Apenas oculto a los participantes de su estudio, William Jou, antiguo estudiante de posgrado en ingeniería mecánica de la Universidad de Stanford, llevó a cabo una treta sacada directamente de El mago de Oz.
Solo que, en lugar de hacerse pasar por un gran y poderoso mago, Jou fingió ser un fregadero autónomo. Lo hizo para comprobar si un fregadero que se adapta a los estilos de lavado personales podría reducir el consumo de agua.
Todavía no existe un grifo con nada parecido a la inteligencia de un estudiante de ingeniería mecánica. Por ello, Jou y sus colegas del laboratorio de la autora principal, Erin MacDonald, profesora adjunta de ingeniería mecánica, crearon lo más parecido: un grifo que parecía ajustarse automáticamente a las preferencias del usuario, pero que en realidad controlaba Jou.
Los resultados de su astuto experimento respaldan la idea de que los fregaderos inteligentes, diseñados con criterio, podrían ayudar a conservar el agua regulando su uso e incitando a los usuarios a desarrollar hábitos más respetuosos con el agua.
“Nos fijamos en el grifo porque ahí se produce gran parte del consumo de agua en el hogar, pero si comparas tu fregadero con otros productos de la casa —un termostato o un frigorífico—, verás que el funcionamiento del fregadero no se ha actualizado en mucho tiempo”, afirma MacDonald. “Ha habido pequeñas mejoras, pero nada que realmente aproveche el poder de la tecnología.”
Los participantes de este experimento tuvieron que lavar los platos tres veces, y Jou controló en secreto la temperatura y el caudal del fregadero solo durante el segundo lavado. Con la intervención de Jou, los participantes usaron aproximadamente un 26 % menos de agua que en su primer lavado. En la tercera ronda, seguían usando un 10 % menos de agua en comparación con la primera, aunque el fregadero había vuelto a no tener inteligencia alguna. Este cambio en el consumo de agua se produjo sin que los participantes supieran que el experimento trataba sobre la conservación del agua.
“La conservación del agua es especialmente relevante dado que estamos ubicados en California,” afirma Samantha Beaulieu, estudiante de posgrado y coautora del artículo. “También queríamos comprobar si los hábitos de las personas eran modificables; si interactuar con este grifo podría cambiar después la forma en que las personas utilizan un grifo manual. Los resultados obtenidos parecen indicar que eso es posible.”
Detrás de la cortina
Para crear una situación en la que las personas confiaran —y, con suerte, disfrutaran— de un fregadero que tomara decisiones sobre el agua por ellas, Jou supervisó de cerca los estilos de lavado de los participantes durante su primera ronda de limpieza para poder emularlos en la segunda.
“Como algoritmo, intento usar esa información para aprovechar su estilo cognitivo o su estilo de comportamiento como usuarios, y así comprobar si puedo ayudarles a usar menos agua sin dejar de hacerles felices”, afirma Jou, autor principal del artículo. “Mientras que muchos productos actuales están diseñados para un uso general, este es un producto que aprende sobre ti y se adapta a tu estilo.”
En las encuestas realizadas tras el experimento, el 96 % de los participantes que interactuaron con el fregadero inteligente (hubo un grupo de control que lavó los platos tres veces sin Jou) afirmó que consideraba que los grifos inteligentes tenían potencial para ahorrar agua. Muchos de ellos incluso expresaron interés en comprar un producto de este tipo.
“La mayoría de la gente se quedó bastante asombrada con el fregadero”, afirma Beaulieu. “Muchas personas salieron del experimento preguntando cuál era el algoritmo, cómo funcionaba o cómo podían ver más. Básicamente, les dijimos que tendríamos que esperar al final del experimento para responder a esas preguntas.”
Aunque los resultados y la reacción ante el lavado con la ayuda de Jou fueron impresionantes, los investigadores se sintieron especialmente animados por cómo una interacción tan breve con la función “autónoma” cambió el consumo de agua de los participantes.
“Ni siquiera teníamos previsto incluir ese tercer paso hasta muy avanzada la investigación, cuando estábamos realizando las pruebas piloto”, afirma MacDonald. “Nunca habría pensado que, con una sola experiencia con ‘William el Algoritmo’, la gente conservaría el aprendizaje y lavaría los platos de forma distinta.”
El futuro de lavar los platos
Los investigadores imaginan un futuro en el que los fregaderos de los hospitales animen a los empleados a lavarse las manos correctamente y en el que las preferencias personales de nuestro fregadero y de nuestra ducha puedan trasladarse a hoteles y a casas de amigos. Las escuelas y los barrios podrían organizar concursos para ahorrar agua y concienciar sobre su conservación. Mediante funciones adicionales, el fregadero incluso podría detectar fugas.
Dicho esto, crear este único fregadero requirió años de trabajo y ni siquiera incluía un algoritmo. Además de implantar inteligencia artificial, fabricar una versión para producción en masa que fuera realmente autónoma requeriría sensores capaces de diferenciar entre usuarios y entre situaciones, como lavar una olla, un tenedor o las manos. Aun así, los investigadores son optimistas en cuanto a que estudios como estos puedan sentar las bases que respalden esos avances.
“Todos somos seres humanos: tenemos días buenos y días malos. Un producto como este podría tener un gran impacto porque crece y aprende contigo a medida que cambias”, afirma Jou. “Este grifo trabaja para ahorrar agua, pero también mantiene contento a su usuario. A largo plazo, productos como este podrían ser nuestro futuro.”
Los investigadores presentaron su trabajo en la International Design Engineering Technical Conferences & Computers and Information in Engineering Conference. La investigación recibió financiación de la National Science Foundation.


