Dos hechos notables del proceso de globalización observado en los últimos 25 años son los grandes aumentos del comercio de bienes intermedios y de la movilidad del capital. Antes de la década de 1990, el comercio de bienes finales representaba la mayor parte del valor de las exportaciones mundiales y la movilidad internacional del capital era relativamente baja. En cambio, a partir de la década de 1990, el comercio de bienes intermedios, o la «desagregación de la producción», ha ido cobrando mayor importancia (véase la figura 1) y han surgido cadenas globales de suministro, un fenómeno que Baldwin (2016) denominó «nueva globalización». También se ha registrado un crecimiento considerable de los flujos internacionales de capital, tanto brutos como netos (p. ej., Lane y Milesi-Ferretti, 2007). Algunos autores han atribuido a la globalización el aumento de la desigualdad y la pérdida de empleos en los países desarrollados (p. ej., Acemoglu et al., 2016). Sin embargo, no ha habido ningún análisis teórico del efecto a largo plazo de la desagregación de la producción en la desigualdad entre países y dentro de ellos.
Figura 1 Desagregación internacional de la producción
Una característica distintiva de los bienes intermedios, que documentamos en un artículo reciente (Basco y Mestieri 2019a), es que presentan una mayor heterogeneidad en intensidad de capital que los bienes finales. Los modelos comerciales basados en las proporciones de factores (Heckscher-Ohlin) destacan que el comercio de bienes con distinta intensidad de capital genera ganadores y perdedores de la globalización, porque modifica la rentabilidad relativa de los factores de producción. Además, dado que el capital puede acumularse, el comercio de bienes intermedios puede tener efectos dinámicos al modificar la tasa de ahorro de los países. Asimismo, la movilidad del capital implica que el comercio de bienes intermedios puede afectar a la asignación mundial del capital. Los cambios en esa asignación también afectan a la rentabilidad de otros factores de producción nacionales (p. ej., el trabajo), en la medida en que el capital y el trabajo sean complementarios en la producción. En suma, el comercio de bienes intermedios (la desagregación de la producción) puede afectar a la redistribución del capital y el trabajo entre países y dentro de ellos.
La desagregación de la producción agrava la desigualdad mundial de bienestar
Analizamos teóricamente el efecto a largo plazo de la desagregación de la producción en la distribución mundial del ingreso. Nuestro modelo de crecimiento es similar al de Acemoglu y Ventura (2002), pero incorporamos bienes intermedios heterogéneos en intensidad de capital y permitimos la movilidad del capital. Los países solo se diferencian en su productividad agregada neutral en el sentido de Hicks. Nuestro principal resultado es que el comercio de bienes intermedios genera una reasignación del capital entre países que agrava la desigualdad mundial tanto en ingresos como en bienestar. La intuición detrás de esta proposición se desprende de dos resultados.
En primer lugar, con la desagregación de la producción, los países se especializan en la producción de un conjunto endógeno de bienes intermedios. Mostramos que los países muy productivos tienen una ventaja comparativa en bienes intermedios de uso intensivo de capital, ya que el trabajo es relativamente más caro en ellos; por tanto, se especializan en esos bienes intermedios y los exportan. Presentamos evidencia empírica coherente con esta predicción.
En segundo lugar, la demanda agregada de capital depende de los bienes intermedios que produce cada país. Los países que se especializan en bienes intermedios de uso intensivo de capital importarán (y acumularán) más capital. Esta predicción empírica coincide con los hallazgos de Jin (2012).
Estos dos resultados implican que los países de alta productividad aumentarán su volumen de capital (mediante las importaciones y la acumulación de capital) y, en última instancia, sus salarios reales (gracias a la complementariedad entre el capital y el trabajo) y su consumo.
