Al fijar metas mundiales para cerrar la brecha de género y lograr la educación universal para 2030, los gobiernos y los defensores del desarrollo tienden a centrarse en la necesidad de construir más escuelas y aumentar las tasas de matriculación de mujeres y niñas. Pero, aunque estos objetivos no pueden ignorarse, la experiencia de Afganistán muestra por qué no son suficientes.
Pese a los frecuentes llamamientos a la acción para ofrecer educación primaria universal y eliminar las disparidades de género, pocos países en desarrollo han avanzado de forma significativa hacia estos objetivos. Por ejemplo, aunque el sur de Asia logró avances considerables hacia la paridad de género durante la era de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (2000-2015), la región sigue teniendo el segundo mayor número de niños fuera de la escuela del mundo y se queda por detrás de los estándares internacionales en varios indicadores clave.
Situación de la educación universal en el sur de Asia
Las niñas representan la mayoría de los diez millones de niños de la región que no reciben educación formal, debido a la falta de escuelas, la pobreza, la amenaza de la violencia y las costumbres sociales. El progreso ha sido especialmente lento en países como Pakistán y Afganistán, donde los valores patriarcales y las normas culturales tradicionales se oponen a la educación de las niñas.
En Afganistán, la condición de las mujeres se deterioró drásticamente bajo el régimen talibán entre 1996 y 2001. La educación pública para las niñas fue prohibida, y muchas escuelas públicas para niñas se convirtieron en instituciones solo para varones. La tasa bruta de matriculación femenina cayó del 32 % al 6,4 % para 2001, año en el que hasta 1,5 millones de niños tenían prohibido asistir a la escuela. La tasa de alfabetización de las mujeres afganas descendió hasta un 3 % en los distritos rurales. Con pocas oportunidades para adquirir habilidades, miles de niñas jóvenes se vieron obligadas a casarse temprano.
Dados estos antecedentes históricos, Afganistán ha representado durante mucho tiempo un caso de prueba importante para los esfuerzos mundiales por proporcionar educación universal. Tras el derrocamiento del régimen talibán, la Constitución afgana fue reformada en 2003 para garantizar a las mujeres y las niñas el derecho a la educación. Y desde 2005 se ha permitido a las mujeres participar en la política. Pero la influencia del patriarcado sigue siendo fuerte. La socialización y la movilidad fuera del hogar siguen siendo limitadas para las niñas, en particular después de la pubertad. Peor aún, tras casi dos décadas de intervención estadounidense, la insurgencia talibán es más fuerte que nunca. Los ataques contra las escuelas de niñas están nuevamente en aumento. Y, con Estados Unidos suspendiendo las recientes conversaciones de paz, el futuro político de Afganistán parece precario.
La educación universal y la experiencia de Afganistán
Para comprender lo que está en juego, debemos considerar los importantes logros alcanzados desde 2001. En un estudio reciente que coescribí con Md. Abdul Alim y M. Anowar Hossain, de BRAC International, comprobamos que ha habido un fuerte aumento de la tasa bruta de matriculación en educación primaria y secundaria en Afganistán desde la caída de los talibanes. Entre 2001 y 2013, el número total de escuelas en funcionamiento en el país aumentó de unas 3.500 a 14.600, y la tasa media de finalización de la educación primaria de las niñas aumentó del 47 % al 52 %. Para 2015, la proporción de mujeres frente a hombres matriculados en la educación primaria y secundaria había subido al 69 % y al 56 %, respectivamente.
Aun así, las tasas de participación y permanencia siguen siendo bajas según los estándares internacionales. La proporción de niñas matriculadas en la escuela baja del 39 % en primer grado al 35 % en noveno grado (el final del ciclo de secundaria inferior), con un fuerte descenso al final del ciclo de primaria (sexto grado). Al explicar estas tasas, el gobierno afgano señala una escasez persistente de escuelas exclusivamente para niñas, de docentes mujeres cualificadas y de recursos para las escuelas existentes.
Sin embargo, también comprobamos que la mala calidad de la educación podría ser otra razón de la baja matriculación y permanencia. Incluso las niñas afganas que están en la escuela no aprenden mucho. Entre las niñas matriculadas de cuarto a noveno grado, el paso de primaria a secundaria apenas produce avances en cálculo básico; y resultados similares se derivan de un análisis del rendimiento de los estudiantes en fluidez lectora oral y comprensión. Estos hallazgos coinciden con los de un estudio anterior de alcance nacional, que concluyó que solo el 43 % de una muestra de niños de tercer grado podía leer con comprensión.
Estos hallazgos podrían tener implicaciones para el desafío educativo más amplio de Afganistán. Actualmente hay alrededor de 3,7 millones de niños, en su mayoría niñas, que no asisten a la escuela. Pero las reformas para matricularlos podrían no tener éxito si la mala calidad de la educación es una de las principales razones por las que los padres mantienen a sus hijas en casa (si no las casan antes de tiempo).
Cabe señalar que la crisis del aprendizaje no se limita a las escuelas públicas afganas. Se pueden encontrar brechas similares en Bangladés y India. Pero estos países, al menos, han avanzado mucho más en la matriculación de niñas. En el Afganistán posterior a los talibanes, la educación de las niñas aún no es una prioridad para toda la sociedad, en gran parte porque los grupos religiosos conservadores siguen oponiéndose firmemente a ella en principio.
En términos generales, las agencias de ayuda y sus socios para el desarrollo han acertado al centrarse en ayudar a los gobiernos de Estados frágiles como Afganistán a construir más escuelas e invertir en la educación de las niñas. Como afirma Gordon Brown, enviado especial de las Naciones Unidas para la Educación Mundial, escribe, “poner a las niñas en la escuela es la forma más eficaz de mantenerlas libres de la explotación, el trabajo forzado, la trata y el matrimonio infantil”.
Pero los esfuerzos por lograr la educación universal fracasarán si la escolarización no se traduce en competencias básicas de cálculo y alfabetización. Para explicar la crisis del aprendizaje en muchos países en desarrollo, los gobiernos y las agencias de desarrollo deberían buscar más oportunidades para establecer alianzas estratégicas con proveedores no estatales. En Bangladés, por ejemplo, las escuelas gestionadas por BRAC emplean a docentes mujeres (lo cual es clave para aumentar la matriculación de niñas) y superan a las escuelas públicas en cuanto a resultados de aprendizaje.
Afortunadamente, el gobierno afgano ha empezado a abrir sus puertas a modelos innovadores de ONG como el programa de educación comunitaria de BRAC. Pero la escasez de docentes mujeres cualificadas hace que ampliar estos esfuerzos resulte difícil, por no decir imposible. Las mujeres representan solo un tercio de todos los docentes de las escuelas primarias y secundarias afganas, en parte debido a la extrema baja alfabetización femenina. Y, como hemos visto, la mala calidad de la educación en las escuelas existentes amenaza con frustrar a la próxima generación de posibles docentes mujeres.
Huelga decir que el apoyo internacional a la educación universal en Afganistán debe mantenerse. Pero, dada la evidencia de un aprendizaje extremadamente superficial (poco aprendizaje por grado) en las escuelas públicas para niñas, también debemos centrarnos en fortalecer la capacidad estatal en el sector educativo. Solo haciendo las inversiones necesarias para mejorar la calidad de la educación podremos poner fin al círculo vicioso e intergeneracional del analfabetismo en Afganistán, por no hablar de alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible para la fecha límite de 2030.
