Debemos hablar sobre el big data y la genómica. Esto es lo que hay que saber, y cómo hacerlo

DNA is the most personal of personal data- so how should we regulate its use?Image: Pete Linforth on Pixabay
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  • La genómica se está consolidando como una fuente clave de datos en la atención sanitaria.

  • Los beneficios podrían ser enormes, pero necesitamos entablar una conversación sobre los riesgos y las ventajas, con la sociedad en el centro.

  • Corresponde a los expertos iniciar este diálogo, y deberían empezar de inmediato.

En una era en la que la mayoría de nosotros tenemos datos personales en el éter digital, el consentimiento, la privacidad y la protección siguen siendo zonas grises. Muchos de nosotros cedemos o compartimos nuestros datos, a menudo sin darnos cuenta de hasta qué punto lo hacemos. Aunque aparezca de forma explícita en los términos y condiciones, ¿cuántos de nosotros podemos afirmar que los leemos por completo? Entonces, ¿realmente podemos estar seguros de que nuestros datos se manejan con cuidado?

Aunque existen normativas para protegernos (por ejemplo, el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) en Europa, o la Ley de Protección de la Información Personal (POPI) en Sudáfrica), sigue habiendo una desconexión entre estos códigos de buenas prácticas y la persona de a pie, y existen pocas pruebas que sugieran que se llevara a cabo alguna consulta pública durante su elaboración.

¿Qué significa esto en relación con nuestros datos genómicos?

La genómica (el estudio de nuestros genes, que están formados por ADN) se está consolidando como una fuente clave de datos en la mayoría de las disciplinas de la atención sanitaria. Si donamos sangre, participamos en investigaciones genéticas o nos hacemos una prueba genética en línea, nuestros datos genómicos se sumarán al conjunto de datos personales que ya se almacenan sobre nosotros, tanto en línea como fuera de línea. Esto constituye una valiosa fuente de información sobre la salud humana, y a veces se compra, vende y comparte entre investigadores (tanto sin ánimo de lucro como con fines lucrativos) a gran escala, de formas que a menudo desconoce la persona que donó los datos. Por supuesto, todo lo que ocurre con nuestros datos genómicos solo debería hacerse con nuestro consentimiento, pero, de nuevo, ¿cuántos de nosotros leemos realmente los términos y condiciones?

¿Cómo elaboramos normativas que protejan a los donantes de datos?

Para que la normativa esté realmente conectada con aquellos a quienes sirve para proteger, debe reflejar las opiniones y preocupaciones del público, así como las de quienes proceden los datos de ADN (es decir, los «donantes de datos»). Para que las personas se sientan escuchadas, debemos empezar a plantearles las preguntas adecuadas y trasladar sus respuestas a los responsables de la formulación de políticas.

Así pues, las primeras preguntas cruciales son: ¿Cómo se sienten las personas ante el hecho de que sus datos genómicos se compartan con otros? ¿Cuánto control esperan tener sobre ello? ¿Hay determinadas organizaciones a las que no querrían dar acceso a sus datos? ¿Qué creen que ocurriría si se les identificara a partir de sus datos?

Pero antes de que las personas puedan responder, necesitan disponer de tiempo para reflexionar sobre las cuestiones, así como para meditar, debatir y plantearse sus propias preguntas. Esto exige que los científicos y los responsables de la formulación de políticas inviertan esfuerzos en explicar qué significa todo ello.

El ADN (los datos genómicos) se considera a veces el tipo de datos más puro y personal, fundamental para nuestra identidad y existencia. Como parte del esfuerzo mundial por comprender la salud humana y paliar el sufrimiento, sería razonable esperar que nuestros científicos, clínicos e instituciones académicas recopilen, almacenen, analicen y, en cierta medida, compartan nuestro ADN e información médica, en el contexto de la investigación y el descubrimiento. Y, a cambio, es razonable esperar que los datos en el centro de este esfuerzo estén protegidos, se gestionen con cuidado y, sobre todo, se traten de forma transparente y con respeto.

Aunque los datos puedan ser desidentificados (es decir, sin nombres ni direcciones), hay un aspecto que las personas deberían tener presente: el anonimato no puede garantizarse en términos absolutos. La información sanitaria, por ejemplo, siempre puede vincularse a otra información personal que también está disponible en la red, y en nuestro mundo cada vez más interconectado por datos, resulta del todo factible que, en teoría, las personas pudieran ser identificadas únicamente a partir de su ADN. ¿A las personas les importa? ¿Qué podría ocurrir? Estas son las conversaciones que debemos mantener colectivamente. Es imposible exigir la perfección. Ninguna normativa es absoluta. Ningún dato está 100 % seguro. Y quien afirme lo contrario está haciendo promesas excesivas. Como donantes de datos, debemos aceptar que siempre habrá riesgo, pero ¿qué niveles de riesgo son aceptables? Lo que deberíamos procurar es un sistema que ofrezca una elección clara y un consentimiento activo. Esto solo puede lograrse si abrimos el debate y la discusión como una sociedad colectiva y conectada.

El coste de la secuenciación de genomas se ha desplomado, pero ¿entendemos sus implicaciones?Image: The Economist

Una conversación impulsada por las personas

Si la ciencia va a servir verdaderamente a la humanidad de la mejor manera posible, debemos tener claras las condiciones de interacción y transacción con las personas. Situar a la sociedad en el centro de esa conversación garantiza que sus demandas, deseos y preocupaciones sean escuchados, y da a las personas la oportunidad de influir en las políticas a medida que se elaboran.

Un proceso de consulta exhaustivo que involucre a personas corrientes de todos los ámbitos de la sociedad no solo conducirá a una mejor regulación, sino que, en última instancia, propiciará un mayor avance de la ciencia y la investigación, con enormes beneficios para la humanidad.

En la actualidad existen ambigüedades en torno a la transparencia de algunas empresas y organismos reguladores que difunden compromisos y garantías sobre el uso de los datos. Esto genera una falta de confianza e impide que las personas se ofrezcan voluntariamente a compartir su ADN (su genoma) para avanzar en la investigación médica y el progreso de la atención sanitaria.

¿Cómo avanzamos?

Para que una conversación global sea eficaz, debe estar liderada por los expertos, quienes deben proporcionar una transparencia total para poner de relieve las cuestiones que deben debatirse. En la actualidad, no existe ninguna conversación global bidireccional que consulte tanto a los donantes de datos como a los principales beneficiarios de los datos (los científicos, las empresas, los médicos y los pacientes).

Los expertos deben «dar el primer paso» para crear este diálogo, lo que implica que las instituciones médicas, clínicas y académicas, así como los responsables de la formulación de políticas, expongan con claridad los supuestos en los que se basan sus declaraciones sobre el «interés superior de las personas» y que, a continuación, pongan esos supuestos a disposición del debate.

A su vez, la sociedad debe poder sopesar y equilibrar los riesgos inherentes a compartir sus datos con personas y organizaciones, antes de decidir si los acepta o no.

Es preciso centrar la reflexión en cómo la ciencia y la humanidad avanzan juntas y colaboran. Como sociedad, todos formamos colectivamente una asociación, y necesitamos que los miembros de la sociedad compartan con los científicos las mismas visiones, de modo que el viaje hacia el descubrimiento humano sea un camino recorrido en común.

Es hora de una conversación inclusiva. El momento para esa conversación es ahora.

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