Mientras el internet de las cosas está a punto de revolucionar nuestra forma de vivir y trabajar, el mundo se enfrenta a una crisis de confianza. Es muy fácil culpar a agentes malintencionados, como los piratas informáticos; sin embargo, la realidad es que se trata de una crisis que deben asumir los líderes institucionales.
En primer lugar, consideremos el significado de la confianza en el contexto de la tecnología. La confianza en el mundo conectado se sustenta en dos pilares: la seguridad y la privacidad. ¿Podemos los particulares confiar en que el dispositivo que utilizamos (ya sea un teléfono inteligente, un electrodoméstico inteligente para el hogar o un coche conectado) es realmente seguro? ¿Tenemos alguna garantía de que nuestros datos personales no se utilizan ni se venden sin nuestro consentimiento?
Muchos líderes, en particular directores ejecutivos y funcionarios gubernamentales, participan en el discurso sobre seguridad y privacidad. Este debate es más frecuente que nunca, y existen incluso conferencias dedicadas a analizar el problema y sus posibles soluciones. Sin embargo, la confianza no se construye con palabras. La confianza se basa en pruebas, pruebas que, en conjunto, conforman la fiabilidad.
La respuesta a la crisis es sencilla. Debemos ser dueños de nuestros datos individuales y disponer de la posibilidad de elegir, de forma transparente, si los monetizamos o los aprovechamos de otro modo. El problema solo se complica cuando las organizaciones anteponen los beneficios a la ética.

Los gobiernos pueden facilitar la solución, pues tienen la autoridad para aprobar leyes que sitúen la titularidad de los datos personales en manos de las personas. Para abordar el problema de forma significativa, la legislación debe proteger de forma proactiva los datos personales y no limitarse a imponer sanciones reactivas a las organizaciones cuando los datos se vean comprometidos.
Es responsabilidad económica, social y ética de los líderes tecnológicos incorporar la seguridad y la privacidad a sus productos desde el diseño. La exigencia no es excesiva. En primer lugar, deben desarrollar productos con la seguridad integrada en cada capa del producto y comprometerse a no incluir puertas traseras. En segundo lugar, deben respetar que los datos personales de una persona le pertenecen y no obtener beneficios de ellos ni utilizarlos sin su consentimiento, que debe obtenerse de forma transparente.
Hoy en día, muchos actores del sector tecnológico asocian los datos con los beneficios y podrían necesitar replantear sus modelos de negocio sin ellos. En realidad, el valor sostenible es mutuo, entre la industria y los usuarios finales, y se hace posible gracias a la confianza. Es bien sabido que existe una relación positiva muy estrecha entre la confianza y el PIB, y es lógico suponer que esta correlación no hará sino crecer.
Los beneficios de una conectividad cada vez mayor son enormes, desde la mejora en la detección y el tratamiento de enfermedades hasta el impulso al crecimiento de los países en desarrollo, además de otras muchas aplicaciones que aún no se han explorado ni definido. Los líderes tienen la responsabilidad de generar una confianza sólida entre la tecnología y las personas para que este potencial pueda hacerse realidad.
El sector tecnológico sabe que la sencillez tiene un gran poder. Apliquemos el mismo criterio de sencillez a la privacidad de los datos.


