Cómo promover la igualdad de género en Afganistán

Cómo promover la igualdad de género en Afganistán
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Era 2011 y un hombre de 60 años asistía a un sermón en una mezquita del distrito de Khugyani, en Afganistán, cerca de la frontera con Pakistán. El imán predicaba sobre los derechos de las mujeres y explicaba a los fieles que el islam no está reñido con la igualdad de género. El hombre mayor empezó a llorar y se acercó al imán.

«Me dijo: “¿Por qué no me lo había dicho antes? Nunca permití que mis hijas fueran a la escuela. Mi cuñada murió y no le permití visitar a un médico varón… Casé a mis hijos por la fuerza [con cónyuges que elegí para ellos]”», relató Jamila Afghani, fundadora de Noor Educational and Capacity Development Organization en Afganistán, un grupo que trabaja con imanes para enseñar los derechos de las mujeres. Como su organización había estado trabajando con el imán de la mezquita de Khugyani, los voluntarios acudían regularmente para observar y redactar informes sobre el sermón; fue entonces cuando ella oyó hablar de esta historia por primera vez.

Hoy, ese hombre mayor se ha convertido en el defensor más activo de las mujeres y las niñas de la aldea tribal, dijo Afghani en un acto reciente de New America, donde habló junto a Sally Kitch, directora fundadora del Institute for Humanities Research y profesora de Estudios de la Mujer y Género en Arizona State University. Mientras ambas analizaban lo aprendido tras más de una década de participación occidental en Afganistán sobre cómo promover los derechos de las mujeres, surgieron dos lecciones clave, con implicaciones dentro y fuera de las fronteras de ese país. Es fundamental defender los derechos de las mujeres en el contexto local, cultural y religioso adecuado, y todo movimiento de mujeres que tenga éxito debe involucrar a hombres y niños.

En Afganistán, dijo Kitch, existe la tradición de considerar los derechos de las mujeres «en el contexto de las familias y las comunidades».

Kitch se apresuró a recalcar que el activismo femenino del movimiento de mujeres no es una invención occidental, aunque a los grupos de oposición les pueda resultar políticamente conveniente vincular los derechos de las mujeres con una «agenda occidental». Por esta razón, toda iniciativa para promover los derechos de las mujeres debe apoyarse en los cimientos existentes de la sociedad civil y procurar trabajar dentro del contexto cultural local. En Afganistán, dijo Kitch, existe la tradición de considerar los derechos de las mujeres «en el contexto de las familias y las comunidades». Explicó que los matrimonios no se contraen únicamente para satisfacer deseos individuales, sino también para crear alianzas y generar más oportunidades para todos los miembros de una familia.

Y, sin embargo, «en las familias y aldeas afganas existe la tradición de que las mujeres ejerzan influencia sobre las actividades de los hombres y los valores de sus hijos y esposos», dijo Kitch, quien publicó recientemente Contested Terrain: Reflections with Afghan Women Leaders, un libro basado en entrevistas tanto con Jamila Afghani como con la jueza Marzia Basel. «También ha habido un movimiento de mujeres [en Afganistán] durante décadas».

De hecho, dijo Kitch, decenas de organizaciones de mujeres funcionaron eficazmente —y a menudo de forma clandestina— durante el gobierno talibán, desde la década de 1990 hasta que Estados Unidos invadió Afganistán en 2001. Sin embargo, Kitch escribió recientemente: «El gobierno de Estados Unidos ha hecho poco para apoyar o ampliar esas organizaciones, o para aprender de sus éxitos a fin de desarrollar perspectivas culturalmente apropiadas sobre el cambio social».

Esta falta de esfuerzo podría deberse a las dificultades para conciliar las diferencias entre la manera de entender los derechos de las mujeres en Afganistán y en Occidente. Los occidentales tienden a considerar los derechos de las mujeres como una cuestión individual, explicó Kitch. «Se trata de permitir que una mujer se defina a sí misma, decida qué hará y no quede atrapada en otras obligaciones que le impidan realizarse».

