Los refugiados y su protección se han convertido en cuestiones mundiales de diversas maneras.
En primer lugar, geográficamente. No hay ninguna región del mundo que no se vea afectada, ya sea como lugar de origen o de acogida de refugiados, o como país de tránsito.
En segundo lugar, por las causas de la migración. Estas abarcan un amplio espectro, que incluye la migración forzada debido a la persecución, los conflictos, los problemas ambientales y las violaciones de los derechos humanos; la migración económica; la migración voluntaria; y, en varios casos, personas que migran por distintas razones, pero recorren las mismas rutas al mismo tiempo. Esta variedad plantea un desafío para atender las necesidades específicas de protección de los refugiados, sobre todo cuando no se rinden cuentas por las acciones y políticas mundiales que contribuyen a la migración.
En tercer lugar, por la enorme cantidad de refugiados. Se ha alcanzado una cifra récord de 65,6 millones de personas desplazadas por la fuerza debido a conflictos, persecución y violaciones de los derechos humanos, según el ACNUR; de ellas, 22,5 millones son refugiados y 2,8 millones, solicitantes de asilo.

Ha surgido una retórica que presenta el flujo actual de refugiados como una «crisis de los refugiados». A juzgar por las cifras, podría serlo. Pero el panorama es distinto en su contexto histórico. En 2015, los 27 Estados miembros de la UE recibieron 942.400 solicitudes de asilo de refugiados. Sin embargo, durante la crisis de refugiados de 1992, cuando solo había 12 Estados miembros, la UE recibió 696.500 solicitudes. Hace 25 años, la UE recibía muchas más solicitudes de asilo por Estado, en proporción.
La retórica actual de la «crisis de los refugiados» pone de relieve, en realidad, la falta de voluntad política para protegerlos. Esto se refleja en el cierre de fronteras, la securitización de la migración y la criminalización de la migración y de los migrantes, presentadas desde la lógica de la «seguridad nacional». Los Estados no rechazan abiertamente los derechos humanos en favor de la «seguridad nacional». En cambio, adoptan la lógica de «derechos humanos, pero». Reconocen los derechos humanos, pero sostienen que otras preocupaciones, como la seguridad nacional y la protección económica —estén o no justificadas— son más pertinentes y deben tener prioridad.
Esto crea una enorme brecha entre las necesidades de protección de los refugiados y lo que los Estados están dispuestos a proporcionar. Ahí reside el núcleo de la verdadera crisis de los refugiados.
Este enfoque de los Estados contribuye a nuevas violaciones de los derechos humanos, como la muerte de migrantes y los mayores riesgos durante sus viajes, la acción de coyotes, traficantes y tratantes, los niños no acompañados o separados de sus familias que migran solos, y las desapariciones de niños una vez que han llegado a «territorios seguros» (quizá hasta un 60 % de quienes lo consiguen, según algunas estimaciones).
También fomenta una lógica de «nosotros frente a los demás», en la que se presenta a los migrantes como «los otros», «extraños a nuestras puertas» y como instrumentos en otras contiendas políticas. Esto genera una crisis para los refugiados, que quedan atrapados en un ciclo de constantes violaciones de los derechos humanos, a veces incluso por las políticas de un Estado.
Entre esas políticas se incluyen:
1) devoluciones en caliente (es decir, impedir que los refugiados crucen las fronteras o incluso devolverlos después de que hayan llegado a ellas)
2) acuerdos de traslado (como en el caso de la UE y Turquía)
3) violaciones del principio de no devolución (piedra angular del derecho internacional de los refugiados)
4) violaciones graves de los derechos humanos, como:
a) detención de migrantes (incluidos niños refugiados y durante períodos prolongados)
b) venta de refugiados como esclavos
e) violaciones del derecho a la vida
5) falta de respeto por las vulnerabilidades específicas (como las de los niños, las mujeres, las personas mayores, las personas con discapacidad y los refugiados LGBT).
Estas violaciones ocurren cuando los refugiados están en tránsito, una vez que han llegado a «territorios seguros» e incluso cuando han encontrado refugio. Pensemos, por ejemplo, en los campamentos de refugiados, donde el acceso a los derechos económicos y sociales y a soluciones duraderas es escaso. Además, disminuye el número de plazas de reasentamiento, junto con la financiación, que ni siquiera en sus niveles más altos bastaba para atender las necesidades de los refugiados.
Los refugiados son personas que huyen por un temor fundado a ser perseguidas por motivos de religión, nacionalidad, raza, opinión política o pertenencia a un grupo social. En algunas partes del mundo, como América Latina, también huyen de violaciones graves y generalizadas de los derechos humanos. En promedio, una persona permanece como refugiada durante 20 años. Aunque los refugiados ya son víctimas de violaciones de los derechos humanos, el panorama internacional actual los revictimiza mientras buscan protección.
Sin embargo, estas violaciones persistentes no detienen la migración. Solo la hacen más difícil y peligrosa. Ponen en peligro la vida de los refugiados y amenazan el derecho a migrar.
Debemos afrontar estos desafíos. Los refugiados no son un problema exclusivo de 2015 o 2017, sino del mundo contemporáneo y sus Estados nación. Son una cuestión de derechos humanos y protección, y una cuestión decisiva de este siglo hasta ahora.

Los refugiados no son el problema: no son quienes crean la crisis. Son sus víctimas. Es necesario rediseñar y reformular las estrategias de protección, y aplicarlas de otras maneras para hacer frente al panorama actual.
Los principales desafíos incluyen:
- acceso seguro a los territorios
- creación de vías legales para la movilidad
- acceso a territorios seguros para todos los refugiados (potenciales)
- creación de más plazas de reasentamiento
- acceso a procedimientos para determinar la condición de refugiado (RSD)
- procedimientos adecuados para determinar la condición de refugiado (RSD)
- respeto de las vulnerabilidades específicas
- integración local
Aunque la migración es un fenómeno constante, la migración forzada no puede considerarse inmutable ni irrelevante. «La crisis de los refugiados es la crisis de la humanidad», como afirmó Zygmunt Bauman. Es esencial replantear la lógica de la gobernanza de la migración y situar al ser humano en su eje. La protección de otras personas debe ocupar un lugar central. Debe guiar todas las estrategias, políticas y acciones. Cuando así sea, se respetarán los derechos de los refugiados y los derechos humanos.
