Según la investigación, ya sea al comprar un coche nuevo, contratar a un candidato para un puesto de trabajo o casarse, las personas dan por sentado que pueden y van a utilizar más información para tomar sus decisiones de la que realmente utilizan.
«A veces las personas necesitan mucha información para obtener una valoración precisa, y otras veces no necesitan casi nada», afirma Ed O’Brien, profesor asociado de la Escuela de Negocios Booth de la Universidad de Chicago.
«La idea clave que revela nuestra investigación es que resulta difícil saber de antemano cuál de las dos situaciones se dará: por lo general, las personas creen que más información será mejor, incluso cuando esa información adicional simplemente no se utiliza».
La prisa por juzgar
En la era de Google y Facebook, las personas pueden creer que intercambiar cada vez más información propiciará opiniones y perspectivas mejor fundamentadas, cuando en realidad emiten juicios precipitados sin siquiera darse cuenta.
En una serie de siete estudios, los participantes sobrevaloraron las pruebas de productos a largo plazo, pagaron de más por un acceso más prolongado a la información y trabajaron en exceso para impresionar a los demás, sin darse cuenta de que la información adicional no contribuiría realmente al juicio de nadie.
«En nuestros estudios, los participantes creían que suspenderían su juicio y esperarían a reunir muchas pruebas antes de decidirse, pero en realidad juzgaban en cuanto recibían las pruebas», afirma O’Brien, cuya investigación analiza cómo las personas perciben y experimentan el cambio.
En un estudio, los investigadores pidieron a todos los participantes que bebieran una muestra de 0.5 onzas de una nueva bebida vegetal. Después, asignaron al azar a algunos de ellos la tarea de predecir cuántas muestras tendrían que beber para decidir si les gustaba o no la bebida. A los demás les indicaron que siguieran bebiendo las muestras hasta decidirse.
Los participantes calcularon de más: creyeron que necesitarían más muestras de las que en realidad les hicieron falta para tomar una decisión. La discrepancia se mantuvo tanto si al final les gustaba la bebida como si no.
En otro estudio, los investigadores pidieron a estudiantes de MBA que solicitaran un puesto directivo hipotético y escribieran el número exacto de ensayos que, a su juicio, tendría que leer un responsable de contratación para tomar una decisión. Se informó a los participantes de que un responsable de contratación real leería los ensayos y de que presentar demasiados o muy pocos les costaría el puesto.
Los investigadores descubrieron que los solicitantes escribieron más ensayos de los que leyeron los responsables de contratación para tomar sus decisiones. En esencia, los estudiantes «trabajaron en exceso para impresionar», escriben los autores, y añaden: «Quienes quieran impresionar quizá harían mejor en dedicar su tiempo a perfeccionar parte de la información, en lugar de perfeccionarla toda».
Las decisiones en la era de la información
Los datos también apuntan a una brecha entre quienes buscan información y quienes la proporcionan.
Por ejemplo, quienes buscan información en línea sobre un tema o participan en un debate quizá solo accedan a una pequeña parte de lo disponible antes de tomar una decisión, mientras que quienes proporcionan esa información pueden suponer que quienes la buscan la están recibiendo toda y que «los escuchan alto y claro», escriben los investigadores.
«En términos generales, creemos que esta discrepancia es especialmente importante en la era de la información actual, en la que tenemos acceso a más información que nunca», afirma O’Brien.
«Las personas pueden pensar que tanta información accesible servirá para fundamentar opiniones y hacer que los demás cambien de parecer, sin darse cuenta de que las decisiones se tomarán casi de inmediato».


