Un tranvía avanza a gran velocidad por una vía. De repente, el conductor ve a cinco personas cruzando la vía más adelante. No hay tiempo suficiente para frenar. Si no hace nada, las cinco morirán. Pero sí hay tiempo para desviarlo a una vía secundaria, donde mataría a una persona. ¿Debería accionar la palanca?
Los filósofos llevan décadas debatiendo dilemas del tranvía como este. Es un experimento mental útil para poner a prueba nuestras intuiciones sobre la diferencia moral entre causar un daño y permitir que ocurra. Este escenario artificial nos permite dejar de lado cuestiones empíricas que podrían enturbiar el problema ético, como si el tranvía podría detenerse a tiempo o si la colisión podría evitarse de otra manera.
En los últimos tiempos, se ha recurrido al dilema del tranvía en el debate político del mundo real sobre la regulación de los vehículos autónomos (VA). La cuestión es cómo elegirán los VA entre causar daños a un grupo de personas o a otro.
En septiembre de 2016, la Administración Nacional de Seguridad del Tráfico en las Carreteras (NHTSA) pidió a las empresas que desarrollaban VA que certificaran que habían tenido en cuenta las consideraciones éticas al evaluar la seguridad de sus vehículos.

Sin embargo, los ingenieros y abogados que trabajan realmente en la tecnología de los VA coinciden en gran medida en que el dilema del tranvía es, en el mejor de los casos, una distracción y, en el peor, un modelo peligrosamente engañoso para las políticas públicas.
El dilema del tranvía no es una guía adecuada para regular los VA por tres razones:
1. Los escenarios del dilema del tranvía son extremadamente raros
Incluso en un mundo de vehículos conducidos por personas, para que un conductor se encuentre ante un dilema del tranvía en la vida real, debe 1) percibir una colisión inminente con tiempo para considerar rutas alternativas; 2) tener una sola ruta alternativa viable, que por casualidad implique otra colisión mortal; y, aun así, 3) poder reaccionar a tiempo para dirigir el coche hacia esa colisión alternativa. La probabilidad de que se den juntas estas tres circunstancias es ínfima. Por eso no sorprende que nunca veamos en las noticias colisiones parecidas a las del dilema del tranvía, y mucho menos en decisiones judiciales.
Pero, por desgracia, a diferencia de los dilemas del tranvía, las colisiones mortales no son raras. El Consejo Nacional de Seguridad estima que unas 40.200 personas murieron en las carreteras de Estados Unidos en 2016, un aumento del 6% respecto al año anterior. A modo de comparación, la Sociedad Estadounidense contra el Cáncer estima que este año unas 40.610 mujeres morirán de cáncer de mama en Estados Unidos. Un estudio de la NHTSA concluyó que el error del conductor es la causa determinante del 94% de los accidentes. Para salvar vidas, los responsables de formular políticas deben tener presentes las causas reales de las muertes evitables en carretera, como conducir bajo los efectos del alcohol y enviar mensajes de texto al volante.
2. Los vehículos autónomos harán que sean aún más raros
En la medida en que los escenarios del dilema del tranvía existan en el mundo real, los VA los harán más raros, no más frecuentes. Podría pensarse que, como los VA tendrán mejores capacidades de percepción y toma de decisiones, además de tiempos de reacción más rápidos, podrían afrontar situaciones parecidas a las del dilema del tranvía en las que un conductor humano no podría hacerlo. Pero esas mismas ventajas también permitirán a un VA evitar por completo una colisión —o reducir la velocidad y la gravedad del impacto— en situaciones en las que un conductor humano no podría.
A diferencia del tranvía, limitado a una vía, un VA casi nunca tendrá que elegir entre solo dos rutas, ambas con una colisión. Los VA están equipados con sensores que ofrecen una representación tridimensional de 360 grados del entorno del vehículo, actualizada continuamente, lo que les permite conocer muchas rutas alternativas y actuar en consecuencia. Más importante aún, como los VA nunca conducen ebrios, somnolientos ni distraídos, es menos probable que se encuentren en situaciones que estén a punto de provocar una colisión.
3. Los reguladores poco pueden hacer al respecto
Aunque los dilemas del tranvía fueran una preocupación realista para los VA, no está claro qué deberían hacer al respecto, si es que deberían hacer algo, los reguladores o las empresas que los desarrollan. El dilema del tranvía es un experimento mental objeto de intensos debates precisamente porque no hay consenso sobre qué debería hacerse.
Por lo general, cuando quienes aplican el dilema del tranvía a los VA llegan a alguna conclusión, proponen que estos no deberían hacer distinciones entre distintos tipos de personas por su edad, sexo u otras características. Pero no hace falta recurrir al dilema del tranvía para llegar a esa conclusión de sentido común.
Centrarse en el dilema del tranvía podría distraer a los reguladores de la importante tarea de garantizar una transición segura al despliegue de los VA, o inducir al público a pensar que los VA están programados para dirigirse contra ciertos tipos de personas o, simplemente, que son peligrosos.
Todos somos susceptibles a la tendencia a sobreestimar la probabilidad de riesgos vívidos y fáciles de imaginar, en lugar de riesgos estadísticamente más probables, pero menos llamativos. A menudo pasamos por alto la frecuencia de base de los accidentes de tráfico convencionales, pese a que el riesgo estadístico es alto. Asociar los VA con colisiones mortales como las del dilema del tranvía solo podría agravar este problema.
Confundir los experimentos mentales con la realidad podría ralentizar el despliegue de VA que son sistemáticamente más seguros que los conductores humanos. No tomemos ese camino equivocado al regular los coches autónomos.


