Los mercados laborales están experimentando profundas transformaciones. La automatización está desplazando a los trabajadores de ocupaciones rutinarias y, a medida que se amplía la aplicación de las tecnologías digitales y la inteligencia artificial, estas tendrán un impacto similar en los empleos no rutinarios (Acemoglu y Restrepo, 2016).
Los trabajadores poco cualificados de los países de ingresos altos han estado bajo presión debido a las importaciones procedentes de países en desarrollo (Autor et al., 2016). También habrá un cambio en la composición del conjunto mundial de trabajadores cualificados, a medida que cohortes jóvenes y con mejor educación se incorporen a la fuerza laboral mundial mientras salen de ella cohortes mayores y con menos educación. Los trabajadores con mejor educación procederán casi exclusivamente de países en desarrollo y reemplazarán en el conjunto mundial a trabajadores de edad avanzada de países de ingresos altos. En un artículo reciente (Ahmed et al., 2017), medimos esta ola educativa, impulsada por los países en desarrollo, para intentar responder a estas preguntas:
¿Cómo altera esta ola educativa la dinámica de la desigualdad mundial, tanto entre países como dentro de ellos? ¿Conducirán estas tendencias a una mayor convergencia de los ingresos a escala mundial? ¿También disminuirá la desigualdad dentro de los países?
Una mirada al pasado
En La próxima convergencia, Spence (2011) plantea dos argumentos importantes:
Tras dos siglos de divergencia (de 1750 a 1950), durante los cuales los países ricos «occidentales» crecieron más rápido que el mundo en desarrollo, es posible que estemos viviendo a mitad de un siglo de convergencia (de 1950 a 2050). Los motores del crecimiento son la educación y la integración en la economía mundial.
En La gran convergencia, Baldwin (2016) también sostiene que la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación ha contribuido a la convergencia mundial de los ingresos al combinar capital de alta tecnología con las mejores prácticas de gestión y trabajadores con salarios bajos.
Freeman (2007, 2008) adopta un horizonte temporal más corto para argumentar que la incorporación a la economía mundial de trabajadores de China, India y los antiguos países soviéticos a finales de la década de 1990 ha sido «el mayor desafío [para Estados Unidos y otros países ricos] desde la Gran Depresión». Llamó a este proceso la «gran duplicación», porque duplicó el tamaño del mercado laboral mundial, de 1.460 millones a 2.930 millones de personas. Freeman también sostiene que, si los países de ingresos altos no se adaptan, esta expansión «agravará las divisiones económicas y podría volver a gran parte de la población de estos países contra la globalización».
Lakner y Milanovic (2015) comparan las distribuciones mundiales de ingresos (o consumo) de 1988 y 2008. Su conocido gráfico del elefante muestra el crecimiento de toda la población mundial durante este período y destaca que, desde 1988, el crecimiento ha beneficiado enormemente al 1 % más rico de la población mundial —en esencia, las personas ricas de los países ricos— y ha aumentado los ingresos de los deciles medios, principalmente en grandes países en desarrollo como China.
Sin embargo, los ingresos se han estancado para los ciudadanos promedio de los países de ingresos altos, situados en torno al percentil 80 de la distribución mundial. Lo mismo ocurre con las personas más pobres del mundo.
El crecimiento desigual hizo que la desigualdad mundial, medida mediante un índice de Gini como si el mundo fuera un solo país, descendiera de 69,7 a 65,81 durante este período. Esta disminución se explica en gran medida por una reducción de la desigualdad entre países o, como observan Spence y Baldwin, por la convergencia de los países en desarrollo hacia los ingresos per cápita de las economías avanzadas.
En cambio, las tendencias de la desigualdad dentro de los países han sido dispares. En América Latina, la desigualdad dentro de los países ha disminuido (Lopez-Calva y Lustig, 2010) gracias a la inversión en educación, una mayor oferta de trabajadores cualificados y programas de transferencias focalizadas. En otras regiones, especialmente en los países de ingresos altos, la desigualdad dentro de los países ha aumentado.
Entre 1988 y 2013, el promedio de los coeficientes de Gini de cada país en las economías avanzadas aumentó de 29,8 a 31,8. En conjunto, la contribución de la desigualdad dentro de los países a la desigualdad mundial total pasó del 20 % en 1988 al 35 % en 2013. Es probable que estas «divisiones económicas» internas hayan contribuido a la reciente reacción contra la globalización y a la retórica anticomercial y nacionalista de muchos políticos populistas de estos países (Rodrik, 2017).
La evolución de la educación
Al invertir en educación, los países han brindado a las generaciones más jóvenes más años de escolarización. En 1960, un trabajador joven nacido en un país en desarrollo había pasado un año más en la escuela que un trabajador mayor.
Para 1990, la brecha educativa entre jóvenes y mayores era de tres años en Asia meridional y de casi cuatro años en América Latina, el Caribe y África subsahariana. En Oriente Medio y Norte de África era de casi seis años, más que un ciclo completo de educación secundaria. Salvo algunas excepciones, la brecha siguió creciendo hasta 2010.
La figura 1 muestra que el patrón de esta transición educativa es muy distinto en los países de ingresos altos. En 1960 partían de una gran brecha intergeneracional porque la educación universal había comenzado antes. La transición educativa había concluido para 2010, cuando los trabajadores jóvenes y mayores tenían casi el mismo número (elevado) de años de educación.
Por lo tanto, los niveles educativos promedio están aumentando en los países en desarrollo, pero no en los países de ingresos altos.
Figura 1 Transición educativa por región, 1960-2010

