Sí, la tecnología puede liberar a las niñas de todo el mundo, pero debe gestionarse adecuadamente

People take pictures at a viewpoint during sunset in Moscow, Russia, May 30, 2016. REUTERS/Maxim Shemetov - D1AETHERKDAB
There are still 184 million fewer women than men with mobile phones.Image: REUTERS/Maxim Shemetov
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Hoy, 1.400 millones de niñas y mujeres viven en países que fallan en materia de igualdad de género, en ámbitos que van desde la educación y el trabajo digno hasta la salud y la violencia. Sin embargo, una de las formas más eficaces de empoderar a niñas y mujeres –el acceso seguro y fiable a los teléfonos móviles e internet– corre el riesgo de ser ignorada.

Hoy, la GSMA –la asociación comercial mundial de operadores móviles– estima que más de cinco mil millones de personas tienen dispositivos móviles, de los cuales más de la mitad son smartphones. Sin embargo, la rápida difusión de la tecnología móvil no ha sido equitativa. Aunque el número de mujeres de países de ingresos bajos y medios que poseen teléfonos móviles ha aumentado en unos 250 millones solo en los últimos cinco años, todavía hay 184 millones menos de mujeres que de hombres con teléfonos móviles, y las mujeres tienen un 26 % menos de probabilidades que los hombres de usar internet móvil.

Del mismo modo, aunque los jóvenes poseen teléfonos móviles en una proporción mayor que sus homólogos de más edad, persisten los desequilibrios de género. Según un estudio de 2018 realizado por Girl Effect (de la que soy CEO), los niños tienen 1,5 veces más probabilidades que las niñas de poseer un teléfono. Incluso entre quienes sí tienen teléfono, es más probable que los niños tengan smartphones que las niñas.

Pero tener un dispositivo no es lo mismo que tener acceso, y nuestras investigaciones han revelado que las niñas suelen encontrar formas ingeniosas de hacerse con dispositivos móviles. Más de la mitad de las niñas entrevistadas –en lugares como India, Malaui y Tanzania– piden habitualmente prestados teléfonos móviles a sus padres, hermanos o amigos. Algunas también comparten tarjetas SIM y dispositivos, encontrando formas ingeniosas de acceso.

Dados los enormes beneficios del acceso a internet, se trata de una buena noticia. Por ejemplo, una niña de 14 años en una zona rural de Bangladés, que nunca ha recibido formación sobre la pubertad, podría avergonzarse tanto de los cambios que está experimentando que deja de ir a la escuela. Sin embargo, durante las dos horas semanales en que se le permite usar el teléfono de su hermano, puede informarse sobre la menstruación y el embarazo, y conectarse con un centro de salud local para concertar asesoramiento y atención presenciales. En otras palabras, el acceso móvil le proporciona los conocimientos y la confianza que necesita para proteger su salud y su futuro.

El acceso a los teléfonos móviles no es un fin en sí mismo. Más bien, es una forma de igualar las condiciones no solo mediante el conocimiento, sino también mediante la conexión: hoy en día, los teléfonos móviles son vías clave para impulsar la demanda de servicios esenciales, como los servicios de salud y financieros. Garantizar un acceso móvil amplio y equitativo es, por tanto, una forma poderosa y fácilmente escalable de ayudar a todas las personas a tomar decisiones informadas sobre su propia vida, en ámbitos que van desde la salud hasta la educación y el empleo.

Conseguir que las niñas y las mujeres estén en línea –ya sea con sus propios dispositivos o con dispositivos prestados o compartidos– es solo el primer paso. También debemos asegurarnos de que tengan la alfabetización tecnológica suficiente para aprovechar al máximo los dispositivos que utilizan. La investigación de Girl Effect demostró que, en general, los niños utilizan muchas más funciones y capacidades del teléfono que las niñas.

Además, debemos considerar qué encuentran las niñas cuando se conectan. ¿Es precisa la información que reciben? ¿Corren riesgo de explotación? Ignorar estas preguntas supondría una oportunidad perdida, y además sería peligroso.

Por eso Girl Effect ha trabajado para crear espacios en línea seguros en los que las niñas puedan acceder a información fiable adaptada a ellas, descubrir servicios valiosos en su zona y conectar con otras personas que enfrentan –y superan– los mismos desafíos. El objetivo es fomentar la curiosidad, aumentar la autoconfianza y animar a las niñas a perseguir sus sueños.

Por supuesto, para que estas plataformas marquen la diferencia, deben resultar atractivas para los usuarios. Cuando las niñas se conectan, puede que no busquen aprender per se, sino más bien entretenerse. Debemos ir a su encuentro allí donde están, ofreciendo experiencias atractivas y –algo fundamental para quienes carecen de alfabetización digital– fáciles de usar. Con este fin, las niñas deberían participar en el proceso de diseño.

Las niñas de Etiopía, Ruanda y Malaui ya se benefician de estas plataformas, y Girl Effect está poniendo en marcha iniciativas similares en India y Tanzania. En todos estos entornos, los enfoques se adaptan a las necesidades y perspectivas locales y se reevalúan constantemente, a fin de tener en cuenta los cambios en el acceso y el uso.

Hay abundantes investigaciones que demuestran los beneficios de gran alcance –y ampliamente compartidos– de la igualdad de género. Por ejemplo, aumentar la participación femenina en la fuerza laboral en India podría añadir 56.000 millones de dólares a la economía del país, lo que haría que la fuerza laboral en su conjunto sea un 27 % más rica. Esto, a su vez, reduciría las tasas de fecundidad y permitiría una mayor inversión en capital humano, impulsando un crecimiento económico y un desarrollo rápidos y sostenidos.

Para asegurar estos avances, los gobiernos y sus socios deben invertir en iniciativas basadas en la tecnología que respondan a las necesidades y preferencias de las niñas y las mujeres. Crear plataformas en línea seguras, atractivas e informativas para ellas es un buen punto de partida.

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