¿Trabajas gratis porque eres mujer?

¿Trabajas gratis porque eres mujer?
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Volvió a suceder. Una antigua clienta me ha pedido si podría asistir a una reunión como gesto de buena voluntad. Me prometió que así tendría la oportunidad de hablar de nuestro proyecto anterior ante un público más amplio. Por supuesto, «oportunidad» no es más que una forma elegante de decir «no se te pagará por tu tiempo». Dije que no, pero no fue una decisión fácil.

Rechazar cualquier oportunidad siempre me hace dudar. Me siento incómoda al decir que no a este tipo de peticiones, aunque sea mi tiempo el que voy a regalar, y a cualquier otra persona le diría que debería cobrar por su tiempo. Aun así, una vocecilla en mi cabeza se pregunta: “¿es impropio que la primera pregunta de una mujer empresaria sea si le van a pagar por su tiempo, sobre todo si dirige una consultora comprometida con hacer que las empresas sean más empáticas?”.

Quizá tuve la culpa de no ser más franca y de no haber aclarado la cuestión fundamental del presupuesto desde el principio. Ambas preocupaciones me parecen equivocadas. Un profesional no debería tener que señalar lo evidente: que esperaría que se le pagara por su tiempo.

¿Tenía esto algo que ver con ser mujer?

Una vez que tuve esto claro en mi cabeza, pasé a la siguiente pregunta, más incómoda. ¿Tenía esto algo que ver con ser mujer? Empecé a preguntarme si a los hombres en posiciones similares a la mía —directores ejecutivos de sus propias empresas— se les pediría que hicieran cosas con la esperanza de abrir posibles oportunidades. ¿Se les pediría que dedicaran su tiempo a pronunciar discursos, asistir a reuniones y ofrecer consejos duramente ganados de forma gratuita, aunque disfrazado con el nombre de oportunidad y buena voluntad? Quizá, pero estoy segura de que no lo harían sin tener claro lo que recibirían a cambio.

También me pregunté si las personas que presionaban a mi equipo y a mí para que trabajáramos gratis estarían dispuestas a dedicar las largas jornadas que ellas mismas dedican si no recibieran una abultada nómina al final de cada mes. La respuesta fue un rotundo «no».

Pregunté a mis seguidores de Twitter si habían vivido experiencias similares, y me sorprendió el gran número de mujeres que respondieron. Todas tenían historias parecidas. Muchas afirmaron que es más probable que a las mujeres se les pida consejo gratuito y que, en comparación con los hombres, son menos directas a la hora de pedir que se les pague por su tiempo.

De la paga semanal a la negociación salarial

En todo el mundo, el tiempo de las mujeres se valora menos que el de sus colegas varones. ¿Cómo explicar si no que en el Reino Unido, por cada 1 £ que ganan los hombres, las mujeres ganen apenas 86 peniques? Y no solo ocurre en el Reino Unido: en Estados Unidos, las mujeres ganan 88 peniques por cada 1 £ que ganan los hombres. En China, las mujeres ganan 75 peniques por cada 1 £ que ganan los hombres.

Sin embargo, las causas no residen solo en las instituciones y en la cultura. Las mujeres también deben hacer más para exigir un trato igualitario. Desde pequeñas se las desalienta a pensar o hablar de dinero. De niña me educaron para ser una «buena niña»: me elogiaban cuando visitaba a mi abuela, pero me reprendían si le pedía más paga semanal. Me aplaudían cuando sacaba buenas notas en el colegio, pero fruncían el ceño cuando mostraba mi alegría por recibir más propinas que cualquiera de los demás camareros del restaurante del barrio. Me daban más premios cuando era amable con mi hermana, pero me regañaban cuando empleaba una astuta estrategia para ganarle al Monopoly.

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Como empleadora, veo lo mismo en mi equipo. A los hombres que han trabajado conmigo les ha resultado mucho más fácil pedirme un aumento de sueldo —a veces mencionando cifras absurdamente exageradas— que a mis empleadas. Parece que los hombres suelen sobrevalorar su impacto y su contribución a la empresa, mientras que las mujeres infravaloran sistemáticamente las suyas.

Así que a todas las mujeres que trabajan en el mundo empresarial les digo lo siguiente: no hay por qué sentirse reticente a pedir dinero. Nuestra contribución es tan valiosa como la de los hombres con los que trabajamos. Las pymes dirigidas por mujeres ya aportan aproximadamente 70 000 millones de libras a la economía. Por eso marquemos hoy, 9 de noviembre, como el día en que dejamos de infravalorar nuestro tiempo y esfuerzo. Hagamos de hoy el día en que empecemos a exigir el mismo salario que los emprendedores varones. Valoremos nuestra contribución. Así que la próxima vez que alguien te pida que hagas algo, mírale a los ojos y pregúntale: «¿cuál es tu presupuesto?» antes de dar una respuesta. Al fin y al cabo, las buenas chicas no hacen historia.

Este artículo apareció por primera vez en The Guardian

Autora: Belinda Parmar es CEO de en Lady Geek y autora de The Empathy Era y Little Miss Geek. Síguela en Twitter @belindaparmar

Imagen: Una mujer camina por Brookfield Place, en Bay Street, el día de la junta general anual de accionistas en Toronto, el 7 de mayo de 2014. REUTERS/Mark Blinch

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