En otras palabras, los hombres no son el enemigo, y las mujeres suelen desconfiar de las intervenciones que les ofrecen oportunidades a ellas, pero no a sus hijos, esposos y hermanos.

«Las mujeres occidentales ven a la familia como una trampa para las mujeres, un lugar donde se espera que atiendan las necesidades de otras personas y, a menudo, dejen de lado las suyas durante toda la vida», me dijo Kitch en una entrevista. «Pero, aunque las mujeres afganas quieren cierta autonomía y libertad para elegir sus actividades, también creen que una familia sólida es buena para ellas mismas y para todos los demás. Puede que sientan menos rechazo hacia sus papeles de madres, hijas y hermanas». En otras palabras, los hombres no son el enemigo, y las mujeres suelen desconfiar de las intervenciones que les ofrecen oportunidades a ellas, pero no a sus hijos, esposos y hermanos.

Por consiguiente, cuando las organizaciones llegaron a Afganistán con planes para empoderar a las mujeres mediante programas dirigidos específicamente a ellas, sin considerar el impacto de esos programas en sus redes familiares extensas y conexiones sociales, podían —y a veces lo hicieron— provocar una reacción adversa que obstaculizaba el avance de las mujeres, sugirió Kitch. Por ejemplo, la ONU construyó escuelas para niñas durante el gobierno talibán, cuando los niños también habían sido privados de educación. Como la ONU no consiguió el apoyo de la población local para las escuelas, estas se volvieron muy impopulares; para 2006, la mitad había sido incendiada.

Hoy, los responsables de formular políticas y los funcionarios de desarrollo estadounidenses tienen la oportunidad de poner en práctica las lecciones expuestas por Kitch y Afghani mediante PROMOTE, el programa de empoderamiento de las mujeres «más grande de la historia de Estados Unidos». Su objetivo es multiplicar la población de mujeres líderes en Afganistán ampliando el acceso a la educación, las redes y la capacitación.

Hay mucho en juego. «No volveremos a tener una oportunidad así», dijo Afghani, quien teme que el dinero no se utilice correctamente. Por eso, afirma que es imperativo que líderes como ella —y no solo funcionarios gubernamentales— participen en las conversaciones sobre la mejor manera de utilizar los fondos para servir a los líderes actuales y futuros de Afganistán.

Afghani atribuye el éxito de su organización no a una inyección de dinero occidental, sino al fortalecimiento de capacidades en las comunidades locales, la participación de mujeres y jóvenes y la creación de programas sencillos y económicos. En 2002, puso en marcha un programa de alfabetización con un grupo de 2000 personas en Kabul; hoy atiende a 50,000 mujeres en 22 provincias. También empezó a trabajar con 25 imanes en Kabul para integrar las enseñanzas del Corán con la igualdad de género; ahora trabaja con 6,000 imanes en 22 provincias.

Kitch coincidió en que la clave del éxito de cualquier futura participación occidental en Afganistán será fortalecer las capacidades de los líderes locales, escuchar sus ideas y asegurarse de que toda nuestra ayuda financiera esté vinculada a programas sobre los derechos de las mujeres.

«No deberíamos entregar dinero en un país como Afganistán a menos que una parte de ese dinero —no una décima parte, sino quizá la mitad— se destine a programas que beneficien a las mujeres» y, lo que es importante, «que las mujeres de Afganistán crean que beneficiarán a las mujeres», dijo Kitch.

Una versión anterior de este artículo se publicó en el canal de Asia Meridional de Foreign Policy.

Esta publicación apareció originalmente en la revista digital de New America, The Weekly Wonk. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autora: Elizabeth Weingarten es directora adjunta del programa Breadwinning & Caregiving de New America y de la iniciativa Global Gender Parity Initiative.

Imagen: Una niña sonríe mientras camina después de visitar el santuario de Sakhi en Kabul, el 26 de marzo de 2014. REUTERS/Zohra Bensemra.

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