Quienes hayan tenido el dudoso placer de ver siquiera un episodio de The Apprentice sabrán que quienes aspiran a ser promocionados por Lord Sugar acuden al trabajo perfectamente peinados y maquillados, calzando zapatos dolorosamente incómodos y pantalones implacables. Los concursantes se levantan al amanecer para aplicarse toda clase de productos de cuidado personal, cuando podrían (y deberían) seguir arropados en la cama, dormidos.
Las encuestas revelan que la mujer media dedica el equivalente a 10 días laborables al año a arreglarse para la oficina, y destina casi el 20 % de sus ingresos a su vestuario profesional.
Y no solo las mujeres. Los hombres también tienen sus propias exigencias poco conocidas: en algunos lugares de trabajo, me cuentan, llevar una camisa de la marca «adecuada» o saber cuándo lucir gemelos puede marcar la diferencia entre un ascenso y estancarse. Por supuesto, a todos nos gusta un poco de ostentación, y no existe forma infalible de eliminar los indicios sociales que transmiten nuestras elecciones de vestuario, aunque quisiéramos. Todo el que cursó la educación secundaria sabrá del sutil mensaje que transmiten los mínimos ajustes en la longitud del dobladillo, la anchura del calzado o el tono del jersey.
No obstante, hay mucho que decir a favor de liberar a los trabajadores de oficina (literalmente) de códigos de vestimenta asfixiantes y, en el caso de las mujeres, de la expectativa, francamente absurda, de que deban lucir maquillaje completo en todo momento.
Hace treinta años existía una correlación directa entre antigüedad y formalidad: cuanto más alto estaba uno en la escalera profesional, más cuidado era su atuendo.
Hoy, en cambio, ocurre lo contrario. Mark Zuckerberg tiene varias versiones de la misma camiseta para no tener que perder tiempo decidiendo qué ponerse cada mañana («Siento que no estoy haciendo mi trabajo si gasto parte de mi energía en cosas banales o frívolas de mi vida», afirma); mientras tanto, Steve Hilton, antiguo director de estrategia de David Cameron, deambulaba habitualmente por el Número 10 descalzo y en pantalones cortos y camiseta.
Por desgracia para quienes no ocupan la cima de la pirámide laboral, sin embargo, la preferencia de los jefes por la ropa informal puede resultar una especie de contraofensiva de poder: lo que resulta adecuado para el director ejecutivo puede parecer descuidado en un empleado de rango inferior. En otras palabras: hay que ser quien establece las normas para sentirse cómodo infringiéndolas.
Para la mayoría de los empleados, las exigencias en materia de indumentaria suelen ser hoy más gravosas e incómodas que antes, y si eres mujer, ni siquiera ser la jefa basta para librarte de ellas. Quienes trabajan en tu propia oficina quizá no te juzguen, pero si acudes a reuniones con clientes o inversores, sigue existiendo una presión considerable para vestir de forma elegante, por poco práctico que resulte.
Por eso las jefas deben dar ejemplo. Mi único consejo infalible para cualquier mujer en el mundo empresarial es que deje los tacones y calce zapatillas deportivas. Para empezar, hay que tener en cuenta las ventajas físicas. El hecho de que los tacones resulten incómodos (y es un hecho: según el Colegio de Podólogos, los tacones altos empiezan a doler, de media, a partir de poco más de una hora, y una quinta parte de las mujeres nota la molestia en apenas 10 minutos) es solo la mitad del problema. Las mujeres que usan tacones habitualmente también corren el riesgo de sufrir, entre otras cosas, acortamiento de los músculos de la pantorrilla, rigidez de los tendones de Aquiles, dolor de espalda, ampollas y juanetes (nueve de cada diez operaciones de juanetes se practican en mujeres). Además, claro, si puedes correr, tienes más posibilidades de llegar a tiempo a las reuniones.
En aras de la total transparencia, debo reconocer que tengo cierta ventaja de estatura: con 5’ 10.5”, el riesgo de ser mirada por encima del hombro es menos problema para mí que para la mayoría de las mujeres. Pero la idea de que la altura, que proporcionan los tacones, confiere autoridad es un mito que merece quedar relegado, junto con las hombreras, a los años ochenta. La autoridad procede de la competencia, la confianza y la serenidad bajo presión; la altura no tiene nada que ver.
Al final, los únicos requisitos realmente justificables para los trabajadores sin uniforme son que vayan limpios, con un olor razonablemente agradable, y que no lleven nada que pueda incomodar a compañeros y clientes.
Una cultura nacional de «cómodo y práctico» en el trabajo podría disparar nuestra productividad y hacer que nuestros pobres pies suspiren aliviados al unísono”.
Este artículo se publica en colaboración con The Financial Times. La publicación no implica el respaldo de los puntos de vista por parte del Foro Económico Mundial.
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Autora: Justine Roberts es fundadora y consejera delegada de Mumsnet, la plataforma de contactos para padres.
Imagen: Una mujer utiliza su teléfono móvil en un edificio de oficinas. REUTERS/Toru Hanai.
