¿Existe una solución social para la automatización?

Automated robots fetch merchandise from aisles at the Hudson's Bay Company distribution centre in Toronto, Ontario, Canada May 29, 2017. Picture taken May 29, 2017. REUTERS/Fred Thornhill TPX IMAGES OF THE DAY - RC11960C8370
The emergence of digital technologies is an opportunity to create new kinds of jobs.Image: REUTERS/Fred Thornhill
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En nuestra sociedad obsesionada con la eficiencia, las nuevas tecnologías se despliegan con el único objetivo de aumentar la productividad y eliminar la necesidad de mano de obra humana. Pero, en lugar de preocuparnos por el «fin del trabajo», deberíamos ampliar las oportunidades de interacción humana en el marco de una nueva economía social.

Hoy en día, cuesta pensar en algún empleo que siga estando disponible para nuestros hijos cuando crezcan. Cada vez más, los padres, presa del pánico, intentan anticiparse a la próxima gran novedad digital para que sus hijos aventajen a todos los demás seres humanos cuyos empleos pronto serán automatizados. Los contables y los radiólogos ya están condenados, pero seguramente los desarrolladores que perfeccionan los coches autónomos o añaden nuevas funciones a Facebook están a salvo, ¿no?

En vez de pensar así, deberíamos ver la aparición de tecnologías digitales extraordinariamente eficientes como una oportunidad para crear nuevos tipos de empleos que satisfagan nuestra naturaleza social. Este enfoque no solo resolvería el problema del «fin del trabajo», sino que también abordaría uno de los mayores males de la modernidad: la soledad.

Las personas socialmente aisladas son más tristes y están más enfermas que quienes disfrutan de vínculos humanos significativos, y su número va en aumento. Según un comentario de The New York Times, «Desde la década de 1980, el porcentaje de adultos estadounidenses que dicen sentirse solos se ha duplicado, del 20 % al 40 %».

Image: McKinsey & Company

Una economía sociodigital respondería simultáneamente a los problemas que plantean la automatización y la soledad. Las máquinas y los algoritmos ya gobiernan la economía digital, y los seres humanos deben aceptar que no tienen ninguna posibilidad de competir con ellos en eficiencia y capacidad de procesamiento. Deberíamos esperar —y acoger— un futuro en el que las máquinas piloten nuestros aviones de pasajeros y realicen nuestras operaciones de corazón. ¿Por qué tolerar pilotos o cirujanos humanos torpes y distraídos si no es necesario?

Sin duda, se necesitará que algunos trabajadores humanos gestionen actividades en la economía digital, pero ni de lejos en la misma medida que antes. Mientras tanto, todos aquellos que en otras épocas se habrían convertido en pilotos, cirujanos o contables podrán dedicarse a los trabajos para los que las máquinas son intrínsecamente malas.

Como señala Sherry Turkle, del MIT, en algunas actividades la participación de una máquina estropea la experiencia. Pensemos en las redes sociales. Facebook y Twitter no pueden reducir la soledad, porque están diseñadas para ofrecer una muestra sesgada de la experiencia social. Como el azúcar digital, pueden hacer que una interacción social resulte gratificante al instante, pero siempre dejan una sensación de vacío. Al ofrecer tan solo una simulación de la experiencia social, terminan por hacernos sentir más solos.

En el pasado, la etiqueta de «trabajador social» se aplicaba a un reducido grupo de profesionales que atendían a quienes no podían cuidar de sí mismos. Pero en una economía sociodigital, el significado del término sería más amplio. Al fin y al cabo, el barista que prepara tu café con leche también presta un servicio social con solo preguntarte cómo va tu día. Esa simple pregunta, aunque la motive el cumplimiento de las normas del lugar de trabajo, carecería de sentido si la formulara una máquina.

Nuestra necesidad de interacción social es producto de nuestra evolución. Los seres humanos, explica el neurocientífico social John Cacioppo explica, somos «gregarios por obligación». Un cuidador de zoológico encargado de crear un «recinto adecuado para la especie Homo sapiens, escribe, «no alojaría aislado a un miembro de la familia humana», del mismo modo que tampoco «alojaría a un miembro de Aptenodytes forsteri (pingüinos emperador) en la cálida arena del desierto». Dicho de otro modo, si alguien quisiera torturar a un animal social por naturaleza, la forma más económica sería aislarlo.

A lo largo de las eras industrial y posindustrial, nuestra naturaleza social se ha visto reprimida por una adicción cultural a la eficiencia. Pero la revolución digital podría ayudarnos a redescubrir lo que hemos perdido. Hoy en día, la única aplicación de las tecnologías digitales en el lugar de trabajo es aumentar la productividad. Sin embargo, con un enfoque centrado en lo social, nos centraríamos en dar más libertad a los trabajadores humanos para expresarse.

En una economía social, seguiríamos preocupándonos por la eficiencia, pero tendríamos en cuenta la falibilidad humana. Así como no esperamos una eficiencia perfecta de nuestras parejas, tampoco deberíamos esperarla de los docentes, enfermeros o baristas humanos.

Además de la eficiencia, también deberíamos pensar en cómo podemos potenciar la dimensión social de distintas profesiones, incluidas aquellas que no parecen especialmente sociales. Pensemos en los astronautas. Centrarse en la eficiencia nos exigiría prescindir de los exploradores espaciales humanos casi de inmediato. Las máquinas ya son mejores para corregir el rumbo y recopilar datos, y no necesitan las instalaciones adicionales que los seres humanos requieren para mantenerse saciados y cuerdos en el espacio.

Pero hay otra forma de concebir la exploración espacial, en la que la presencia de seres humanos es precisamente el objetivo. Contar historias siempre ha sido una experiencia social profundamente placentera para los seres humanos. Y aunque los vehículos exploradores robóticos pueden transmitir datos desde la cima del monte Olimpo de Marte, nunca podrán contar una historia emocionalmente conmovedora sobre cómo es escalarlo. ¿Para qué explorar el espacio si no es para contribuir a la historia de la humanidad? Desde una perspectiva social, sustituir a los astronautas humanos por máquinas es un poco como reemplazar a Meryl Streep por una animación generada por computadora.

Para los padres preocupados, la mejor manera de predecir el futuro del trabajo no es estudiar las últimas tecnologías, sino nuestro propio pasado. Antes de que Homo sapiens se convirtiera en agricultor, pertenecíamos a comunidades de recolectores que satisfacían muchas de las necesidades sociales que hoy siguen sin atenderse. El futuro del trabajo en la economía social consistirá en volver a atender esas necesidades.

Sin embargo, para que eso ocurra, debemos cambiar la mentalidad de los responsables de formular políticas y de las empresas. En la situación actual, los trabajadores que tratan más directamente con otras personas suelen ser los primeros en ser desplazados por los servicios automatizados. Pero esto es una elección, no una necesidad económica. Nada en la revolución digital nos obliga a dejar de valorar a las personas y las interacciones humanas.

En lugar de canalizar el dividendo de la automatización hacia los bolsillos de unos pocos multimillonarios, deberíamos empezar a utilizarlo para restablecer vínculos significativos entre seres gregarios por naturaleza. Lograrlo sería una historia humana digna de contarse.

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