La transformación tecnológica sin precedentes que tiene lugar hoy en día —un período de cambio exponencial denominado Cuarta Revolución Industrial— no está aislada de los asuntos geopolíticos. De hecho, la competencia geopolítica, especialmente entre las potencias mundiales, es un motor principal de la disrupción tecnológica; a su vez, esta disrupción está afectando al panorama geopolítico.
La tecnología ha sido durante mucho tiempo un factor en la forma en que los Estados ganan, ejercen o pierden poder. Pero hoy en día, tres elementos interrelacionados —la innovación, el talento y la resiliencia— determinan cada vez más si los Estados están bien posicionados para avanzar en su propia seguridad y bienestar.
1. La innovación es (todavía) poder
Los Estados entienden que el liderazgo en la innovación impulsada por la tecnología se traduce en poder económico y militar y, por tanto, en poder geopolítico. Así, la competencia global por el liderazgo en el sector tecnológico es intensa, no solo por los claros beneficios económicos, sino también por la posible recompensa en materia de seguridad que puede aportar. La competencia feroz impulsa a los Estados a invertir en innovación y sigue desempeñando un papel fundamental en la producción y el escalamiento de tecnologías revolucionarias.
El temor a quedarse atrás en el campo de batalla (literal) es una razón importante por la que las grandes potencias del mundo gastan mucho en tecnologías emergentes. Esperan que hacerlo les proporcione seguridad y poder en un mundo inseguro. Durante décadas después de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, el gobierno de Estados Unidos gastó miles de millones de dólares en su aparato de investigación científico-técnica (siendo Silicon Valley un claro beneficiario), en gran medida por temor a que no hacerlo le llevara a perder la Guerra Fría. Este aparato, que combinaba la investigación científica con una audacia emprendedora, permitió a Estados Unidos disfrutar de una ventaja de pionero durante toda la Guerra Fría y mucho después.

El desarrollo tecnológico ha desempeñado un papel evidente en la guerra. La ametralladora Maxim, el cañón estriado, el avión, el gas venenoso, el napalm y las armas nucleares son solo una pequeña fracción de la multitud de inventos bélicos modernos. De cara al futuro, los inventos surgidos de los avances en nanotecnología, biotecnología, inteligencia artificial y otros trastocarán la guerra, desde la logística hasta el armamento. Al igual que sus predecesores, los más importantes de estos inventos otorgarán a los primeros en avanzar una ventaja geopolítica (temporal). Y, como sus predecesores, una vez inventados no pueden ser desinventados: la humanidad tendrá que convivir con ellos para siempre.
2. El talento es poder
Como documentan anualmente organizaciones como la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) y, más recientemente, este autor y sus colegas del Atlantic Council, la mayor parte de las nuevas tecnologías disruptivas del mundo se producen en un grupo relativamente reducido de países. Las sociedades que logran crear o atraer masas críticas de personas talentosas (inventores, emprendedores, científicos, ingenieros, investigadores) y les proporcionan las herramientas y los entornos para ser creativas han salido victoriosas a largo plazo.
Aunque no existe una plantilla única para un entorno tecnológico exitoso, todos los ejemplos presentan alguna combinación de inversión pública dinámica en investigación y desarrollo (I+D) científicos, sistemas educativos de alta calidad, acceso relativamente fácil a la inversión y al capital de riesgo, una sólida cultura de startups y la protección de la propiedad intelectual.
Comprendiendo la intensa competencia mundial en este ámbito, los responsables políticos de diversos países han copiado y, en algunos casos, mejorado la plantilla estadounidense para sus propios fines. La investigación científica de alta calidad no se limita en modo alguno a Estados Unidos; todos los líderes en innovación invierten una parte sustancial de su PIB en I+D. Israel y Corea del Sur son actualmente los líderes mundiales, invirtiendo cada uno más del 4 % anual.
Casi todos los candidatos serios al liderazgo en innovación están mejorando sus sistemas universitarios de transferencia tecnológica, una fortaleza de larga data del sistema estadounidense. Muchos, si no la mayoría, están ideando formas creativas de crear y atraer talento del extranjero. Start-up Chile, creada en 2010, es un acelerador público que ofrece a emprendedores de cualquier parte del mundo un visado de trabajo de un año, financiación inicial, formación, tutoría y más. Este modelo ha sido copiado desde entonces por muchos otros países.
Estados Unidos sigue siendo el líder mundial en innovación impulsada por la tecnología, pero otros países están avanzando rápidamente. En un informe publicado el año pasado, este autor y sus colegas del Atlantic Council sostuvieron que, si bien otros países están ascendiendo, Estados Unidos debe asumir parte de la responsabilidad por su propio declive relativo. Los responsables políticos estadounidenses han permitido que se erosionen varios motores irremplazables de la innovación. La calidad de la infraestructura estadounidense, por ejemplo, ha disminuido considerablemente sin que se haya prestado mucha atención seria a su modernización conforme a los estándares del siglo XXI.
Otras inversiones públicas también han disminuido; lo más crítico es la financiación de la educación superior y de la investigación y el desarrollo públicos, la ciencia básica que sustenta todo el desarrollo tecnológico. Tampoco cabe duda de que el clima político actual en Estados Unidos en torno a la inmigración es un obstáculo para el objetivo de atraer y retener al talento global de primer nivel.