La desagregación de la producción perjudica a los países de ingresos medios
El resultado anterior se cumple con cualquier distribución de la productividad entre países. Sin embargo, para ofrecer una caracterización explícita de la distribución mundial de la producción (PIB), suponemos —por motivos respaldados empíricamente— que la productividad de los países sigue una relación log-lineal con su posición en la clasificación. Con esta parametrización, podemos analizar cómo cambia la proporción de la producción mundial que corresponde a cada país a largo plazo con la desagregación. Observamos que los países de baja productividad son (en su mayoría) indiferentes entre ambos estados estacionarios. Estos países se especializan en bienes intermedios de uso intensivo de trabajo y tienen poco capital en el estado estacionario con desagregación. Sin embargo, debido a su baja productividad, también tenían poco capital en el antiguo equilibrio. Los países de alta productividad son los ganadores de la desagregación. Se especializan en bienes intermedios de uso intensivo de capital y acumulan capital en el nuevo estado estacionario. Los principales perdedores son los países con productividad intermedia. Sin desagregación, estos países eran lo bastante productivos como para acumular una cantidad considerable de capital y alcanzar una producción relativamente alta. En cambio, con la desagregación, deben competir con otros países para producir bienes intermedios. Como no son muy productivos, no pueden especializarse en los bienes intermedios de uso más intensivo de capital y terminan acumulando menos capital que en el antiguo estado estacionario. Este mecanismo ofrece una explicación de por qué la globalización puede provocar una desindustrialización prematura en los países de ingresos medios, como sugiere Rodrik (2016).
Los países productivos del sur se benefician al incorporarse a la cadena global de suministro
Un factor importante detrás del aumento del comercio de bienes intermedios es que los países del sur (o países en desarrollo) se han incorporado a la cadena global de suministro (p. ej., Baldwin, 2012). La aparición de cadenas globales de suministro puede ilustrarse con la ubicación de los principales proveedores de Apple en 2019. Su lista de los 200 principales incluye empresas de países emergentes y en desarrollo como Brasil, China, India, Corea, Malasia, México, Filipinas, Singapur, Taiwán, Tailandia y Vietnam.1
También analizamos cómo cambia la distribución mundial del ingreso cuando los países del sur se incorporan a la cadena global de suministro. Observamos que los países del norte salen beneficiados cuando los países del sur participan en cadenas globales de suministro porque: (i) pueden vender sus bienes intermedios a más países (efecto de mercado); y (ii) se especializan en bienes intermedios de uso más intensivo de capital (efecto de selección). En el caso de los países del sur, el efecto depende de su productividad. Los países productivos del sur pueden especializarse en bienes intermedios de uso intensivo de capital y acumular más capital y producción que antes. Sin embargo, los países de baja productividad sufren pérdidas de producción porque no se especializan en bienes intermedios de uso intensivo de capital. Nuestro marco ofrece un nuevo mecanismo que explica por qué los países del sur relativamente más productivos se benefician de formar parte de una cadena global de suministro.
La desagregación de la producción aumenta la desigualdad dentro de los países
Cuando los países comercian bienes intermedios, cambian la demanda relativa de los factores y su redistribución. En un artículo relacionado (Basco y Mestieri 2019b), mostramos que la desagregación de la producción aumenta la desigualdad dentro de los países, medida, por ejemplo, mediante el índice de Theil. El aumento de la desigualdad tiene forma de U en función del nivel de productividad agregada del país.2 La intuición es que los países más (menos) productivos se especializan en bienes intermedios de uso intensivo de capital, acumulan más (menos) capital y terminan con una proporción mayor (menor) de ingresos de capital en el nuevo estado estacionario. Esto implica que los mayores aumentos de la desigualdad dentro de los países se producirán en aquellos con una productividad muy alta (o baja), porque experimentan los mayores cambios en el capital. Presentamos evidencia indicativa coherente con este resultado. También concuerda con la relación negativa entre la productividad agregada y la participación del trabajo que documentamos en Basco y Mestieri (2019a). Así, el modelo explica cómo la desagregación de la producción genera desigualdad dentro de los países y reduce la participación del trabajo en los países desarrollados
Observaciones finales
Entre los economistas existe un consenso general de que la globalización es beneficiosa a escala mundial. Sin embargo, el creciente descontento con la globalización en los países desarrollados ha llevado a los economistas a comprender mejor los mecanismos por los que afecta a la distribución del ingreso entre países y dentro de ellos. En este artículo, hemos señalado que, en las economías más desarrolladas (productivas), la nueva globalización es beneficiosa a escala nacional, pero genera una redistribución del ingreso a favor del capital. Por tanto, la política óptima para estos países no parece consistir en frenar la aparición de cadenas globales de suministro, sino en redistribuir mejor el ingreso dentro del país. Por último, cabe señalar que, como la nueva globalización intensifica la competencia entre países, han aumentado los beneficios de las políticas que mejoran la productividad, como las de educación o infraestructura.

