A menudo se cree que las estructuras sociales jerárquicas y a veces opresivas, como el patriarcado, son de algún modo naturales: un reflejo de la ley de la selva. Pero la estructura social de los cazadores-recolectores actuales sugiere que, de hecho, nuestros antepasados eran muy igualitarios, incluso en lo relativo al género. ¿Su secreto? No vivir con muchos parientes.
Estas sociedades no solo son sorprendentemente distintas de la mayoría de las sociedades horticultoras, agrícolas y pastoriles actuales, sino también de las sociedades jerárquicas de los simios, nuestros parientes evolutivos más cercanos. Se sabe que chimpancés y gorilas presentan patrones de desigualdad entre los sexos similares a los de los seres humanos posteriores a la agricultura.
La historia de la jerarquía
Hace unos 10.000 años, los seres humanos empezaron a formar sociedades basadas en la producción de alimentos , lo que también propició la acumulación de riqueza y la herencia. Estos factores dieron lugar a jerarquías bien estructuradas basadas en la posición social: una mayor riqueza implicaba más poder. Esta organización también se manifestaba en las relaciones entre los sexos. El sexo que podía monopolizar los recursos también podía tomar el control de los territorios, las decisiones matrimoniales y la vida familiar, y en última instancia controlar al otro sexo.
En concreto, la desigualdad entre los sexos —presente en la mayoría de las sociedades productoras de alimentos que surgieron hace relativamente poco en la historia humana— significaba que el sexo poderoso (por lo general, los hombres) podía dictar las alianzas entre los parientes con quienes vivía. Esto aumentaba el poder de los clanes y facilitaba la transferencia de riqueza entre generaciones. Por regla general, el sexo más débil (por lo general, las mujeres) no tenía más opción que seguir a sus maridos y trasladarse con la familia de estos.
Pues bien, no creemos que este sombrío escenario sea necesariamente «natural». Antes de que comenzara la producción de alimentos, todos éramos cazadores-recolectores. Y si los pocos grupos de cazadores-recolectores que viven hoy son representativos de nuestro pasado adaptativo, nuestros hallazgos sugieren que nuestros antepasados eran mucho más igualitarios, también en cuanto a la igualdad entre los sexos, que nosotros.
En nuestro estudio de los BaYaka del Congo y los Agta de Filipinas, lo que llama la atención es el grado de igualdad de estas poblaciones en muchos ámbitos sociales: no hay jefes, ni hogares grandes, ni propiedad de la tierra o de los recursos, y las parejas pueden entrar y salir de los campamentos a su antojo. Las parejas deben desplazarse constantemente entre campamentos en busca de comida o de personas con quienes compartirla, por lo que la composición de los grupos cambia continuamente. Como resultado, las personas de un campamento pueden tener muy poco parentesco entre sí, lo que impide la formación de estructuras jerárquicas.
Esta libertad de movimiento permite tanto a hombres como a mujeres recurrir a sus familias en busca de ayuda cuando la necesitan. El principal resultado de nuestras simulaciones informáticas y de los datos de coresidencia fue que, aunque tanto los maridos como las esposas intentan maximizar el número de familiares que viven cerca, ninguno de los sexos tiene la ventaja. Esto implica que ninguno acaba viviendo con sus parientes, sino que reside con una pequeña proporción de parientes y parientes políticos, y con un gran número de personas sin parentesco. Por tanto, las normas de compartir se extienden a quienes viven juntos sin tener parentesco, y el traslado entre campamentos se utiliza con frecuencia como una forma de evitar a las personas menos cooperativas.
Estas poblaciones no podrían haber evolucionado en entornos hostiles sin situar la cooperación entre los sexos y las familias en el centro de su modo de vida. En pocas palabras, esto significa que el igualitarismo, el intercambio de alimentos, la cooperación a gran escala y la igualdad entre los sexos son una cuestión de necesidad para los cazadores-recolectores.
La evolución de la equidad
Nuestras simulaciones ofrecen una respuesta mecanicista sencilla al enigma de por qué los cazadores-recolectores modernos viven con tan pocos parientes, pero tienen enormes implicaciones para nuestra comprensión de la evolución humana y también de la naturaleza humana.
El hecho de que podamos vivir, interactuar y cooperar con personas sin parentesco, y no solo con nuestros parientes, ha sido identificado recientemente como la diferencia más fundamental entre las sociedades humanas y las de otros animales.
Por supuesto, los seres humanos tenemos la capacidad de ser cualquier cosa: desde la especie más cruel y desigual, con esclavitud sexual y guerras, hasta el animal más cooperativo y atento, con personas que donan sangre a desconocidos. El bien y el mal son simplemente los dos extremos de nuestra naturaleza maleable. Sin embargo, los pocos grupos de cazadores-recolectores que aún sobreviven nos muestran que, sin la igualdad y la cooperación entre los sexos que comparten con nuestros antepasados lejanos, probablemente no habrían evolucionado muchas de las características que nos gusta llamar «exclusivamente humanas», como cuidar de los demás y actuar con equidad.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. Lea el artículo original. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autoría: Andrea Migliano es profesora de Antropología Evolutiva en UCL. Lucio Vinicius es profesor de antropología en UCL.
Imagen: Una exposición muestra la vida de una familia neandertal en una cueva del nuevo Museo Neandertal, en la localidad de Krapina, al norte del país. REUTERS/Nikola Solic
