Mientras las guerras civiles en Siria y en los países vecinos envían a millones de personas a huir en busca de seguridad, y los gobiernos de Francia a Estados Unidos despliegan todo su poderío militar – ¿dónde están las mujeres en estas salas de guerra y mesas de negociación?
Sus imágenes llenan los noticieros: son víctimas de la guerra, supervivientes desplazados y angustiados que huyen con sus hijos. Pero desde los centros de mando hasta las misiones de mantenimiento de la paz –o en cualquier lugar donde se toman decisiones al más alto nivel– las mujeres están en gran medida y de forma notoria ausentes.
Han pasado 15 años desde que Naciones Unidas instó a los países “a aumentar la representación de las mujeres en todos los niveles de toma de decisiones” mediante su Resolución 1325. Y, pese a algunos avances hacia la igualdad de género en ese tiempo, el progreso ha sido irregular.
Las cifras hablan por sí solas. Un estudio de la ONU sobre 31 grandes negociaciones de paz entre 1992 y 2011 reveló que pocas mujeres habían participado de algún modo. En ese periodo, menos del 4% de todos los participantes en las conversaciones de paz eran mujeres, mientras que las mujeres representaban menos del 4% de los firmantes de acuerdos de paz. En varios casos, ninguna participó. En Afganistán, por ejemplo, no se constató que ni una sola mujer afgana hubiera tomado parte en las conversaciones entre la comunidad internacional y los talibanes.
Entonces, ¿dónde estamos ahora?
Kofi Annan calificó la Resolución 1325 como una “promesa a las mujeres de todo el mundo de que sus derechos serán protegidos y de que se eliminarán los obstáculos para su participación en igualdad de condiciones y su plena implicación en el mantenimiento y la promoción de una paz sostenible”. ¿Cómo se ha cumplido esa promesa quince años después?
Ha habido algunos avances positivos, con 49 Estados que han publicado planes nacionales de acción para promover la participación y la protección de las mujeres. En 2014, la Comisión de la Unión Africana lanzó su programa quinquenal Gender, Peace and Security Programme.
Hace apenas esta semana, el Gobierno escocés anunció planes para ofrecer formación en procesos de paz a mujeres sirias. En Siria, las mujeres y los niños constituyen más del 70% de la población refugiada y siguen soportando el peso más duro del conflicto. El enviado especial de la ONU que colabora en la iniciativa, Steffan De Mistura, declaró: “El liderazgo y la participación de las mujeres en la resolución de conflictos son fundamentales para lograr soluciones sostenibles. La implicación de las mujeres en la configuración del futuro de Siria es más importante ahora que nunca.”
Curiosamente, los países que mejor han logrado dar a las mujeres un lugar en la mesa de negociación son los que se están recuperando de un conflicto. Tomemos Ruanda: dos décadas después del genocidio, el país tiene la mayor proporción de parlamentarias del mundo (64%). En Liberia, Ellen Johnson Sirleaf se convirtió en la primera presidenta del país poco después del final de la guerra civil. Y hace 14 años, en Afganistán, era impensable que una mujer ocupara un escaño en el parlamento; hoy hay 69 diputadas.
Todos estos avances son pasos audaces hacia un futuro mejor y más justo para las mujeres en tiempos de guerra. Pero, en palabras de Glenys Kinnock, de Womankind Worldwide, son pasos que deben ser “tenidos en cuenta, replicados y ampliados” para que se hagan realidad y sean exigibles en todo el mundo.
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Autora: Anna Bruce-Lockhart es editora en el Foro Económico Mundial
Imagen: Mujeres kurdas turcas lloran durante el funeral de combatientes kurdos muertos en enfrentamientos contra el Estado Islámico en la localidad siria de Kobani. REUTERS/Kai Pfaffenbach

