Los países en desarrollo se enfrentan a un desastre económico: 4 formas en que la comunidad internacional puede apoyarlos

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  • El 85% de la población mundial vive en países en desarrollo, donde los efectos de la pandemia se sentirán con más fuerza.

  • Las predicciones de diversas agencias de la ONU sobre los efectos de la pandemia son especialmente sombrías, e incluyen empujar a 500 millones de personas a la pobreza.

  • Debe haber una respuesta mundial coordinada para proteger a los más vulnerables de las peores consecuencias de la pandemia, escribe un economista.

Mientras la atención en los países desarrollados se ha centrado en los efectos de la pandemia en el propio país y en la anticipada salida del confinamiento, una catástrofe económica y sanitaria está surgiendo en los países en desarrollo que constituyen el 85% de la población mundial.

Las tasas de infección se encuentran ahora aumentando rápidamente, lo que sobrecarga los débiles sistemas de salud. Surgen focos en los vastos barrios marginales y favelas de las extensas ciudades, desde Sao Paolo hasta Capetown y Mumbai.

Aún más preocupante es el enorme daño económico que ya han causado tanto la pandemia como los confinamientos generalizados que han impuesto la mayoría de los países en desarrollo. Las agencias de la ONU estiman que 1,5 mil millones de personas —la mitad de la fuerza laboral mundial— quedará desempleada, con 500 millones empujados de nuevo a la pobreza, mientras 250 millones podrían enfrentarse a una hambruna, lo que revertiría todos los avances de las dos últimas décadas.

La pandemia podría empujar a 500 millones de personas a la pobrezaImage: OIT

El colapso de la economía mundial dañará gravemente nuestras posibilidades de recuperación, perjudicando las exportaciones, alterando las cadenas de suministro y amenazando el sistema financiero mundial. El fracaso en contener la propagación mundial del virus también garantizará que persista un foco de infección que pueda volver a saltar a los países desarrollados.

Una triple crisis

Los países en desarrollo se enfrentan a un golpe devastador para sus economías en tres frentes:

1) Las economías nacionales se han visto gravemente afectadas por el confinamiento.

La mayoría –quienes trabajan en la economía informal sin empleos regulares, derechos laborales ni prestaciones sociales– han perdido de inmediato sus medios de vida, y no existen redes de seguridad gubernamentales que paguen sus salarios o eviten la indigencia. El resultado ha sido una rápida caída de la producción económica y una enorme desestructuración, ya que millones de personas se ven obligadas a regresar al campo.

2) El colapso del comercio mundial ha acelerado este declive.

Sin suficientes ingresos por exportaciones, muchos países en desarrollo se enfrentan a una crisis de balanza de pagos en la que no han obtenido divisas suficientes para comprar las importaciones esenciales necesarias para mantener en funcionamiento sus economías, como combustible, alimentos y medicinas.

En muchos casos esto también provoca una fuerte caída en el valor de su moneda, lo que encarece aún más las importaciones. La mayoría de los buenos empleos en los países en desarrollo se encuentran en las industrias exportadoras, y desde trabajadores de la confección en Bangladés, hasta mineros del cobre en Zambia, al igual que en la crisis de 2008, están siendo despedidos en gran número.

3) El colapso económico amenaza el sistema financiero mundial.

Los países de mercados emergentes deben US$17 billones (£14 billones) a inversores occidentales, y muchos están ya al borde del impago. El capital está abandonando los países en desarrollo a un ritmo mayor que en la crisis financiera mundial de 2008. La crisis emergente de deuda soberana podría paralizar la inversión extranjera durante décadas y causar graves daños a los mercados mundiales de bonos que ya se tambalean por la carga de la deuda corporativa.

Plan global

Lo más preocupante es que la crisis económica no se limita a un país ni a una región, sino que se produce en todo el mundo. El colapso simultáneo significa que la economía mundial probablemente se contraerá más rápidamente que en cualquier momento desde la Segunda Guerra Mundial.

Los países en desarrollo necesitan ayuda inmediata en forma de un plan global que se centre en cuatro frentes principales:

  • Financiación externa para ayudar a pagar los enormes paquetes de estímulo económico necesarios para reactivar sus economías y reducir el desempleo masivo, la pobreza y el hambre.

  • Ayuda para estabilizar sus monedas. El FMI ya tiene solicitudes de este tipo de apoyo de 100 países en desarrollo, pero necesita modificar las estrictas condiciones que normalmente se aplican a este tipo de préstamos.

  • Una suspensión temporal del cobro de la deuda privada en manos extranjeras para garantizar un reparto equitativo de la carga, de modo que ningún pequeño grupo de tenedores de bonos pueda tener a un país como rehén, como ya está ocurriendo en Argentina. Los países más pobres, cuyas deudas son principalmente con gobiernos occidentales, necesitan una moratoria inmediata sobre dichos pagos de la deuda.

  • Asistencia inmediata para reforzar los sistemas de salud (especialmente la salud pública) para limitar aún más la propagación de la pandemia, garantizar que puedan utilizar la vacuna cuando esté disponible y evitar la nueva propagación de otras enfermedades infecciosas, como la TB y la malaria.

El coste de todas estas medidas podría ascender a US$2,5 billones –aunque esto no es más que una fracción de la enorme suma que los países ricos ya están gastando para reactivar sus propias economías. Pero, a diferencia de la crisis financiera de 2008, parece haber poco reconocimiento en Occidente de las consecuencias desastrosas que tendría para sus propias economías en caso de un colapso económico mundial.

Las instituciones mundiales que podrían organizar la respuesta, pero necesitan más recursos –el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial de la Salud – están siendo obstaculizadas por los gobiernos occidentales. Esto es especialmente cierto en el caso de Estados Unidos, que está suspendiendo por completo la financiación o bloqueando a otros que recauden fondos adicionales. Mientras tanto, las barreras al comercio mundial han aumentado mientras los países compiten por el acceso a suministros médicos y limitan la exportación de alimentos.

La desintegración de la economía mundial aumentará drásticamente la desigualdad, tanto dentro como entre los países. Necesitamos construir un modelo de globalización más equitativo, en el que los beneficios del comercio se distribuyan de manera más uniforme, en el que los países pobres tengan una mayor voz en la gestión de la economía mundial, y en el que la salud y la educación mundiales nos conciernan a todos.

El fracaso en hacerlo acelerará el declive de la confianza en los gobiernos tanto en los países en desarrollo como en los desarrollados, y podría fomentar un nuevo resurgimiento de la xenofobia y el nacionalismo extremo, con consecuencias devastadoras.

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