿quién está dando en el punto justo?

Disciplinas como la biología y la psicología gozan de mayor paridad de género que la informática o la ingeniería. Además, países como Portugal, el Reino Unido y Alemania cuentan con sólidos programas de formación de mujeres en ciencia. En Alemania, Angela Merkel, física, rompió el techo de cristal definitivo al ejercer como canciller durante más de una década. Algunas instituciones y entidades que conceden subvenciones también están empezando a ofrecer permisos familiares, proporcionar servicios de cuidado infantil y detener el cómputo del período previo a la titularidad cuando una persona queda embarazada o debe cuidar de familiares mayores o enfermos.
El problema de las mujeres en STEM es, sin duda, complejo, especialmente si se contempla a escala mundial. En muchas regiones del mundo, las mujeres siguen viviendo situaciones similares a las de Malala Yousafzai, la persona más joven en recibir el Premio Nobel de la Paz, cuya educación pone su vida en peligro.
El principio de Ricitos de Oro sostiene que algo debe mantenerse dentro de ciertos límites, en lugar de alcanzar los extremos. Para lograr el equilibrio adecuado y cerrar eficazmente la brecha de género en STEM, primero debemos aceptar que existe una brecha de género y después identificar soluciones sostenibles que aborden las raíces del problema. Estas soluciones deben atraer no solo a las mujeres, sino también beneficiar a los hombres y al ámbito científico en general.
Hay que tomar medidas proactivas para atraer talento femenino a STEM. Los campamentos donde se diseñan, desarrollan y lanzan juegos digitales educativos permitirían que las jóvenes aprendieran informática y desarrollaran una mentalidad emprendedora desde temprana edad. En concreto, las participantes aprenderían a programar, a diseñar y desarrollar juegos educativos sobre cualquier tema de STEM y a lanzarlos en la web o mediante una campaña de Kickstarter, para adquirir habilidades empresariales. Del mismo modo, los «laboratorios de fabricación digital» y los «espacios de creación» pueden destacar la creatividad, el descubrimiento y la indagación —ingredientes esenciales del pensamiento crítico— y aumentar la confianza de las alumnas. A partir de estas actividades informales se pueden elaborar planes de clase que orienten la enseñanza proactiva en escuelas y universidades. Además, crear consejos asesores que orienten a las estudiantes a lo largo de su desarrollo profesional en STEM proporcionará modelos a seguir para las jóvenes.
La diversidad es esencial en la ciencia. Aporta ideas nuevas, perspectivas diferentes y enfoques novedosos para resolver problemas: ingredientes que alimentan la creatividad necesaria para innovar. Vera Rubin contribuyó de manera inequívoca al descubrimiento de la materia oscura. Lo hizo después de que le negaran una plaza en el programa de astrofísica de Princeton porque no admitían mujeres. Lo hizo después de luchar por el acceso a los telescopios y de modificar los símbolos masculinos de las puertas de los baños para crear uno para mujeres. Lo hizo después de que «figuras destacadas del campo» le dijeran repetidamente que sus observaciones no importaban.
Las mujeres aportan valor. Tenemos que aumentar la participación de las mujeres en la ciencia en varios niveles —en instituciones académicas, organismos gubernamentales y la industria— para mitigar las normas sociales. Este asunto requiere que todos arrimemos el hombro para alcanzar una solución «justo en su punto».
Mandë Holford es la autora principal de este artículo.