3. La resiliencia es poder
Los sistemas innovadores crean tecnologías que mejoran la productividad y que, al menos a largo plazo, benefician a la sociedad. Sin embargo, muchas personas quedan al margen, porque viven en regiones afectadas negativamente por la disrupción tecnológica o porque no tienen las competencias necesarias para participar. Ignorar esta realidad no creará ni una economía sólida ni una sociedad sana.

Algunas sociedades están en mejor posición que otras tanto para beneficiarse de la tecnología disruptiva como para limitar sus efectos negativos. Los principales innovadores del mundo han invertido con frecuencia en mayor medida en estrategias basadas en la resiliencia, diseñadas para maximizar las probabilidades de que sus ciudadanos prosperen ante el cambio disruptivo. Sin embargo, ante la Cuarta Revolución Industrial, la cuestión es si estas sociedades están suficientemente bien preparadas.
La respuesta probable es que no, lo que significa que podemos esperar más convulsiones en el futuro. Si faltan mecanismos innovadores diseñados para abordar los desafíos económicos y políticos que se derivan de la disrupción tecnológica, las sociedades corren el riesgo de volverse menos estables, en lugar de más.
A medida que las tecnologías trastocan las industrias y alteran o incluso eliminan categorías enteras de empleo, los Estados deberán adaptar sus sistemas educativos, laborales y de bienestar social. La mala noticia es que los sistemas (bastante) cómodos que se construyeron para la era industrial de auge ya no son modelos para el futuro.
La buena noticia, sin embargo, es que existe un margen considerable para la innovación y la experimentación en políticas públicas. Los gobiernos que consideren a su fuerza laboral como su mayor activo se beneficiarán a largo plazo. Invertir en educación de alta calidad, en formación y actualización de competencias a lo largo de la vida, y en una red de protección social flexible pero sólida, rendirá frutos para los países dispuestos a realizar dichas inversiones. Este es un ámbito en el que Estados Unidos, como principal innovador del mundo, corre el riesgo de quedarse atrás: la educación universitaria es cada vez más cara para sus ciudadanos, su sistema de formación de competencias va muy por detrás de líderes como Alemania y su red de protección social es extremadamente frágil.
Los responsables políticos de todo el mundo deben encontrar formas de incorporar a más personas al sector tecnológico. Lamentablemente, se trata de un club exclusivo: independientemente del país, los trabajadores son desproporcionadamente hombres y proceden de los estratos más acomodados de la sociedad. Los gobiernos deben hacer un mejor trabajo para dotar de herramientas a las mujeres, a las minorías raciales y étnicas y a las personas de estratos socioeconómicos más bajos, así como de oportunidades para competir en este sector.
La gobernanza mundial será un desafío
Como en revoluciones anteriores, las tecnologías que surgen de la Cuarta Revolución Industrial llegan mucho antes que las normas y los estándares necesarios para regirlas. Existe poco consenso mundial sobre cómo regular el impacto de las tecnologías o, incluso, sobre si deben regularse en absoluto.
Para diseñar un régimen mundial de regulación tecnológica sólido y de cumplimiento obligatorio, debe existir evidencia suficiente de que una tecnología específica tiene suficientes efectos negativos como para requerir supervisión. Es muy poco probable que tal evidencia exista en el momento en que se inventa la tecnología. Por ejemplo, les llevó décadas a los científicos descubrir que los clorofluorocarbonos (CFC) estaban destruyendo la capa de ozono. Incluso cuando una tecnología tiene repercusiones claramente negativas, como ocurre a menudo con la nueva tecnología bélica (piense en las armas nucleares), los acuerdos mundiales para limitar su uso requieren la voluntad política de los Estados para suscribirlos. Lo más crítico es que ello exige la participación de las grandes potencias, que, no por casualidad, suelen ser las menos incentivadas para colaborar.
El resultado es un sistema global en el que los incentivos se alinean con la creación y difusión de nuevas tecnologías, incluidas las letales, pero no con su supervisión. Aunque cada generación se enfrenta a esta realidad, los riesgos aumentan porque las tecnologías se vuelven más potentes con el tiempo. En el ámbito militar, mayor poder significa mayor letalidad: el mosquete y la bomba de hidrógeno son cosas muy diferentes. Y, aun cuando las nuevas tecnologías aportan beneficios económicos o sociales, como en el caso de los CFC, pueden deparar, y con frecuencia deparan, algunas desagradables sorpresas.
Por ello, la gobernanza inteligente de la tecnología a escala mundial está entre las tareas más importantes a las que nos enfrentaremos en este siglo. A pesar de las dificultades para diseñar regímenes internacionales de gobernanza tecnológica sólidos, es imperativo que los gobiernos lo hagan.
Las negociaciones bilaterales entre las grandes potencias sobre una serie de cuestiones relacionadas con la tecnología pueden tener un efecto real y productivo en la gobernanza, dada su importancia para la economía mundial y para la producción tecnológica. También pueden hacerlo foros multilaterales como la Organización Mundial del Comercio, el Grupo de los Veinte (G20), la OMPI, la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) y muchos más.
Aunque la política mundial hace muy difícil, y a veces imposible, que estas organizaciones lideren la creación de normas mundiales sólidas y de cumplimiento obligatorio, los Estados sí pueden recurrir a ellas, y de hecho lo hacen, para desarrollar nuevos estándares y normas ante cuestiones espinosas de gobernanza tecnológica en ámbitos como la ingeniería genética o la inteligencia artificial.


