Creemos que el aumento de la longevidad está provocando un rediseño fundamental del trabajo y la vida. En La vida de 100 años: vivir y trabajar en una era de longevidad, nuestro cálculo más llamativo fue que quienes vivan hasta los 100 años (como lo harán muchas personas) seguirán trabajando hasta finales de los 70 o principios de los 80, a menos que ahorren más del 10 % de sus ingresos al año.
También demostramos que una vida más larga y plena requiere invertir continuamente en activos tangibles e intangibles. Los activos tangibles se basan en las finanzas y han sido el principal foco de la mayoría de los debates sobre la longevidad. Sin embargo, los activos intangibles son igual de importantes: las habilidades y los conocimientos, la salud y las amistades, y la capacidad para adaptarse al cambio.
Es posible que las normas e instituciones sociales existentes hayan funcionado bien para mantener los activos tangibles e intangibles a lo largo de una vida de 70 a 80 años, pero están demostrando ser totalmente inadecuadas cuando se prolonga la esperanza de vida. Para muchas personas, la vida se está convirtiendo en una maratón en lugar de un esprint, y deberían surgir nuevas etapas y secuencias vitales a medida que las personas experimentan con la combinación de todos los elementos que necesitan para vivir bien. Sin este rediseño, estamos acumulando problemas reales para nuestros últimos años.

Creamos una herramienta de diagnóstico para ayudar a las personas a hacer balance de sus distintos activos. Más de 10.000 personas compartieron sus percepciones sobre cómo utilizan su tiempo discrecional para invertir en sus activos intangibles: adquirir más habilidades, mejorar su salud y ampliar sus perspectivas. Aprovechar bien el tiempo libre es esencial para la recreación en el sentido de volver a crearse, no solo para el ocio. Los resultados mostraron lo difícil que les resulta a muchas personas reservar tiempo para hacer aquello que saben que es importante a largo plazo.
Por supuesto, este no es un problema nuevo. La limitada capacidad humana para aplazar la gratificación inmediata está bien documentada y refleja miles de años de evolución. Sin embargo, aunque este desafío viene de lejos, el coste de este fracaso aumentará, en parte porque nuestros instintos evolutivos se desarrollaron para respaldar esperanzas de vida mucho más cortas que las que probablemente tendrán las generaciones futuras.
¿Qué se puede hacer para ayudar a mejorar su autocontrol? Estas son cuatro ideas que, a nuestro juicio, ayudan a prepararse mejor para una vida larga:
Habla con tu yo de 80 años
La edición del sábado de Financial Timesincluye un perfil personal en el que se pregunta a una persona famosa: «¿Qué diría de ti ahora tu yo de 20 años?». El truco consiste en invertir el sentido de la pregunta y plantearse: «¿Qué pensaría de ti ahora tu yo de 100 años?». ¿Puedes tener la certeza de que las decisiones que tomas ahora resistirán el escrutinio de tu yo futuro?
Imagina tus posibles yos
Sin embargo, el desafío es que la mayoría de las personas toman malas decisiones sobre lo que podrían necesitar sus yos futuros. Así que, aunque el yo de 100 años es un recurso narrativo útil, necesitamos hacer algo más. Pensar en el futuro puede ser difícil, porque nos cuesta imaginar formas de vida que nunca hemos experimentado. Una manera de superar esto es considerar los «yos posibles». Por ejemplo, con nuestros estudiantes de MBA, pedimos a cada uno que dibuje una cronología desde el presente hasta los 100 años y describa las etapas de la vida que quiere vivir. Después comparten esas cronologías de sus posibles yos para escuchar cómo piensan los demás sobre el futuro y empezar a imaginar mejor sus propios yos posibles.
Considera opciones, búsquedas y compatibilidades
No cabe duda de que, a lo largo de una vida larga, se te presentarán muchas opciones y decisiones: qué empleo aceptar, qué trayectoria profesional seguir, a quién elegir como pareja, etc. Por eso, uno de los aspectos de pensar en una vida larga es estar dispuesto a aplazar una decisión y dedicar más tiempo a explorar las opciones. Esto se debe a que, en una vida larga, aumenta el valor de encontrar la mejor compatibilidad —ya sea en cuanto al estilo de vida, la carrera profesional o el matrimonio— y, por supuesto, también son mayores los costes de un compromiso temprano equivocado.
Piensa en la flexibilidad y la reorientación
Planificar una vida larga en un periodo de profunda transformación tecnológica es increíblemente complejo. Ni siquiera los futuristas más sofisticados pueden predecir con fiabilidad qué tipos de empleos y habilidades serán valiosos dentro de 10 años. Es fácil entender por qué podríamos quedar paralizados por la inercia. Pero pensemos en las palabras del novelista estadounidense Paul Auster: «Si no estás preparado para todo, no estás preparado para nada». Esto significa tener más flexibilidad y ser más consciente de que, en algún momento, quizá tengas que reorientarte y volver a invertir. Una excelente manera de planteárselo es «romper la rutina»: estar dispuesto a cambiar hábitos y comportamientos arraigados desde hace mucho tiempo.
Debemos superar las tendencias profundamente arraigadas al cortoplacismo. Ya sabemos que a quienes tienen más paciencia e invierten a largo plazo les va mejor que a quienes no lo hacen. Si vivimos más tiempo, ¿no podríamos volvernos más pacientes y previsores? Si un año representa una proporción menor de nuestra vida, ¿no podríamos mirar más lejos hacia el futuro?
Una vida de 100 años planteará muchos desafíos a la sociedad y a nuestras instituciones. Sin embargo, el mayor desafío será cómo superar mentalmente la tensión entre unas vidas mucho más largas de lo que nuestro software mental ha evolucionado para respaldar.
Lynda Gratton y Andrew Scott son profesores de London Business School y autores de «La vida de 100 años: vivir y trabajar en una era de longevidad», publicado en 2016 por Bloomsbury Press.


