Ser mujer en estos tiempos es inquietante, emocionante y lleno de incertidumbre. Cada día trae un éxito estimulante o un revés devastador en nuestra lucha por los derechos iguales.
En mayo, tras décadas de activismo por los derechos de las mujeres, Irlanda votó de forma abrumadora a favor de derogar la prohibición del aborto en el país. Mientras tanto, una reciente represión en Arabia Saudí contra activistas por los derechos de las mujeres dio lugar a varios arrestos. Se desconoce aún el paradero de las activistas y los cargos que se les imputan.
Son muchos los frentes de esta lucha. Uno en el que he centrado mis esfuerzos es el modelo económico global que está amañado en contra de las mujeres. Veamos los hechos.
En primer lugar, según algunas estimaciones conservadoras, las mujeres aportan alrededor de 10 billones de dólares (sí, billones) a la economía mediante el trabajo de cuidados no remunerado y el trabajo doméstico. Sin cobrar nada a cambio. Nuestras economías colapsarían sin ello, pero rara vez se debate sobre este asunto entre los responsables de las políticas.
En segundo lugar, el Banco Mundial contabilizó 104 países que tienen leyes que impiden a las mujeres desempeñar determinados trabajos, como en la industria manufacturera y la construcción, debido a ideas paternalistas y anticuadas sobre lo que una mujer puede y debe hacer.

En tercer lugar, según el último recuento de Oxfam, había alrededor de 2.043 multimillonarios en todo el mundo. Nueve de cada 10 eran hombres. Al ritmo actual de cambio, se tardarán 217 años en cerrar la brecha en salarios y oportunidades de empleo entre mujeres y hombres. La desigualdad económica entre mujeres y hombres se traduce en desigualdad de poder. ¿Cómo podemos esperar un mundo igualitario para las mujeres cuando el control del dinero está tan claramente en manos de los hombres?
En otras palabras, la desigualdad económica es, sin duda, un asunto feminista.
La prosperidad de nuestra economía global depende de la explotación desde la base de mujeres y niñas, y todos mantenemos el sistema en pie mientras respaldemos sus normas discriminatorias.
¿Cuál es el resultado? Las niñas se quedan a buscar agua y leña mientras sus hermanos van a la escuela. Las mujeres que limpian habitaciones de hotel sufren acoso sexual. Esto está más cerca de lo que pensamos: las agricultoras que cultivan los alimentos que comemos no tienen suficiente comida para sus propias familias, y las mujeres que cosen la ropa que vestimos trabajan en fábricas de confección calurosas y abarrotadas, con salarios que apenas alcanzan el nivel de pobreza y con escasos derechos.
Y la gran mayoría de la riqueza que generan va a parar a unos pocos hombres superricos.
Los líderes del G7 se reúnen esta semana en Quebec. Estoy segura de que oiremos muchas más declaraciones grandilocuentes sobre la igualdad de las mujeres. Pero no me daré por satisfecha hasta que vea acciones.
Acojo con satisfacción la iniciativa del Gobierno canadiense de crear por primera vez el Consejo Consultivo para la Igualdad de Género del G7, al que tuve el honor de ser invitada a unirme. Nos retaron a impulsar el cambio. Les hemos propuesto una serie de soluciones concretas.
Me niego a aceptar la idea de que podemos simplemente encajar a las mujeres en una economía global que las explota y luego celebrarlo como empoderamiento económico de las mujeres. El G7, como foro que reúne a la mayoría de las naciones más ricas del mundo, debe ahora rediseñar de forma responsable sus economías para que funcionen para las mujeres y respaldar un cambio mucho más amplio en la economía global.
Pensemos en el empleo. En lugar de ayudar a que los multimillonarios sean cada vez más ricos, el G7 debería trabajar conjuntamente para garantizar empleos dignos y seguros para todos, estableciendo un salario digno que permita a las personas llevar una vida decorosa. La mayoría de las trabajadoras del mundo necesitan empleos como estos.
Consideremos la baja parental remunerada y la inversión en servicios universales, públicos, gratuitos y de calidad de educación y atención infantil temprana. El G7 podría impulsar de forma notable un cambio más amplio para reconocer, reducir y redistribuir el trabajo de cuidados no remunerado que agobia a las mujeres y las niñas.
O bien, consideremos la tributación y el gasto progresivos. Hacer que las personas y empresas ricas paguen su parte justa y utilizar esos ingresos para reforzar las escuelas públicas, la atención sanitaria y otros servicios sociales es una medida poderosa, doble y eficaz contra la desigualdad y a favor de los derechos de las mujeres. Cuando las mujeres y las niñas pueden acceder a una educación de calidad y a la atención sanitaria, incluidos los servicios de salud sexual y reproductiva, disponen de mayor libertad y de más opciones sobre sus propias vidas.
Puede parecer obvio. Pero también sabemos en qué ámbitos se requiere mucha más atención. Aunque existe un impulso global para cambiar las leyes sexistas, la tarea de cambiar las ideas y actitudes —las normas informales que dictan lo que las mujeres pueden y no pueden hacer, como tener que encargarse del cuidado del hogar o no poder poseer tierras— es mucho más difícil. Debemos acelerar el cambio en este ámbito.
¿Por dónde empezar? Las organizaciones y los movimientos por los derechos de las mujeres ya están en primera línea realizando esta valiente labor. Debemos apoyarlos y aprender de ellos. El G7 controla una gran parte de los fondos de ayuda. Adoptando un enfoque feminista de la ayuda e inyectando recursos en las organizaciones de mujeres, como se ha comprometido a hacer Canadá, podría lograr avances en la vida de las mujeres pobres de todo el mundo.
Les presento el modelo de una economía que funciona para las mujeres. Este tipo de pensamiento está respaldado por pruebas sólidas: lo que se conoce como «presupuestos con perspectiva de género», en el centro de la política pública. Países como Ruanda, Suecia y Canadá están dando pasos firmes hacia adelante. En febrero, Canadá presentó un presupuesto centrado en avanzar en la igualdad de las mujeres. Los países del G7 deben seguir su ejemplo y consolidar el análisis de género mediante la legislación.
Podemos construir un futuro mucho más justo para nuestras hijas y nietas. No nos limitemos a decir que somos feministas, sino comprometámonos a vivir según esos principios.
