¿Quién puede hablar? ¿A quién escuchamos? ¿Y de quién respetamos las opiniones? Estas preguntas siempre son importantes, pero lo son aún más ahora, cuando el Reino Unido afronta un futuro incierto y los líderes políticos deben tomar decisiones difíciles. Por eso es decepcionante saber que las voces de las mujeres siguen quedando marginadas en la cobertura informativa del país. La experiencia de las mujeres no se aprovecha ni se escucha en un momento decisivo.
Un análisis realizado por el Centro para el Estudio de los Medios, la Comunicación y el Poder por encargo del Instituto Global para el Liderazgo de las Mujeres del King’s College de Londres concluyó que cuatro de cada cinco personas citadas como expertas en artículos de noticias en línea de los principales medios de comunicación del Reino Unido son hombres. La investigación analizó una muestra representativa de todos los artículos de noticias publicados en línea durante un período de siete días por importantes medios de comunicación, entre ellos BBC, Channel 4, ITV, Sky, Daily Mail, Star, Express, The Times, Financial Times, Guardian, Independent, Mirror, Sun y Telegraph.
El desequilibrio es aún mayor en ciertos ámbitos, como la política exterior y los negocios y las finanzas, donde los hombres representan casi nueve de cada diez fuentes expertas. Y, pese a todas las campañas mediáticas y la atención prestada a la representación igualitaria en los últimos años, estas cifras apenas han cambiado desde que se realizó un estudio similar en 2010.
Entonces, ¿qué impulsa este desequilibrio? Es cierto que, por desgracia, el Reino Unido sigue siendo un país donde la infrarrepresentación de las mujeres en puestos directivos de diversos sectores está ampliamente documentada (sobre todo en el periodismo informativo), y esto sin duda influye. Sin embargo, investigaciones anteriores han identificado otros factores. La tendencia a recurrir a contactos conocidos, colaboradores fiables y recomendaciones de fuentes consultadas anteriormente dificulta ampliar el conjunto de expertos.
Y luego está la cuestión de a quién consideramos “experto”. Los juicios sobre quién es creíble y quién no desempeñan un papel importante a la hora de determinar quién puede ser una fuente y, por tanto, tener voz en el debate nacional. Pero los juicios sobre credibilidad no están libres de prejuicios. Varios estudios han demostrado que nos parece más creíble la misma información cuando la presenta un hombre que cuando la presenta una mujer. Ya se trate de tuits políticos, artículos sobre deportes o resúmenes de artículos científicos, se ha demostrado que cambiar simplemente el nombre que aparece en la información afecta a la valoración que hacen las personas encuestadas sobre la calidad, la competencia o el nivel de especialización del contenido.
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Estos sesgos muestran lo tremendamente ingenuo que es sostener que las fuentes expertas deberían ser «simplemente la persona con más conocimientos». Esa persona es una quimera: ¿cómo se clasificarían sus conocimientos? Cualquier intento de determinar quién es estaría condicionado por los sesgos, no solo por parte del periodista al evaluar sus credenciales, sino también porque esas credenciales se obtuvieron en un mundo marcado por los prejuicios de género.
Una línea de pensamiento relacionada podría admitir que existe cierto sesgo en la selección de expertos y, aun así, sostener que no importa. Al fin y al cabo, ¿no están los expertos ahí simplemente para presentar los hechos y ofrecer una evaluación objetiva de la realidad? Estoy segura de que a muchos académicos les conmovería semejante fe en sus declaraciones, pero dista mucho de la verdad.
Un estudio fascinante publicado a principios de este año ilustra esta cuestión. Tras encuestar a más de 1.000 economistas de 18 países, los investigadores descubrieron que las economistas eran mucho más propensas que los hombres a preferir las intervenciones gubernamentales a las soluciones de mercado. También eran más partidarias de aumentar la protección del medio ambiente, más propensas a considerar desiguales las políticas del mercado laboral y ligeramente más proclives a desaprobar las medidas de austeridad. Difícilmente podría haber cuestiones más centrales para el futuro de la sociedad.
Las distintas opiniones de las economistas no se deben a algún “gen redistributivo” innato que falte en el cromosoma Y, sino a que esas opiniones se basan en el análisis de determinados enfoques, y las diferentes experiencias vitales influyen en cómo sopesamos los costes y beneficios asociados. De hecho, como demuestra el Gobierno feminista de Suecia, desde la política exterior hasta decidir qué calles despejar primero con quitanieves, las respuestas a las cuestiones de política pública cambian cuando se incorpora la perspectiva de la otra mitad de la población.
Los periodistas tienen la responsabilidad de buscar voces diversas, en lugar de reflejar «neutralmente» la sociedad. A quién vemos explicar el mundo que nos rodea envía una poderosa señal simbólica sobre qué opiniones valoramos y qué posibilidades tienen distintos grupos de personas. Si algo puede desafiar los prejuicios, seguramente será ver nombres de mujeres en ámbitos que la sociedad considera “masculinos”. Esto puede exigir a los periodistas un esfuerzo adicional para ir más allá de sus redes habituales, pero, con tantos recursos disponibles —desde The Women’s Room hasta SheSource y otros—, ya no hay excusa para no hacerlo.
