La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2023 (COP28) pondrá de manifiesto el dilema de intentar conciliar la acción climática con el crecimiento económico.
La dependencia perpetua del crecimiento económico como medida estándar del progreso nos impide introducir cambios significativos en nuestros modelos de desarrollo.
El cambio climático constituye un argumento claro a favor de modelos económicos alternativos que no se centren en la extracción insostenible de recursos ni en una carrera por ver quién posee más.
Mientras comienzan los preparativos en los Emiratos Árabes Unidos para la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2023 (COP28), sus organizadores hacen hincapié en que el evento climático anual deberá ser «favorable al clima y al crecimiento».
La idea de que la acción climática puede, o debe, ser ambas cosas goza de popularidad, al igual que la noción, hoy aparentemente universal, de que el progreso socioeconómico actual depende del crecimiento económico perpetuo. Sin embargo, estas ideas no deberían quedar libres de cuestionamiento.
Sabiduría convencional
Vemos la visión del mundo que promueve el crecimiento económico reflejada en los debates sobre la creciente población mundial, que perpetúa la idea de que más siempre es mejor porque nuestras economías y nuestro bienestar dependen fundamentalmente de ello. Al parecer, nuestras estructuras económicas requieren más jóvenes, no menos; el desempleo está muy extendido en las economías de todo el mundo, y 8.000 millones de personas ya consumen mucho más de lo que nuestro planeta puede proporcionar de forma sostenible. Mientras tanto, los observadores debaten qué significa el crecimiento de la población de la India para la economía mundial, del mismo modo que analizan cómo el descenso de la población de China ha cedido a la India el primer puesto como país más poblado del mundo.
La nacionalidad y el tamaño de la población siguen teniendo mucha importancia en nuestra forma de pensar, porque más personas requieren más recursos y, por tanto, consumen más, algo que nuestros modelos económicos estándar consideran intrínsecamente positivo. Las Naciones Unidas han adoptado esta perspectiva, al considerar el crecimiento económico uno de los pilares fundamentales de su marco de Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), en el ODS 8. El mensaje más importante del Fondo Monetario Internacional en cualquiera de sus informes ha pasado a ser si el mundo, la economía de un país o un sector están en una trayectoria ascendente de crecimiento.
El cambio climático ofrece la razón definitiva para cuestionar la sabiduría convencional, pues nos muestra con creciente claridad que los recursos planetarios que hacen posibles nuestras aspiraciones económicas no son infinitos. No hay crecimiento en un planeta muerto.
Sin embargo, la naturaleza rara vez se tiene en cuenta en la economía, a menos que pueda evaluarse en cifras —como valor que se puede obtener o perder. En este sentido, lo más probable es que un bosque se valore según el precio de su madera, en lugar de por las cualidades no monetarias que puede aportar; es decir, como fuente de vida, alimento y refugio. Recordando una anécdota compartida en las redes sociales, alguien dijo una vez que, si los árboles proporcionaran acceso wifi en lugar de oxígeno, quizá la gente valoraría más los bosques. La incómoda verdad es que así es como nuestros sistemas económicos convencionales contemplan la riqueza de la naturaleza: mercantilizando el mundo natural.
Es hora de cambiar
No es de extrañar que la acción climática sea un caso clásico de lo que los economistas llaman «fallo del mercado»: una situación en la que productores y consumidores nunca lograrán por sí solos un resultado eficiente. Esto se debe a que los mercados y, con ellos, los modelos convencionales de desarrollo económico no tienen en cuenta todos los costes ni los beneficios que la acción climática aportará a esta generación y a las futuras.
En la teoría de juegos cooperativos —el estudio matemático de modelos de conflicto y cooperación entre grupos—, la acción climática también sería un caso típico de fracaso. Aunque todos saldrían beneficiados si cooperaran para impulsar el cambio, nuestras economías no valoran la naturaleza ni nuestro clima, y en todos nuestros sistemas económicos existen asimetrías inherentes de información y poder. Los incentivos para dejar que otros asuman la carga de la acción son fuertes; por eso, la acción climática y la protección medioambiental se mantienen muy por debajo de nuestros objetivos. Como dijo en una ocasión el economista estadounidense Herman E. Daly, tratamos a la Tierra como si fuera una empresa en liquidación, y eso está fundamentalmente mal.
Si nuestro modelo económico de desarrollo basado en el crecimiento no tiene en cuenta la naturaleza y lo hace a costa de la humanidad, ¿por qué seguimos aferrados a él? La respuesta es que resulta difícil cambiar un sistema tan arraigado en el pensamiento económico occidental, que economistas, gobiernos e instituciones financieras llevan décadas construyendo y que supedita el bien común a la lógica empresarial. Además, un cambio significativo implica algo más que reconocimientos, compromisos y declaraciones intrascendentes de liderazgo «verde».
Conceptos como la Economía del Dónut de Kate Raworth ya reflejan la idea de que necesitamos un modelo económico alternativo, al igual que otras iniciativas, como la Revisión Dasgupta sobre la biodiversidad de 2021 e incluso, mucho antes, el Informe Brundtland de las Naciones Unidas, publicado en 1987.
Reevaluar los modelos de crecimiento económico
Cuando las partes interesadas de la COP28 dicen que debemos equilibrar la acción climática con el desarrollo económico y social sostenible, pueden recibir elogios. Sin embargo, en última instancia no abordan el problema fundamental que subyace a ese enfoque: la acción climática es una condición previa para el desarrollo económico y social sostenible, no un resultado del desarrollo que deba moderarse, perder ambición, someterse a un lavado verde y diluirse mediante compensaciones de carbono.
Y aquí es donde la acción climática internacional puede hacer mucho. Para abordar el consumo excesivo de los recursos finitos de la Tierra, debemos dejar de tratarla como un recurso que hay que explotar, en el que quienes extraen más o más rápido obtienen las mayores recompensas en acumulación de riqueza y desarrollo social y económico. Por tanto, una cuestión fundamental para la próxima conferencia sobre el cambio climático será si la comunidad internacional, haciendo valer su peso en las negociaciones climáticas mundiales, seguirá mercantilizando el mundo natural mediante soluciones que perpetúan nuestra relación explotadora con el planeta.
Hablamos de una transición «justa» que sitúe la inclusión en el centro de los esfuerzos de ecologización, pero la transición verde nunca será justa si los más ricos pueden proteger su inmensa riqueza mientras no se escucha a quienes son más vulnerables, incluidos los pueblos indígenas, que deberían estar en el centro de las negociaciones climáticas internacionales. Mientras tanto, la financiación climática no puede convertirse simplemente en un medio para aumentar la deuda de los países en desarrollo, que se pagaría mediante una mayor extracción y un mayor uso de los recursos naturales, mientras los países y las empresas más ricos compensan sus emisiones para eludir el cambio climático. Aquí es donde algunos modelos emergentes centrados en el decrecimiento podrían aportar un valor real.
El cambio climático ha dejado claro que debemos cambiar nuestra forma de pensar sobre la Tierra y considerarla una fuente de vida, no un recurso. Por eso debemos reconsiderar la idea del crecimiento económico perpetuo. En su lugar, debemos pensar en cómo nosotros, nuestros sistemas económicos y nuestras sociedades podemos aprender a hacer más con menos.