El número total de trabajadores cualificados —definidos como quienes tienen nueve o más años de escolarización— aumentará de 1.660 millones en 2011 a 2.220 millones en 2050: un incremento de 560 millones, o del 33 %. No será exactamente otra «gran duplicación», pero sí un cambio drástico.
Este conjunto de trabajadores cualificados se nutrirá de ciudadanos jóvenes de países en desarrollo. En 2011, por cada trabajador cualificado de un país de ingresos altos había dos trabajadores cualificados de países en desarrollo que compartían la economía mundial. Para 2030, la proporción será de uno a tres.2 Esta tendencia continuará hasta que la brecha educativa intergeneracional de las regiones en desarrollo se reduzca al nivel de los países de ingresos altos.
El futuro de la desigualdad mundial
Utilizamos un marco de simulación macro-micro con más de 100 encuestas de hogares armonizadas de distintos países, que representan casi el 90 % de la población mundial, para estimar el impacto distributivo de esta ola educativa. La tabla 1 muestra los resultados. Estos sugieren que una fuerza laboral con mayor educación hará que el mundo sea más igualitario para 2030. El índice de Gini de todo el mundo bajará 3,2 puntos porcentuales, de 65,8 en 2012 a 62,6 en 2030, mientras que el índice L de Theil descenderá de 90,7 a 76,6.
Esto prolonga la tendencia identificada por Lakner y Milanovic. Como antes, la desigualdad mundial de ingresos disminuye porque los países más pobres están alcanzando a los demás.
Tabla 1 La desigualdad mundial de ingresos disminuirá en un mundo con mayor educación

El componente de la desigualdad dentro de los países cobrará aún más importancia en el futuro. Comparamos los resultados de la ola educativa con un hipotético «escenario sin ola» en la columna de la derecha de la tabla 1. En el mundo sin ola, el número de trabajadores cualificados y no cualificados crecería al mismo ritmo. En el escenario de la ola educativa, la disminución de la prima por cualificación reduce la desigualdad dentro de los países. Esto no ocurriría en el escenario sin ola. Como resultado, tanto la desigualdad total como el componente dentro de los grupos son mayores en el escenario sin ola que en el de la ola educativa.
Las curvas mundiales de incidencia del crecimiento (GIC) para ambos escenarios ilustran además quiénes son los mayores beneficiarios de la ola educativa (figura 2). Las tasas de aumento de los ingresos en el escenario sin ola son inferiores a las del escenario de la ola educativa para todas las personas con ingresos hasta aproximadamente el percentil 90. No es de extrañar, ya que la ola educativa se concentra principalmente en el mundo en desarrollo. A simple vista, la distancia entre estas dos líneas parece pequeña. Sin embargo, una diferencia de medio punto porcentual en las tasas de crecimiento se acumula hasta dar lugar a ingresos un 10 % más altos después de 20 años. No es una diferencia insignificante.
Figura 2 Curvas mundiales de incidencia del crecimiento: escenarios de ola educativa y sin ola

¿Un mundo con mayor educación implica más igualdad?
Aunque la educación seguirá siendo un factor igualador en el futuro, nuestro experimento mental tiene una salvedad importante. La reducción de la desigualdad mundial presupone que la integración global continúa.
Los beneficios del comercio internacional están vinculados a su capacidad para crear empleos allí donde surgen nuevas oportunidades. Las nuevas barreras y otras políticas nacionalistas pueden reducir a corto plazo las tensiones creadas por la desigualdad, pero también pueden reducir la disminución de la desigualdad a largo plazo. Las tecnologías que aumentan desproporcionadamente la demanda de trabajadores cualificados y sustituyen a los no cualificados complican el debate sobre cómo debería una sociedad repartir las cargas y los beneficios de la globalización. La difusión mundial de estas tecnologías puede reforzar el aumento de la desigualdad observado en los países de ingresos altos.
Mejorar los resultados del aprendizaje y promover políticas activas de redistribución son formas eficaces de afrontar tanto la globalización como el cambio tecnológico, al tiempo que se garantiza que la economía mundial siga una trayectoria próspera.
