El debate sobre la desigualdad social en todo el mundo se ha intensificado en los últimos años.
En particular, la decisión del Reino Unido de abandonar la Unión Europea y la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos se han considerado expresiones de ira de las comunidades «que se han quedado atrás» que sienten que las poderosas «élites» las ignoran.
El debate se reavivó con una votación en el Senado de Estados Unidos el 1 de diciembre para aprobar reformas fiscales que incluyen eliminar los impuestos sobre las herencias para los más ricos y reducir los impuestos a las empresas.

¿Qué hay de nuevo en la desigualdad?
Aunque se presentan como un medio para estimular el crecimiento económico haciendo que la riqueza «se filtre» hasta los más pobres, hay pocas pruebas de que medidas similares produzcan efectos beneficiosos.
Los opositores de Trump afirman que es probable que las reformas agraven las desigualdades, sobre todo al elevar la deuda nacional a 1,4 billones de dólares, lo que afectará de forma desproporcionada a los pobres.
Pero la desigualdad de la riqueza no es nada nuevo, y un estudio del académico Timothy Kohler de la Universidad Estatal de Washington (WSU) y otros 17 investigadores sostiene que en el pasado ha provocado alteraciones cívicas y colapsos sociales.
El genio de Gini ha salido de la botella
En 1912, el sociólogo y estadístico italiano Corrado Gini desarrolló un método para medir la distribución de la riqueza dentro de las sociedades: el coeficiente de Gini. En términos sencillos, las sociedades con un coeficiente de Gini de 1 son desiguales —la riqueza está en menos manos—, mientras que en una sociedad con un valor de 0 toda la riqueza se distribuiría de manera uniforme.
Sin embargo, los hallazgos de Kohler y sus colegas, publicados en la revista Nature y comentados en un blog de la WSU, muestran que el trabajo de Gini puede aplicarse tanto a civilizaciones pasadas como actuales.
Los investigadores asignaron coeficientes de Gini según el tamaño de las viviendas en 63 yacimientos arqueológicos. Descubrieron que las sociedades cazadoras-recolectoras tenían pocas disparidades de riqueza, con un coeficiente de Gini mediano de 0,17. Sin embargo, su movilidad dificultaba acumular riqueza, y mucho más transmitirla.
Las sociedades hortícolas —agricultores de pequeña escala y baja intensidad— tenían un coeficiente de Gini mediano de 0,27, mientras que las sociedades agrícolas de mayor escala registraban una mediana de 0,35.
Los animales de tiro significan riqueza
Según Kohler, los investigadores descubrieron que la desigualdad siguió aumentando en el «Viejo Mundo» europeo, mientras que se estabilizó en el «Nuevo Mundo» de América.
Esto se debe a que los animales de tiro, como caballos y bueyes, que no existían en el Nuevo Mundo, permitieron a los agricultores europeos más ricos labrar más tierras y expandirse, lo que aumentó su riqueza y creó una clase baja de campesinos sin tierras.
El Viejo Mundo también fue testigo del desarrollo de la metalurgia del bronce y de una élite guerrera que elevó los coeficientes de Gini mediante grandes viviendas y conquistas territoriales.
Los modelos de los investigadores sitúan los coeficientes de Gini más altos del mundo antiguo en 0,59, cerca de los valores actuales de Grecia (0,56) y España (0,58). La cifra queda muy por debajo de los valores actuales de China (0,73) y Estados Unidos (0,80), esta última correspondiente al año 2000 y citada en el artículo de Nature.
Sin embargo, el Informe Allianz sobre la riqueza mundial de 2017 sitúa el coeficiente de Gini de Estados Unidos en 0,81, y Kohler dijo en el blog de la WSU que ha visto una estimación de 0,85 para el país, «probablemente el nivel de desigualdad de la riqueza más alto de cualquier país desarrollado en este momento».
Motivos de preocupación
En el blog de la WSU, Kohler citó un artículo de 2017 de Science Magazine que concluyó que las tasas de movilidad habían caído del 90 % entre los niños estadounidenses nacidos en 1940 al 50 % entre los nacidos en la década de 1980.
Los resultados, escribieron los investigadores, «indican que recuperar el “sueño americano” de altas tasas de movilidad absoluta exigiría un crecimiento económico cuyos beneficios se distribuyeran de forma más amplia entre los distintos niveles de ingresos».
Kohler añadió: «La gente debe ser consciente de que la desigualdad puede tener efectos perjudiciales en los resultados de salud, la movilidad, el grado de confianza y la solidaridad social… No nos estamos ayudando al ser tan desiguales».
Gritos de desesperación
Mientras tanto, en su libro El gran nivelador, Walter Scheidel, profesor de historia antigua en la Universidad de Stanford, sostiene que la desigualdad solo disminuye cuando llegan la matanza y los desastres, y aumenta cuando vuelven la paz y la estabilidad.
A juzgar por la historia, afirma, solo los «cuatro jinetes» —la guerra de movilización masiva, las revoluciones transformadoras, el colapso del Estado y las plagas catastróficas— han destruido repetidamente las fortunas de los ricos.
Los gritos de desesperación de los grupos «que se quedaron atrás» en el pasado impregnan las obras de escritores de ficción como Charles Dickens, Victor Hugo y H. G. Wells.

En su relato de 1895, La máquina del tiempo, una parábola dirigida a los ricos industriales victorianos, Wells describe un mundo posapocalíptico en el que las élites adineradas se han convertido en diletantes débiles e inútiles que juegan al aire libre durante el día, mientras que los restos de sus fuerzas de trabajo esclavizadas viven en cavernas subterráneas y por la noche se alimentan de la carne de quienes viven en la superficie.
Los pobres literalmente se comen a los ricos.
Más de un siglo después de que se escribiera, resulta aleccionador observar que muchas de las desigualdades que llevaron a Wells a escribir su relato parecen haber cambiado muy poco.

