Por qué el racismo sistémico no es solo un problema estadounidense

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La muerte de George Floyd ha conmocionado al mundo entero, también a Gran Bretaña. A estas alturas, todos hemos visto al menos una de las imágenes o vídeos de su asesinato. Fue espantoso. Cuesta imaginar que alguien pudiera ver lo ocurrido y no quedar horrorizado.

Mientras los británicos han salido a las calles a protestar, muchos han expresado abiertamente su desdén por las protestas porque, a su juicio, aquí no tenemos el problema de racismo que tiene Estados Unidos.

Irónicamente, mucha gente se ha enfadado por el enfado. Es probable que otros hayan reconocido en silencio para sí mismos las injusticias, pero hayan decidido no alzar la voz.

«El país menos racista sigue siendo racista»

Un estudio publicado en 2019 en la revista Frontiers in Sociology señaló que Gran Bretaña es uno de los países menos racistas de Europa.

Pero, como dijo el rapero Dave durante su actuación en los Brit Awards de febrero de 2020, en alusión al estudio: «el país menos racista sigue siendo racista». Recibió una avalancha de críticas de espectadores furiosos que lo tacharon de equivocado y desagradecido.

El argumento era que, como es un hombre negro que actúa en un programa británico, Gran Bretaña no es racista. Ha triunfado como artista musical en Gran Bretaña, así que Gran Bretaña definitivamente no es racista. Ha ganado mucho dinero de sus fans en este país. No podemos ser racistas. ¿Verdad?

La primera vez que fui a Europa del Este, me gritaban insultos cada vez que salía de la habitación del hotel, así que no estoy segura de que ser el país «menos racista» de Europa sea precisamente un motivo de orgullo: el listón no está muy alto.

Soy abogada en prácticas. Esto significa que estoy en la última etapa de formación antes de convertirme en una abogada plenamente cualificada y en ejercicio; es casi como un aprendizaje profesional.

Es uno de los puestos más codiciados y competitivos que existen en este país. Estoy segura de que la gente también me miraría y diría: «Es una mujer negra y lo ha conseguido. Eso no sería posible si el racismo siguiera siendo un problema en este país».

Pero lo he conseguido a pesar del racismo, no porque este no exista.

La verdad es que he sufrido racismo en todas las etapas de mi vida. Mis primeros recuerdos de ello se remontan a cuando tenía apenas tres años.

Continuó durante mis años escolares. Al ampliar mi vocabulario, los insultos subieron de tono y me llamaban cosas como «Lola, la cola negra», además de darme patadas y puñetazos en el patio de recreo y por mi barrio, cerca de casa.

No basta con «no ser racista» en silencio. El silencio es complicidad.

Lola-Rose Avery

Existe una larga historia de comparar a las personas negras con animales de pelaje oscuro. A mí me tocó cuando un grupo de personas me comparó con un caballo en varias ocasiones durante mis estudios universitarios.

Para entonces ya existían las redes sociales, y eso permitió que la gente creara cuentas falsas y me enviara de forma anónima mensajes con insultos racistas aún más extremos.

Cuando estudié Derecho, el racismo más encubierto que había sufrido en el pasado se transformó en microagresiones: comentarios sutiles pero ofensivos dirigidos a una persona perteneciente a una minoría, que a menudo refuerzan un estereotipo de forma involuntaria o inconsciente.

Después de un ejercicio en grupo, me calificaron de «agresiva». Una tutora tuvo que decir que había oído la conversación y que yo no era agresiva, sino asertiva. Más tarde, otro estudiante me llamó «ghetto».

«No es un problema estadounidense. No son casos aislados»

Últimamente parece que he hecho que mucha gente tome conciencia al compartir en Twitter algunos ejemplos de mis experiencias, que antes les parecían impensables; aunque para mí han sido una realidad cotidiana desde siempre, y muchas personas negras pueden identificarse muy bien con ellas.

Mis experiencias son un microcosmos del racismo que existe aquí, en Gran Bretaña: el más flagrante, sí, pero también el más sutil, que se infiltra insidiosamente en todos los aspectos de nuestra sociedad y puede pasar inadvertido para quienes no lo sufren, para quienes no son personas negras o pertenecientes a una minoría étnica.

El racismo sistémico que condujo a la muerte de George Floyd también está a nuestras puertas. No es un problema estadounidense. No son casos aislados.

No basta con «no ser racista» en silencio. Las personas blancas, beneficiarias de este sistema, deben informarse sobre cómo funciona y denunciarlo con la misma vehemencia que las personas negras y pertenecientes a minorías étnicas si queremos desmantelarlo. El silencio es complicidad.

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