Christine Lagarde, directora gerente del Fondo Monetario Internacional, advirtió recientemente que el mundo corre el riesgo de caer en una nueva «normalidad mediocre» de crecimiento más lento. No es la única que expresa esta preocupación.
Los responsables de la política económica de todo el mundo buscan formas de impulsar el crecimiento, y la inversión en infraestructura encabeza la mayoría de las listas. Pero, como Lagarde suele recordar a su audiencia, otro remedio que a menudo se pasa por alto consiste en aumentar la participación y el avance económico de las mujeres.
Las mujeres representan la mitad de la fuerza laboral mundial y alrededor del 70% de la demanda de consumo del mundo. Sin embargo, aún queda mucho por hacer para hacer realidad su potencial económico, como confirma el recién publicado Informe Global sobre la Brecha de Género 2014 del Foro Económico Mundial.
En muchos países, tanto desarrollados como en desarrollo, hombres y mujeres están en condiciones de paridad o cerca de ella en educación y salud, según el informe, que abarca 142 países y el 94% de la población mundial. Sin embargo, como demostró el ataque contra la heroica colegiala pakistaní y laureada con el Premio Nobel de la Paz Malala Yousafzai, en muchos lugares todavía se impide que las niñas y las mujeres accedan a la educación, a veces mediante la violencia.
Además, en términos de participación y oportunidades económicas, las mujeres siguen rezagadas respecto de los hombres por un considerable 15-25%, incluso en las sociedades con mayor igualdad de género. A escala mundial, solo alrededor de la mitad de las mujeres en edad de trabajar tienen empleo, y ganan tres cuartas partes de lo que ganan los hombres, incluso cuando tienen el mismo nivel de educación y ocupan el mismo puesto.
Mientras tanto, las mujeres están sobrerrepresentadas en empleos informales, temporales y a tiempo parcial, la mayoría de los cuales son puestos de baja productividad, con salarios bajos, sin prestaciones y con escasas oportunidades de ascenso. Al ritmo de progreso de los últimos nueve años, harán falta otros 81 años para cerrar la brecha económica de género mundial y liberar los beneficios económicos asociados.
Según una estimación, las mujeres ocupan alrededor del 24% de los puestos de alta dirección en todo el mundo, con cifras comparables entre regiones y niveles de desarrollo. Sin embargo, un estudio reciente del Credit Suisse Research Institute (CSRI), que abarcó 3.000 empresas de diversos sectores y países, arroja una conclusión más desalentadora: en promedio, las mujeres ocupan solo alrededor del 13% de los puestos de alta dirección (los de director ejecutivo y las personas que le reportan directamente); incluso la tasa más alta, en América del Norte, alcanza apenas el 15%.
Además, la participación de las mujeres se concentra en puestos de áreas menos influyentes, como los servicios compartidos, donde las oportunidades de ascenso a puestos directivos son limitadas. Y, aunque la participación femenina en los consejos de administración de las empresas ha aumentado en casi todos los países y sectores durante los últimos tres años, con los mayores avances en los países que han introducido cuotas, las mujeres ocupan, en promedio, solo alrededor del 12,7% de los puestos en esos consejos.
La brecha de género no perjudica solo a las mujeres; nos perjudica a todos. Las mujeres sanas y con educación tienen más probabilidades de tener hijos más sanos y con mayor nivel educativo, lo que crea un círculo virtuoso de desarrollo. Los datos del WEF sugieren una fuerte correlación entre los avances de un país para cerrar la brecha de género —en particular en la educación y la fuerza laboral— y su competitividad económica.
El argumento empresarial a favor de que las mujeres ocupen puestos de liderazgo es sólido. Las empresas con más mujeres en puestos de alta dirección y en sus consejos reflejan mejor los perfiles de sus clientes y empleados, se benefician de perspectivas más diversas a la hora de resolver problemas, obtienen mejores resultados en los indicadores de cooperación y salud organizativas, y declaran mayor rentabilidad y rendimiento sobre el capital. Además, el estudio del CSRI indica un mayor rendimiento sobre el capital, valoraciones más altas y mayores ratios de distribución de beneficios, sin diferencias perceptibles en la asunción de riesgos.
Hacer realidad el potencial económico de las mujeres exige cambios en las políticas, las prácticas empresariales y las actitudes. Los países desarrollados deberían invertir en servicios de cuidado infantil asequibles, educación en la primera infancia y permisos parentales; pasar de la tributación familiar a la individual; y ofrecer créditos fiscales, prestaciones y protecciones más generosos a los trabajadores con salarios bajos y a tiempo parcial. En los países en desarrollo, son esenciales las reformas legales que otorguen a las mujeres los mismos derechos de propiedad de la tierra, herencia y acceso al crédito.
Las empresas pueden comprometerse con la paridad de género mediante varias medidas concretas. Pueden fijar objetivos de contratación y retención; emprender búsquedas proactivas para cumplirlos; introducir programas de mentoría y formación en diversidad para atraer, retener y promover a las mujeres; y establecer bandas salariales transparentes que ayuden a hacer seguimiento de las brechas salariales de género y reducirlas.
Al mismo tiempo, las prácticas de recursos humanos deberían tener en cuenta los sesgos inconscientes, los riesgos de estereotipar y las diferencias de comportamiento entre géneros documentadas. Por ejemplo, las investigaciones concluyen que las mujeres tienden a tener menos confianza y a negociar menos los aumentos salariales y los ascensos que los hombres con cualificaciones equivalentes.
Las empresas también pueden usar su influencia con proveedores, distribuidores y socios para apoyar a las empresas propiedad de mujeres y promover publicidad neutra en cuanto al género. Además, las empresas pueden cambiar la organización y remuneración de los empleos para aumentar la flexibilidad y ayudar así tanto a hombres como a mujeres a compaginar el trabajo y las responsabilidades familiares.
Las brechas de género en la participación y las oportunidades económicas de las mujeres varían considerablemente entre regiones. Los hallazgos del WEF muestran que Oriente Medio y Norte de África registran la mayor brecha de género: en promedio, las mujeres alcanzan solo el 40% de la paridad en el lugar de trabajo, frente a casi el 80% en América del Norte. De hecho, la brecha general se ha ampliado en Jordania y Túnez.
Aun así, hay tendencias positivas. En los últimos nueve años, Arabia Saudita ha reducido su brecha económica de género, en relación con su punto de partida, más que cualquier otro país.
Lagarde insta tanto a los responsables de formular políticas como a los líderes empresariales a realizar cambios que amplíen la participación y las oportunidades económicas de las mujeres. Los beneficios económicos de hacerlo son considerables. En palabras de Klaus Schwab, fundador del WEF: «Solo las economías que aprovechen plenamente todo su talento seguirán siendo competitivas y prosperarán. Pero, aún más importante, la igualdad de género es una cuestión de justicia».
Sería difícil encontrar razones más convincentes para acelerar los avances hacia la paridad de género.
Publicado en colaboración con Project Syndicate
Autores: Laura Tyson, expresidenta del Consejo de Asesores Económicos del presidente de Estados Unidos, es profesora en la Haas School of Business de la Universidad de California, Berkeley, asesora sénior de Rock Creek Group y miembro del Consejo de Agenda Global sobre Paridad de Género del Foro Económico Mundial. Saadia Zahidi es directora sénior y jefa de los programas de Capital Humano y Partes Interesadas y de Paridad de Género del Foro Económico Mundial.
Imagen: Una mujer está de pie en una oficina, frente a unas ventanas con vistas a la ciudad.
