«Soy migrante, pero no tuve que arriesgar la vida en una embarcación con fugas ni pagar a traficantes. La migración segura no puede limitarse a la élite mundial».
Así habló el secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, en septiembre de 2017.
Con una frase memorable, Guterres captó uno de los mayores desafíos del mundo. Mientras que hoy la élite privilegiada considera la movilidad mundial casi un derecho de nacimiento, innumerables personas atrapadas en circunstancias económicas desesperadas o marcadas por los conflictos tienen vedada esa libertad.
No hace mucho, el paradigma de los que están dentro y los que están fuera implicaba que apenas importaba a los pobres del mundo lo que obtenía la élite. Estos últimos apenas eran conscientes de las oportunidades para llevar una vida mejor más allá de las fronteras de su propio país.
Pero el mayor igualador del mundo —el teléfono inteligente— ha cambiado eso. Hoy lo usan más de dos mil millones de personas. En menos de una década, los teléfonos inteligentes han permitido a quienes estaban al margen conocer de cerca lo que hace la hasta entonces «élite».
Dos realidades que coexisten, aunque divergen marcadamente, se encuentran ahora en el mismo planeta. El choque está volviendo impredecible y, a veces, volátil la política hasta ahora adormecida de muchos países.
Por un lado, la libertad de movimiento está prácticamente garantizada para una ciudadanía mundial privilegiada y sorprendentemente amplia. Para estas personas, desplazarse por el mundo de forma segura, libre y relativamente económica se ha vuelto algo natural. Entre ellas hay turistas, estudiantes, familiares que viajan de visita, trabajadores migrantes del Sur Global (es decir, más de dos millones de filipinos y un millón de ceilandeses), así como las personas de negocios que mantienen en marcha nuestro mundo globalizado.
Lo que olvidamos con demasiada facilidad en el discurso sobre la migración es que millones de personas ya se desplazan por todo el mundo. Lo hacen de forma segura y ordenada, pasando los controles de seguridad de camino a la puerta de embarque y consultando sus noticias de Facebook y mensajes instantáneos. Sobre todo, viajan con pasaportes (y visados) en la mano.
Entonces, si ya existe tanta movilidad mundial, ¿por qué la migración se ha convertido en un tema tan tóxico, que llena los titulares y alimenta el populismo?
Parte de la respuesta podría estar en que pasamos por alto los retos de la integración. Podemos apresurarnos a calificar de irracional la hostilidad popular hacia la migración, o algo peor. Los políticos ignoran los valores a los que se atiene la gente bajo su propia responsabilidad.
Dado que el movimiento masivo de algunas personas por el mundo se considera tan normal, beneficioso y ordenado que ni siquiera suscita comentarios, debemos encontrar la manera de afrontar la situación de quienes aspiran a migrar, pero no pueden desplazarse debido a sus circunstancias.
Cientos de millones de personas que no forman parte del creciente mercado verdaderamente mundial de talento y mano de obra se encuentran al otro lado, mirando un mundo con el que solo pueden soñar. Afrontan enormes desigualdades de ingresos y dificultades, y no tienen ninguna posibilidad de obtener un visado o un permiso de trabajo.
No sorprende que enormes multitudes de jóvenes migrantes esperanzados suban a bordo de las «embarcaciones con fugas» a las que se refirió el secretario general. La falta de oportunidades económicas, a menudo agravada por el cambio climático, los empuja y los hace vulnerables al canto de sirena de las redes sociales.
Es en esas redes donde los traficantes de migrantes, los tratantes de personas y los esclavizadores modernos ejercen su actividad con total impunidad. Estos crueles engaños quedan sin control mientras los gigantes de las redes sociales buscan nuevos mercados en el Sur Global.
Es esta forma de migración la que cubren los medios. En el peor de los casos, sus consecuencias incluyen la venta de migrantes africanos como esclavos y sirvientes por deudas, según reveló la OIM. El crecimiento demográfico y el fracaso económico llevan a los migrantes a correr riesgos y abandonar sus hogares. En los lugares de destino, el resultado inevitable es el populismo, mientras las comunidades lidian con el desempleo y los problemas de identidad.
Por eso tengo tantas esperanzas puestas en un pacto mundial para la migración, cuya adopción se prevé para finales de 2018. Los Estados Miembros lo negociarán bajo los auspicios de las Naciones Unidas y su objetivo es abordar la migración internacional de forma integral: el primer acuerdo intergubernamental de este tipo previsto. Y, algo crucial, no se espera que menoscabe la soberanía de los Estados ni que sea jurídicamente vinculante. Probablemente sea lo más conveniente, dada la naturaleza explosiva del tema.
Ya existe un amplio terreno común. Buena parte de él reside en comprender que la migración no es tanto un problema que haya que resolver como una realidad humana que hay que gestionar. Unas normas estrictas y obligatorias permiten que más de ocho millones de vuelos despeguen y aterricen sin incidentes cada año, transportando un número de personas equivalente al 44 % de la población mundial. Por consiguiente, debería ser posible acordar normas comunes que permitan a muchas más personas viajar, migrar y regresar a casa con libertad y seguridad.
Debemos ofrecer esperanza a quienes se enfrentan a la desesperación económica, proporcionar vías legales a más migrantes u opciones de migración circular para quienes desean trabajar y luego regresar a casa. Si no lo gestionamos, lo harán los traficantes, con un enorme coste para la vida humana y el tejido de nuestras sociedades.
