Me despidieron por ser mujer. Esto es lo que hice después

Women with their hands decorated with henna paste pose for pictures as they pray during the Hindu festival of Karva Chauth in Ahmedabad, India, October 30, 2015. Married Hindu women observe a one-day fast and offer prayers for the well-being of their husbands during the festival. The fast begins before sunrise and ends after they worship the moon in the evening. REUTERS/Amit Dave - RTX1TYZU
Subhashini Chandran: 'I wouldn’t want any young woman with potential and talent to have her dreams snatched away'Image: REUTERS/Amit Dave
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Hay días difíciles de olvidar, momentos en los que desearía que mirar atrás no tuviera cabida en el calendario. Conozco a otras personas que tienen fechas así, días que nos atan al pasado. Nos dormimos con la esperanza de que, al despertar, nuestros recuerdos hayan borrado esos días o, al menos, los hayan eclipsado en la zona crepuscular de una vida anterior.

Mi día de «borrar de la memoria» fue el 5 de junio de 2012, cuando me dijeron que ya no necesitaban mis servicios en la empresa familiar. Hasta entonces había sido la directora ejecutiva y había dedicado 18 años de mi vida a convertir nuestra modesta empresa en una de las mayores compañías de té de la India, con 10.000 empleados.

Cuando me dijeron que me fuera, las finanzas de la empresa eran sólidas, nuestras relaciones con clientes, proveedores y empleados eran excelentes, y nos habíamos labrado una reputación extraordinaria tanto en el gobierno como en el sector.

Entonces, ¿qué hice mal?

Bueno, para decirlo sin rodeos, nací con el género equivocado. Ese fatídico día del verano de 2012, mi madre me dio la noticia, con su manera dócil pero demoledora, diciéndome que debía pasar más tiempo en casa y que mi hermano se haría cargo de la empresa. No había nada que discutir. Así eran las cosas.

En la mente de mi madre, tener un hijo varón era una parte esencial de la vida; una hija era apenas un añadido tolerable y prescindible, al margen de sus habilidades o logros. Pese al éxito arrollador de nuestra empresa bajo mi liderazgo, a ojos de mi madre yo no era una igual y, por tanto, no merecía custodiar el legado familiar.

La noticia fue devastadora, aunque no inesperada. Nací en una sociedad patriarcal y sabía, hasta cierto punto, que como mujer solo podía llegar hasta cierto límite.

Tenía que elegir —como hija, hermana, abogada y, sobre todo, como mujer— entre someterme o contraatacar. Si elegía luchar, ¿qué batalla debía escoger? Quienes me ofrecieron consuelo y orientación en aquel momento me dieron la respuesta obvia: «Hazles pagar con la misma moneda». Instintivamente, supe que esa no sería mi elección. La sola idea me quitaba energía y me debilitaba. No es mi manera de actuar.

Decidí alejarme, no pasando más tiempo en casa como me había aconsejado mi madre, sino emprendiendo un viaje en solitario por la India.

Visité 63 lugares de peregrinación, desde Rameshwaram, en el extremo sur de la península, hasta Haji Ali y el Templo Dorado de Amritsar. Cuatro años después, todavía no sé decir por qué emprendí ese viaje ni cómo llegué a visitar 63 lugares. Lo que sí puedo contar es que encontré mi elección por el camino.

Renuncié a la empresa familiar. Aunque eso me permitió cerrar en cierta medida esa etapa, no he podido apartarme de la dolorosa certeza de que una mujer debe conformarse con ocupar menos espacio en el corazón de su madre (y en la sociedad).

Soy una karma yogui: para sanar, necesito actuar. Empecé a dedicar mi energía a las niñas y las mujeres. Enseñé inglés en una escuela para niñas y presté más atención a las alumnas de los programas de MBA que impartía. En cada conversación en la que participaban mujeres, hice espacio para sus voces. Cuando me invitaban a formar parte de consejos de administración de empresas familiares, pedía compromisos para garantizar a las hijas un acceso igualitario a las oportunidades de sucesión. Al recomendar candidatos para puestos de trabajo, proponía a las mejores mujeres que conocía. Cuando tenía que elegir entre apoyar el progreso de una mujer o el de un hombre, mi opción predeterminada pasó a ser la primera. Empecé a ver un patrón en mi comportamiento y un hilo conductor en mis pensamientos.

Como dijo Gandhi: «Sé el cambio que deseas ver en el mundo»

Había desarrollado inconscientemente una regla: solo ofreceré mi talento, mis capacidades, mis redes de contactos, mi reputación y mi amistad a quienes sean ejemplos vivos de la igualdad de género en acción.

Las circunstancias, el azar y la conciencia impulsan a las personas a actuar. Podemos elegir una lucha personal o universal, pero he aprendido que lo que importa es actuar. He descubierto que elegir una lucha universal puede ser un poderoso remedio. No hay que culpar a mi madre; lo que debe cambiar son las percepciones y conductas históricas que se habían filtrado en su ADN. Por eso es imperativo que nuestra generación modele conscientemente su comportamiento para influir en el subconsciente universal y, acto a acto, mover la aguja milímetro a milímetro. Como dijo Gandhi: «Sé el cambio que deseas ver en el mundo».

Para mí, ese cambio fue mudarme a Nepal para trabajar en el empoderamiento económico de las mujeres como parte de un programa centrado en reducir la pobreza de forma sostenible. Trabajé en iniciativas para aumentar el número de empresas propiedad de mujeres y la participación femenina en las cadenas de suministro de la agroindustria en seis de los distritos más remotos del oeste de Nepal. En un año hemos creado vínculos y vías de acceso entre empresas locales y mercados externos, así como nuevas oportunidades de negocio y puestos de trabajo para 2.127 mujeres rurales. Esperamos llegar a miles más en los próximos dos años.

Aunque los acontecimientos del 5 de junio de 2012 me destrozaron por completo, en cierta medida he sanado. No quisiera que ninguna joven con potencial y talento viera cómo le arrebatan sus sueños y la relegan, como me ocurrió a mí, simplemente por su género. Mi país y el mundo necesitan un cambio de actitud y medidas más específicas para lograr la igualdad de género. Una forma de abordar este problema sería ampliar el acceso a la educación universitaria a todas las mujeres jóvenes. Además, hay que eliminar la brecha de género en los puestos directivos y en los consejos de administración de las empresas familiares.

Además de los argumentos económicos bien establecidos a favor de la igualdad de género, existe un argumento moral a favor del empoderamiento de las mujeres. Como ha señalado el Informe sobre la brecha de género de 2016 del Foro Económico Mundial, comprometeremos la innovación y nos arriesgaremos a un aumento de la desigualdad si no integramos el talento de la mitad del mundo como beneficiario y artífice de nuestro destino común.

El informe del Foro nos dice que, si se mantiene la trayectoria actual y todo lo demás permanece igual, el mundo tardará 170 años en cerrar por completo la brecha de igualdad entre hombres y mujeres. Para entonces tendré 213 años. Hoy me enorgullece ser hija y espero que no hagan falta 170 años para que todos los padres y madres sientan ese mismo orgullo por sus hijas. El bienestar de la humanidad depende de ello.

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