Cuando hablamos de los derechos de las mujeres en el mundo árabe, es fácil caer en al menos una de tres trampas. La primera es agrupar a todas las mujeres que viven en una región de 300 millones de personas, ignorando las enormes diferencias culturales y económicas entre países tan distantes como Arabia Saudí y Marruecos. La segunda es ignorar los impresionantes logros de las mujeres en la región y centrarse únicamente en los ámbitos en los que siguen rezagadas frente a los hombres. Y la tercera es olvidar que algunos de los mayores problemas del mundo árabe, como la pobreza y el analfabetismo, no son una carga exclusiva de las mujeres: también resultan igual de dolorosos para los hombres.
En una región tan diversa como el mundo árabe, no podemos simplemente pedir a las comunidades que se ajusten a una noción occidental de los derechos de la mujer. Las reformas deben basarse en lo que quieren las mujeres de cada comunidad, y no en lo que nosotros creemos que deberían querer. El único valor verdaderamente universal en este contexto, y que deberíamos esforzarnos por promover, es el concepto de autoestima. Si las mujeres sienten que su contribución es valorada, si son capaces de desarrollar una idea positiva de sí mismas, pueden plantarse ante los hombres y dar forma a su comunidad. Sin embargo, no podemos medir esa autoestima con criterios externos. Por ejemplo, el empleo femenino se cita con frecuencia como indicador de la igualdad de género. Sin embargo, esto puede hacer que las mujeres que cuidan de sus familias se sientan sin valor, como si la maternidad y el cuidado de otras personas no tuvieran importancia.
Esto también guarda relación con el segundo punto: debemos destacar las tendencias positivas en lugar de limitarnos a señalar los problemas. La proporción de mujeres que estudian ciencias, incluida la informática, hasta el nivel de doctorado es más alta en los Estados del Golfo que en cualquier otra parte del mundo. Pero, dado que el empleo femenino es una medida internacional tan clave, los logros de estas científicas rara vez se reconocen. Si su título no conduce a un empleo, se considera inútil, como si el conocimiento y la superación personal solo contaran en términos monetarios.
Incluso en esos términos, hay mucho que celebrar en la región árabe. Las mujeres representan el 30 % de los emprendedores de la región, más que en casi ningún otro lugar. Estos emprendedores tienden a tener poco más de treinta años, más jóvenes que en otras regiones. Gran parte del progreso cultural en materia de educación de las mujeres y de libertad de elección se ha producido dentro de las tribus y las familias, y no siempre se refleja a nivel gubernamental.
Para que ese progreso sea profundo y duradero, no podemos centrarnos únicamente en las mujeres. La educación y el desarrollo económico también son cuestiones que conciernen a los hombres. Los más pobres entre los pobres de Oriente Medio y el Norte de África son mujeres y hombres. Ellos pueden tener algunas oportunidades más, pero, en muchos países, el analfabetismo y el desempleo les perjudican tanto como a las mujeres. Si los gobiernos y los medios se centran solo en la difícil situación de las mujeres, corren el riesgo de alejar a esos hombres, lo que los hace menos propensos a defender los derechos de las mujeres.
Debemos respetar el derecho de las sociedades a desarrollar sus propias formas de fomentar, promover y proteger a las mujeres. Solo mediante un progreso orgánico e inclusivo, y tratando a las mujeres como socias y no como víctimas, podremos convertir la región árabe en un motor de prosperidad y oportunidades para todos.
Lea un blog sobre el Top 10 de los países con mayor igualdad de género de Oriente Medio y el Norte de África.
Autora: Muna AbuSulayman es cofundadora de Kalam Nawaem, uno de los programas de televisión más populares del mundo árabe, y socia de Glowork, un sitio web saudí para impulsar la participación de las mujeres en la fuerza laboral. Es miembro de la comunidad de exalumnos de Jóvenes Líderes Globales del Foro Económico Mundial.
Imagen: Operadoras telefónicas saudíes trabajan en el Centro Médico Internacional de Yeda el 4 de junio de 2007. REUTERS/Susan Baaghil
