Este artículo se publica en colaboración con The Washington Post.
Cuando Angus Deaton, profesor de Princeton, fue coautor este mes de un informe muy comentado sobre la mortalidad entre los blancos de mediana edad, muchos periodistas alteraron el orden de los nombres. Mencionaron primero a Deaton, como si el artículo fuera principalmente suyo y no una colaboración en igualdad de condiciones con su esposa.
Aquí vamos de nuevo.
Se llama Anne Case, y su nombre aparecía primero en el estudio. Es una profesora de economía y asuntos públicos muy respetada en Princeton. Pero, al parecer, las credenciales impecables de Case no pueden contra nuestros sesgos inconscientes.
Se podría disculpar a la prensa por centrarse en Angus Deaton, quien ganó el Premio Nobel el mes pasado. Pero, como el economista Justin Wolfers señaló el miércoles, los medios tienen la desagradable costumbre de tratar a las economistas como ciudadanas de segunda clase. Mencionó varios ejemplos recientes de periodistas que relegaron los nombres de las mujeres a un segundo plano.
Los académicos pueden ser muy sensibles respecto de quién recibe el mérito por los artículos conjuntos. En economía, existe la convención de ordenar alfabéticamente los nombres en un artículo, y de que los colaboradores aporten aproximadamente la misma cantidad de trabajo. Así que: «Anne Case y Angus Deaton», y no al revés. Cambiar el orden de los nombres sería inusual; daría a entender que Deaton hizo la mayor parte del trabajo.
Wolfers culpa a los estereotipos de género de propiciar estos desaires (probablemente accidentales). «Cierra los ojos un momento e imagina a un economista», escribe. «Lo más probable es que hayas imaginado a un hombre»
Pero el sesgo no es solo una falla de la prensa; los propios economistas parecen infravalorar sistemáticamente las contribuciones de las mujeres al trabajo en grupo.
Heather Sarsons, candidata a un doctorado en economía en Harvard, recopiló recientemente cuatro décadas de registros sobre más de 500 decisiones de titularidad en las 30 principales facultades de economía del país. Durante el proceso para obtener la titularidad en una universidad, los profesores jóvenes se apresuran a realizar tanta investigación como pueden para demostrar que merecen un puesto permanente en el cuerpo docente. La cantidad de artículos que publican en revistas es una medida importante de su desempeño.
Según los resultados preliminares de Sarsons, publicar artículos por cuenta propia o con colaboradores no afecta las posibilidades de un economista hombre de obtener la titularidad. Pero las economistas son penalizadas si escriben en coautoría.
«Cuando no está claro quién hizo el trabajo o quién tuvo la idea, los hombres parecen recibir más mérito», dice Sarsons.
En este gráfico de su artículo, muestra que los economistas hombres obtienen la titularidad alrededor del 75 % de las veces, independientemente de si escribieron la mayoría de sus artículos en grupo o en solitario. En cambio, las mujeres que son coautoras de la mayoría de sus artículos solo obtienen la titularidad alrededor del 50 % de las veces. Las mujeres que escriben en solitario la mayoría de sus artículos la obtienen aproximadamente con la misma frecuencia que los hombres.
«Aunque un artículo adicional en coautoría aumenta la probabilidad de obtener la titularidad», escribe Sarsons en el artículo, «beneficia más a un hombre que a una mujer».
Como prueba adicional de que los hombres reciben mérito por las contribuciones de las mujeres, Sarsons muestra que la penalización por coautoría solo existe cuando las mujeres trabajan con hombres. Cuando las mujeres trabajan en un artículo exclusivamente con otras mujeres, la penalización desaparece. Sin embargo, cuando hombres y mujeres colaboran, parece que los hombres acaparan todo el mérito de las mujeres.
Una forma sencilla de evitar malentendidos es ordenar los nombres según quién haya hecho más trabajo. Esa es la convención en la mayoría de los campos, incluida la sociología, que Sarsons también analizó para su estudio. La investigación sigue en curso, pero hasta ahora Sarsons observa que en sociología no existe una penalización por coautoría para las mujeres. Es posible que la sociología, donde hay muchas más mujeres que en economía, simplemente tenga menos sesgos. Pero probablemente tampoco sea casualidad que los artículos de sociología indiquen claramente quién recibe más mérito.
En los artículos de economía, la ambigüedad sobre el mérito parece ofrecer terreno fértil para los sesgos inconscientes (o conscientes), a veces con consecuencias menos provocadoras. Esto ha dado lugar a otro fenómeno extraño: los economistas cuyos apellidos aparecen antes en el alfabeto suelen estar sobrerrepresentados en los principales departamentos de economía y tienen más probabilidades de ganar premios prestigiosos, según los economistas Liran Einav y Leeat Yariv. En los cinco principales departamentos de economía, tener un apellido que esté una letra más cerca del principio del alfabeto aumenta en un uno por ciento la probabilidad de obtener la titularidad.
Por efecto de la ortografía, estos apellidos que aparecen antes en el alfabeto son los que tienen más probabilidades de figurar primero en un artículo. Aunque ser el primer autor no significa nada en economía, sí tiene algunas ventajas. El nombre que aparece en los índices y las bibliografías es el del primer autor. Para ser breves, los periodistas suelen mencionar un artículo solo por el nombre de su primer autor. Einav y Yariv señalan que la ventaja alfabética no se da en psicología, donde los autores se enumeran según la magnitud de sus contribuciones.
En otras palabras, los sesgos aparecen en los lugares más insospechados. Pero, entre las ciencias sociales, la economía es particularmente conocida por sus sesgos contra las mujeres. Las mujeres tienen menos probabilidades de obtener la titularidad y de ascender a la categoría de catedrática. «Es algo sistémico en el campo», dijo la economista de Harvard Claudia Goldin a la revista de la Reserva Federal de Richmond en 2013.
La investigación de Sarsons quizá explique parte del sexismo en economía al señalar otra forma en que se puede discriminar a las mujeres. Pero la idea es más amplia. Siempre que las mujeres trabajan en grupos con hombres, es posible que se resten importancia a sus contribuciones.
Lo curioso es que las investigaciones muestran que las mujeres hacen que el trabajo en grupo sea mucho más eficiente, en parte porque, en promedio, son mejores para interpretar las emociones de las personas. Además, las mujeres suelen preferir trabajar en colaboración. Sin embargo, pese a todas sus contribuciones al equipo, los experimentos también muestran que las mujeres tienen menos probabilidades de reclamar la parte del mérito que les corresponde, sobre todo cuando sus compañeros de equipo son hombres.
La economía ofrece un ejemplo del mundo real de lo que sucede cuando no está claro quién recibe el mérito por cada cosa. La gente hace suposiciones, y las mujeres parecen salir perdiendo.
Actualmente, Sarsons está encuestando a economistas para averiguar si han notado personalmente este fenómeno y si, como resultado, se han vuelto reacias a trabajar con hombres. En su propio artículo, Sarsons parece haber tomado muy en serio la lección.
«Este artículo está escrito intencionalmente en solitario», escribe en una nota al pie.
La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autora: Jeff Guo es periodista y cubre economía, política nacional y todo lo relacionado con datos empíricos.
Imagen: Colegas conversan fuera de una oficina. REUTERS.

