Lo que el lugar de trabajo actual le está haciendo a su salud

Lo que el lugar de trabajo actual le está haciendo a su salud
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Se desató una polémica cuando Apple y Facebook anunciaron en octubre que cubrirían el costo de congelar óvulos, junto con otras prestaciones reproductivas que ofrecen a sus empleados. Una bendición para las parejas que luchan contra la infertilidad, la opción criogénica fue, sin embargo, interpretada por algunos observadores como un enfoque inapropiado ante el persistente problema de la desigualdad de género y como una insinuación indeseada de que las empresas se interesaban por la vida privada de las trabajadoras. El gesto también alimentó la creciente inquietud por las jornadas largas y los riesgos del estrés, tanto para hombres como para mujeres, en un entorno laboral global que consume insaciablemente el tiempo privado.

Así, lo que al principio parecía una idea generosa se descarriló al llegar a la opinión pública. Desde esta perspectiva, la sugerencia de que las mujeres deberían congelar sus óvulos para poder persistir en un ritmo de trabajo incompatible con la vida familiar y perjudicial para la salud, que amenaza el bienestar de empleados y empleadas, sonaba un poco a «que coman pasteles». Como escribí en mi propio blog, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar antes de admitir que es el lugar de trabajo el que necesita cirugía, y no el cuerpo de las mujeres jóvenes?

Una cultura laboral 24/7

La exigencia de disponibilidad permanente que las empresas imponen ahora a sus empleados asalariados no tiene precedentes. A menudo se la descarta de manera poco sincera como una consecuencia imprevista de la tecnología, pero la ética generalizada que se arroga como derecho natural de los empleadores todas las horas de la semana es un fenómeno reciente y alarmante que plantea graves riesgos para los países desarrollados: aumento de los costos sanitarios, envejecimiento de la población, menor capacidad de innovar y, especialmente, familias perjudicadas.

El estrés que resulta de perder el control del propio tiempo, así como de no poder reservar momentos protegidos para recuperarse, hacer ejercicio y mantener vínculos sociales, genera en el organismo un patrón distintivo de respuestas negativas. Las actitudes organizacionales —el acoso, las poses y las expectativas irrazonables— que con demasiada frecuencia sustentan estas circunstancias contribuyen por sí mismas a un perfil particularmente peligroso de depósitos de grasa, procesos autoinmunes suprimidos, problemas cardíacos y, en las mujeres, una disminución de la fertilidad.

Irónicamente, el estrés constante que se ha convertido en una norma cotidiana también menoscaba la capacidad cognitiva. Las personas estresadas son más olvidadizas y tienen menos capacidad para percibir las posibilidades del mundo que las rodea, por lo que les cuesta más tomar decisiones meditadas o idear soluciones innovadoras. Lejos de mejorar la productividad, la exigencia de que los empleados trabajen todo el tiempo compromete la calidad. Como se suele decir, el estrés atonta.

En lugar de abordar su propia contribución a los riesgos para la salud de sus empleados, muchas empresas han ofrecido una serie de prestaciones, desde gimnasios en las instalaciones hasta asesoramiento sobre el estrés; programas que, por bienintencionados que sean, trasladan la responsabilidad al individuo. Puesto que la respuesta al estrés es consecuencia de la presión organizacional y probablemente tendrá repercusiones negativas para todos, sería mucho más eficaz centrarse en el problema en su origen: las jornadas laborales excesivas. Hasta que eso ocurra, es probable que veamos más personas obesas, con problemas cardíacos y que pierden las llaves.

El costo oculto de las largas jornadas laborales

La desigualdad de género en el lugar de trabajo persiste por motivos similares: la proliferación de programas y prestaciones desvía la atención del problema principal. Desde que se promulgó legislación en materia de igualdad durante la década de 1970 en América del Norte y Europa occidental, se han adoptado muchas políticas y programas para integrar a las mujeres en la fuerza laboral y ayudarlas a avanzar. Se ha prestado especial atención a cuestiones relacionadas con la maternidad: prestaciones de salud reproductiva, licencia por maternidad o parental y diversas opciones de guardería. Los países europeos asumieron el costo de esos programas, estableciendo licencias y proporcionando guarderías. Canadá, Estados Unidos y el Reino Unido trasladaron la carga al sector privado, una medida que a menudo se interpreta como una falta de apoyo a las mujeres. Sin embargo, si no abordamos los estereotipos profundamente arraigados que frenan a las mujeres y una cultura laboral perjudicial tanto para ellas como para los hombres, no avanzaremos.

Las repercusiones negativas de seguir por el camino de jornadas laborales cada vez más largas afectarán durante mucho tiempo a la productividad, la innovación, el crecimiento, la estabilidad social y los costos. Peor aún, el rumbo que llevamos apunta a un futuro sin alma en el que todos seremos obesos, estaremos estresados, aislados y embrutecidos. ¿Qué impacto tendrán esos padres y madres en sus hijos? Ningún beneficio que estas horas marginales puedan añadir a las ganancias justifica ese costo. Si los verdaderos líderes decidieran dejar de lado sus prejuicios personales y, en cambio, perseguir los objetivos de igualdad que sabemos que son mejores para todos, la historia de la próxima generación podría tener un final más feliz.

Autora: Linda Scott es titular de la cátedra DP World de Emprendimiento e Innovación en la Saïd Business School de la Universidad de Oxford. Su blog es The Double X Economy.

Imagen: Un corredor descansa tras seguir los precios de las acciones durante la negociación matutina en una sociedad de valores de Yakarta, el 13 de octubre de 2008. REUTERS/Dadang Tri

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