Preparados o no, los robots autónomos están saliendo de los laboratorios para probarse en contextos reales. Cada vez más personas viven en ciudades, donde estas tecnologías ofrecen formas de hacer frente al envejecimiento de la población y a infraestructuras mal mantenidas, al tiempo que promueven un transporte más seguro, una producción más eficiente y un suministro energético fiable.
Los «laboratorios vivientes» urbanos son una de las formas en que los científicos intentan comprender cómo afectarán a nuestra vida cotidiana los robots autónomos —o los sistemas robóticos y autónomos (RAS, por sus siglas en inglés), para darles su nombre completo—. Los robots autónomos son herramientas interconectadas, interactivas, cognitivas y físicas que pueden percibir su entorno, razonar sobre acontecimientos, elaborar o revisar planes y controlar sus propias acciones. Estas tecnologías están diseñadas para aprovechar los macrodatos y conectarse con la Internet de las cosas, con el fin de facilitarnos la vida al aumentar la precisión y la eficiencia.
Pero la dinámica cotidiana de las ciudades es compleja, lo que las hace mucho menos predecibles que las zonas de prueba habituales. Los dirigentes municipales reconocen que la experimentación en el mundo real puede respaldar la innovación y atraer inversión internacional. Por eso, ciudades de todo el mundo compiten por convertirse en bancos de pruebas urbanos. Sin embargo, como expone un nuevo informe técnico elaborado por investigadores del Instituto Urbano de la Universidad de Sheffield, existen grandes desafíos para promover las tecnologías RAS y garantizar que los ensayos en las ciudades sean significativos.
Logística de última milla
Las empresas de logística están bajo presión para satisfacer las crecientes expectativas de los clientes de recibir entregas rápidas, mientras lidian con la congestión del tráfico. Las empresas pretenden cubrir esta necesidad con robots de reparto de última milla. Alibaba anunció recientemente que su robot, el G Plus, pasaría de las pruebas en carretera en su sede de Hangzhou, en el este de China, a las operaciones comerciales antes de finales de 2018.
En esta prueba, los consumidores descargan una aplicación, hacen un pedido de comestibles e indican con precisión dónde quieren que se les entreguen. Los artículos comprados se colocan en el robot autónomo, que puede transportar varios paquetes de distintos tamaños. El robot tiene un sistema de navegación integrado que se basa en LIDAR, una tecnología que refleja la luz en las superficies cercanas para crear un mapa tridimensional de 360 grados del entorno. Se desplaza de forma autónoma, a velocidades de hasta 9,3 millas por hora, hasta el lugar de entrega, donde el cliente introduce un código PIN para recoger la compra.
Se están llevando a cabo pruebas similares en Milton Keynes, en el Reino Unido, y en la ciudad estadounidense de San Francisco. Sin embargo, estas pruebas no han estado exentas de errores: algunos robots de reparto han tenido problemas de navegación, como quedarse atascados o chocar contra obstáculos, incluidas personas; también han encontrado resistencia por parte de ciudadanos y activistas interesados en proteger el espacio público y la seguridad de los peatones.
Ciudades que se reparan solas
Bajo las calles de las ciudades hay millones de kilómetros de redes de tuberías y cables que proporcionan servicios esenciales de agua, saneamiento y energía. Aumenta la presión sobre las ciudades y las empresas de servicios públicos para mantener estas infraestructuras invisibles y envejecidas, mientras hacen frente a los desafíos que plantean el crecimiento de la población urbana, la inestabilidad ecológica y las expectativas de la ciudadanía.
Los robots autónomos pueden detectar defectos en las infraestructuras —como grietas en el asfalto— e identificar y eliminar sus causas, ya se trate de una tubería con fugas o de una sobrecarga física. Por ejemplo, la Universidad de Leeds, junto con los ayuntamientos y socios del sector, lleva adelante un proyecto sobre ciudades que se reparan solas para probar una variedad de tecnologías robóticas autónomas.
Hay drones capaces de realizar el mantenimiento remoto del alumbrado público; enjambres de vehículos voladores para inspeccionar y reparar de forma autónoma los baches de las autopistas; y robots híbridos diseñados para inspeccionar, reparar, medir y comunicar el estado de las tuberías de servicios públicos.
Estos robots pueden acceder a lugares imposibles (el interior de las tuberías) o indeseables (a gran altura en el paisaje urbano) para las personas, y trabajar sistemáticamente durante largos períodos (durante los cierres nocturnos). Estas tecnologías podrían prolongar considerablemente la vida útil de las infraestructuras urbanas esenciales, reducir los gastos de mantenimiento y generar ahorros enormes.
Sin embargo, persisten las dudas sobre cómo se eligen las zonas de la ciudad y las poblaciones residentes que se beneficiarán de estas mejoras. Las autoridades deberán garantizar que los ensayos de RAS no beneficien únicamente a las zonas acomodadas y bien conectadas de las ciudades.
Robots que cuidan
Se presenta a los robots humanoides como la solución a la vigilancia policial urbana, la atención al cliente y los desafíos de la asistencia social. Pepper, un robot humanoide blanco de poco más de un metro de altura, ya trabaja recibiendo, saludando y asesorando a clientes en más de 140 tiendas de telefonía móvil de SoftBank en Japón, y Nestlé planea instalar a Pepper en 1.000 puntos de venta.
Según sus desarrolladores, «Pepper ha sido diseñado para identificar tus emociones y elegir el comportamiento más adecuado a la situación». Programados para atender las necesidades de cuidado particulares de los pacientes, los robots sociales como Pepper se están probando como acompañantes personales que complementan la labor de los cuidadores humanos.
En 2017, residencias de ancianos en Southend, Essex adoptaron el robot de compañía para interactuar con las personas mayores, lo que generó el temor de que pudiera sustituir al personal. Sin embargo, se prevé que el Reino Unido necesitará hasta 700.000 cuidadores más para 2030.
Los robots pueden ayudar a aliviar la presión sobre las residencias de ancianos y los hospitales, al permitir que las personas vivan de forma independiente en sus propios hogares durante más tiempo, ofrecer entretenimiento mediante juegos de memoria y facilitar una mejor conexión con sus seres queridos a través de dispositivos inteligentes. Sin embargo, aunque los robots puedan facilitar el seguimiento de los pacientes y ayudar con tareas físicas, podría decirse que nada puede sustituir la conexión emocional y la sensibilidad humanas.
Los robots autónomos ya no son simples fantasías ni se limitan a aplicaciones especializadas: poco a poco están pasando a formar parte de nuestra vida cotidiana. Aunque los desarrolladores procuran que las tecnologías RAS tengan un diseño neutral y se integren sin problemas en la ciudad y con sus habitantes, esta aspiración siempre conllevará desafíos. Por eso, los «laboratorios vivientes» urbanos son cruciales para mostrar las oportunidades y los límites de los robots autónomos y garantizar que se establezcan políticas y normas que protejan los derechos humanos y eviten que se amplíen las desigualdades sociales.


