Imagina la escena: llega tu evaluación anual y tu jefa te ha dicho que quiere centrar la conversación principalmente en tu liderazgo. Empieza diciéndote que poco más de uno de cada cinco de tus colegas piensa realmente que eres un buen líder (ouch). Luego te dice que solo un tercio cree que lideras basándote en valores claros. Y que algo más de uno de cada diez piensa que asumes debidamente la responsabilidad cuando las cosas salen mal (uf). Hasta ahora, no ha sido un buen día en la oficina.
Además, te enteras de que, por ser hombre, tus colegas mujeres te superan en casi todas las características que tus compañeros buscan en un buen líder, aunque, curiosamente, esperan que tú, por ser hombre, seas mejor. Concluye subrayando que, como comunicador, existe una enorme brecha entre lo que se espera de ti y tu desempeño respecto de esas expectativas. ¡Quizá después de todo este no sea el momento de pedir un aumento de sueldo o un ascenso!
Lamentablemente, no se trata de una fantasía espeluznante. Más bien, este es precisamente el veredicto que el público —6.509 personas de 13 países en cinco continentes— emite sobre los líderes actuales de las empresas, la política, las organizaciones sin ánimo de lucro, los sindicatos y las comunidades. Así lo indica un estudio mundial, el Ketchum Leadership Communication Monitor (KLCM), que durante tres años ha contribuido a analizar la relación entre liderazgo y comunicación. Esta investigación encuentra eco en el propio trabajo del Foro, Global Agenda Outlook que también revela el alcance de la crisis mundial de liderazgo.
Mientras los líderes de todo el mundo buscan hacer frente a esta crisis, el aspecto que pone de relieve en torno al género y el liderazgo merece especial atención. La última edición anual del Foro del Gender Gap Report muestra la persistencia particularmente tenaz de la desigualdad de género en el lugar de trabajo. De hecho, el informe concluye que la brecha de género en «participación y oportunidades económicas» se sitúa ahora en el 60 % a escala mundial y que, si se mantiene esta trayectoria y todo lo demás permanece igual, el mundo tardará 81 años en cerrar por completo esa brecha.
Resulta deprimente considerar estos datos junto con la crisis general de liderazgo. Bueno, quizá, pero también sostendría que hay un pequeño rayo de esperanza que podría llevarnos a ser algo más optimistas.
Para explicarlo, nuestro trabajo sobre el KLCM revela que, por la razón que sea, durante los próximos cinco años el mundo sigue inclinándose ligeramente más por los hombres que por las mujeres para liderar: un 54 % frente a un 46 %. Y, sin embargo, esos mismos encuestados consideran que las líderes superan a sus homólogos masculinos en prácticamente todos los atributos que la investigación considera importantes para un liderazgo eficaz. Más concretamente, las líderes «ganan» a sus colegas hombres en todos menos cuatro de los 14 atributos que examinamos. Esto nos ha llevado a concluir que el futuro de la comunicación del liderazgo es más «femenino».
Así que, si buscamos motivos para estar alegres —ante un cúmulo de datos que apunta a una persistente crisis de liderazgo y paridad de género—, sostendría que este mejor desempeño de las mujeres en aquello que el mundo considera realmente importante sugiere que el plazo de 81 años podría ser algo pesimista.
Quiero dejar muy claro que nada de esto es —ni debería ser nunca— una cuestión de la superioridad inherente de un género sobre el otro. Al fin y al cabo, la paridad presupone la igualdad. Nada podría perjudicar más este debate que permitir que la misma discriminación que buscamos desterrar sea sustituida por una forma de prejuicio inverso.
De hecho, para contribuir a que este debate absolutamente crucial sobre género y liderazgo avance de una manera que genere resultados positivos para todas las personas implicadas, debemos prestar atención a las lecciones prácticas de líderes de ambos géneros.
Puede que nos encontremos en medio de una crisis mundial de liderazgo y de una desigualdad de género persistente. Pero las soluciones quizá estén más cerca de lo que pensamos, si los líderes de toda índole —y de ambos géneros— están dispuestos a aprender de los comportamientos de liderazgo que Eva está demostrando actualmente mucho mejor que Adán.
Para terminar, estas son algunas lecciones que destaca el KLCMr:
Las acciones de los líderes, y no solo sus palabras, muestran qué valores tiene la organización. «Liderar con el ejemplo» encabeza la lista de atributos clave del liderazgo, seguido inmediatamente de «comunicarse de forma abierta y transparente», lo que subraya la importancia fundamental de evitar las perniciosas brechas entre lo que se dice y lo que se hace.
La transparencia no es negociable. Ofértala voluntariamente para generar confianza o te la impondrán, te guste o no.
Traza un rumbo visible para mejorar continuamente el futuro. No cabe duda: en medio de todas las presiones y los desafíos actuales, el mundo sigue buscando líderes capaces de mostrar una visión clara y decisiva.
Reconoce los errores, resuelve los problemas y sigue adelante. Aunque sigamos anhelando líderes fuertes y visionarios, la disposición a reconocer los errores es el tercer atributo de liderazgo más importante y una señal de fortaleza, no de debilidad, siempre que vaya acompañada de medidas decisivas.
Colabora e invita a otras personas a la mesa para resolver los problemas. El principal atributo de liderazgo «emergente» es la capacidad de crear equipos e inspirarlos para que construyan el futuro, lo que subraya el papel del líder como facilitador que empodera, en lugar de autócrata que cree saberlo todo.
Trata a tus empleados como te gustaría que trataran a tu marca u organización. El liderazgo más poderoso empieza dentro de la organización: ignorarlo puede tener graves consecuencias para los líderes.
Autor: Rod Cartwright, socio y director de la práctica de Asuntos Corporativos y Públicos Globales, Ketchum
Imagen: Personas hacen fila para entrar en una feria de empleo en Nueva York el 15 de agosto de 2011. REUTERS/Shannon Stapleton
