Todos hemos oído las sombrías predicciones sobre los robots que vienen a quitarnos el trabajo. Algunos incluso nos quieren hacer creer que estos espantajos de silicio vienen a matarnos. Esto apela directamente a los temores más profundos de la gente sobre la tecnología.
Cuando los futuristas hablan de cosas que aún no han sucedido, pueden presentar conjeturas fundamentadas como si fueran hechos. Pero antes de creerles, quizá deberíamos recordar el viejo dicho:
… en Dios confiamos; los demás, que aporten datos.
En un artículo reciente, la MIT Technology Review recopiló los resultados de «todos los estudios que pudimos encontrar sobre el efecto de la automatización en el empleo». Los resultados muestran que el impacto previsto depende de qué se mida.
Muchas predicciones, poco consenso
De los 19 informes analizados en el estudio, había enormes variaciones. Algunos predecían que se sustituirían unos pocos millones de empleos, mientras que otros hablaban con tono alarmista de decenas o cientos de millones en períodos similares. Algunos eran decididamente optimistas; otros, bastante pesimistas.
Un futurista llegó a pronosticar que la automatización eliminaría mil millones de empleos para 2022. Compárese con la previsión más moderada del grupo de investigación y asesoría Gartner: 1,8 millones de empleos perdidos para 2020, pero con 2,3 millones creados en el mismo período, lo que supone un aumento neto de 500.000 en los dos años siguientes.
¿A qué se debe una diferencia tan grande? En realidad, nadie sabe cuántos empleos se perderán y cuántos se crearán en la era de la inteligencia artificial (IA). La situación es demasiado compleja para ofrecer respuestas sencillas.
Las variaciones entre las predicciones pueden compararse con la parábola de los cinco ciegos que se encuentran con un elefante. Al tocar distintas partes del cuerpo del animal, cada uno llegó a una conclusión diferente sobre qué clase de criatura era.
La ansiedad ante la tecnología no es nada nuevo
La preocupación por el impacto de la tecnología en la sociedad tiene una larga historia.
En los siglos XVIII y XIX, la rápida expansión de las tecnologías disruptivas durante la Revolución Industrial provocó las mismas inquietudes que se expresan hoy.
Se automatizaron oficios para lograr mayores economías de escala, pero las pérdidas de empleos quedaron más que compensadas por los nuevos puestos que se crearon después. Mientras tanto, oficios como la alfarería, el tejido y la metalurgia, que la automatización «hizo desaparecer» hace 200 años, siguen siendo ejercidos hoy por artesanos cualificados.
Más recientemente, cuando los ordenadores personales llegaron a los escritorios en la década de 1980, las salas de mecanografía dejaron de ser necesarias. Recuerdo las lamentaciones de entonces en los periódicos, la televisión y los programas de radio de debate.
Pero con el tiempo aumentó el número total de empleos gracias a los nuevos puestos creados en la incipiente industria de las tecnologías de la información. Hoy existen decenas de categorías de empleos tecnológicos, ninguna de las cuales existía en la época de las salas de mecanografía: puestos en hardware informático, programación, producción de contenidos, diseño web, seguridad, macrodatos, ventas y marketing, e inteligencia artificial, por nombrar algunos.
¿Y qué pasó con quienes antes mecanografiaban? Sus habilidades se demandaban más que nunca, porque los teclados siguen siendo el medio por el que los seres humanos se comunican con los ordenadores.
La IA es solo una extensión de nosotros
A menudo se habla de la IA como si fuera una entidad separada de las personas, y a veces se la considera una adversaria peligrosa. La realidad es que no es más que una herramienta creada por seres humanos: solo hace lo que le decimos, y nada más.
Lo que tenemos es una «IA estrecha», adecuada únicamente para tareas muy específicas. La «IA general» autónoma, superior a todo el espectro de la inteligencia humana, tardará muchas décadas en llegar.
El GPS de «IA estrecha» de mi teléfono inteligente es mucho mejor que yo para orientarse. Amplía mi capacidad para llegar a distintos lugares de una manera casi milagrosa. Pero no hay razón para sentirse amenazado. Solo es más inteligente que yo en esa única capacidad. Y no es probable en absoluto que diga «Lo siento, Dave. Me temo que no puedo hacerlo», como Hal cuando se niega a abrir las puertas de la cápsula en la película 2001: Una odisea del espacio.
Del mismo modo, la IA puede mejorar mucho la capacidad de las personas en el trabajo. En el primer caso documentado de una IA que salvó la vida de alguien, la combinación de médicos humanos y una IA de diagnóstico logró lo que los médicos por sí solos no habían conseguido.
Las evidentes ventajas de potenciar la inteligencia humana con IA han dado lugar a un híbrido conocido como centauro moderno.
El gran maestro de ajedrez Garry Kasparov ilustró el concepto cuando observó que los mejores jugadores no son solo ordenadores, sino personas cuya inteligencia se ve aumentada por la IA.
Los beneficios superan los daños
A lo largo de la historia, los temores sobre la tecnología han resultado en gran medida infundados, al menos en cuanto a que sus beneficios superan los daños, aunque quizá no en otros sentidos. Nuestro reto consiste en maximizar los beneficios y minimizar los daños.
¿Qué habilidades necesitaremos para el empleo del futuro? Serán las mismas en las que los seres humanos siempre han destacado: pensamiento crítico y resolución de problemas, buena comunicación y trabajo en equipo, liderazgo, iniciativa y creatividad. Y, por supuesto, la disposición a aprovechar la tecnología actual.
Los futuristas suelen dar por hecho que si un empleo puede automatizarse, se automatizará. Pero eso dista mucho de ser cierto.
La IA automatizará algunos empleos, sobre todo los sucios, aburridos o peligrosos que la gente no quiere hacer, desde inspeccionar alcantarillas hasta realizar tareas repetitivas en fábricas. La soldadura manual, por ejemplo, puede producir humos muy tóxicos, por lo que es una candidata ideal para la automatización.
Pero algunos trabajos siempre los harán las personas, por razones muy diversas: económicas, sociales o nostálgicas, o simplemente porque no resulta práctico que los hagan los robots.
Cuando voy al médico, quiero tener delante a una persona. No quiero un médico holográfico que me exija saber cuál es la naturaleza de mi emergencia médica.


