El Internet de las cosas es la conocida visión de objetos conectados a Internet que intercambian información para hacernos la vida más fácil y cómoda. Ya está llegando a nuestros hogares, con dispositivos que van desde altavoces controlados por voz hasta sensores inteligentes de temperatura. Para mejorar nuestra forma física, los relojes inteligentes y los dispositivos Fitbit informan a las aplicaciones en línea de cuánto nos movemos. Y, en ciudades enteras, los dispositivos interconectados hacen de todo, desde aumentar la eficiencia del transporte hasta la detección de inundaciones.
Al mismo tiempo, los robots van saliendo poco a poco de las líneas de producción. Están empezando a aparecer como guías, por ejemplo, en centros comerciales y cruceros. A medida que bajen los precios y sigan mejorando la inteligencia artificial (IA) y la tecnología mecánica, nos iremos acostumbrando cada vez más a que tomen decisiones por su cuenta en nuestros hogares, calles y lugares de trabajo.
Aquí se presenta una gran oportunidad. Los robots son mucho más capaces cuando tienen conexión a Internet. Cada vez hay más consenso en que la próxima evolución del Internet de las cosas consistirá en incorporarlos a la red, lo que abrirá posibilidades fascinantes.
Mejoras en el hogar
Hasta los robots más sencillos resultan útiles cuando se conectan a Internet: pueden recibir, por ejemplo, información actualizada de su entorno a través de sensores, o conocer la ubicación de sus usuarios y el estado de los electrodomésticos cercanos. Así pueden poner su cuerpo, sus ojos y sus oídos al servicio de un entorno inteligente que, de otro modo, sería impersonal, y darle un carácter más cercano. Esto puede ser especialmente útil para las personas mayores o con discapacidad que viven en casa.
Hace poco presentamos un apartamento futurista en la Universidad Heriot-Watt para explorar estas posibilidades. Como uno de los pocos centros de prueba de este tipo en la UE, nos centramos por completo en las personas con necesidades especiales y en cómo los robots pueden ayudarlas interactuando con dispositivos conectados en un hogar inteligente.
Imaginemos que suena un timbre con funciones de vídeo inteligente. Un robot podría localizar a la persona dentro de la casa mediante sensores y decirle quién está en la puerta y por qué. También podría ayudarla a hacer videollamadas con familiares o con un cuidador profesional, incluso permitiéndoles hacer visitas virtuales al actuar como plataforma de telepresencia.
También podría ofrecer protección. Por ejemplo, podría avisar de que se ha dejado el horno encendido; los teléfonos o las tabletas son menos fiables para estas tareas porque pueden perderse o no oírse. Del mismo modo, el robot podría dar la alarma si parece que su usuario está en apuros.
Por supuesto, los dispositivos con asistentes de voz, como Alexa o Google Home, pueden ofrecer algunos de los mismos servicios. Pero los robots son mucho mejores para desplazarse, percibir e interactuar con su entorno. También pueden conectar con sus usuarios señalando objetos o comportándose de forma más natural mediante gestos o expresiones faciales. Estas «capacidades sociales» crean vínculos de importancia crucial para que los usuarios acepten mejor el apoyo y para que este sea más eficaz.
Para ayudar a incentivar los distintos centros de prueba de la UE, nuestro apartamento también acoge iniciativas como la Competición de robots de servicio de la Liga Europea de Robótica—una especie de Liga de Campeones para robots destinados a atender necesidades especiales en el hogar—. En enero de 2018, reunió por primera vez en nuestro laboratorio a académicos de toda Europa. Se puso a prueba a sus robots en tareas como recibir visitas en casa, apagar el horno y traer objetos a sus usuarios; y un equipo alemán de la Universidad de Koblenz ganó con un robot llamado Lisa.
Robots en alta mar
En el mundo empresarial hay oportunidades similares. Por ejemplo, las empresas de petróleo y gas están explorando el Internet de las cosas y experimentando con sensores inalámbricos para recopilar información como la temperatura, la presión y los niveles de corrosión, a fin de detectar y quizá predecir fallos en sus equipos en alta mar.
En el futuro, los sensores podrían alertar a los robots sobre zonas problemáticas para que inspeccionaran el estado de tuberías y pozos, y comprobaran que funcionan con la mayor eficiencia y seguridad posibles. También podrían colocar sensores en partes de los equipos en alta mar de difícil acceso, o ayudar a calibrarlos o cambiarles las baterías. Iniciativas como ORCA Hub, un proyecto de 36 millones de libras esterlinas dirigido por el Centro de Robótica de Edimburgo, que reúne a expertos destacados y a más de 30 socios del sector, están desarrollando estos sistemas. El objetivo es reducir los costes y los riesgos que afrontan las personas que trabajan en lugares remotos y peligrosos.

Trabajar bajo el agua es especialmente difícil, ya que las ondas de radio no se propagan bien bajo el mar. Los vehículos autónomos y los sensores submarinos suelen comunicarse mediante ondas acústicas, que son muchas veces más lentas (1.500 metros por segundo frente a 300 metros por segundo en el caso de las ondas de radio). Los dispositivos de comunicación acústica también son mucho más caros que los que se utilizan fuera del agua.
Este proyecto académico está desarrollando una nueva generación de dispositivos de comunicación acústica de bajo coste y busca hacer más eficientes las redes de sensores submarinos. Esto debería ayudar a los sensores y a los vehículos autónomos submarinos a trabajar mejor en conjunto en el futuro: podrán realizar tareas de reparación y mantenimiento similares a las que ya son posibles fuera del agua, además de ofrecer otras ventajas, como ayudar a los vehículos a comunicarse entre sí a mayores distancias y localizar su posición.
Más allá del petróleo y el gas, existe un potencial similar en muchos otros sectores. Por ejemplo, hay aplicaciones equivalentes en la energía nuclear y en la limpieza y el mantenimiento de puentes y edificios. Mis colegas y yo también estamos explorando posibilidades en ámbitos como la agricultura, la fabricación, la logística y los residuos.
Sin embargo, primero es necesario que los sectores de investigación del Internet de las cosas y la robótica compartan adecuadamente sus conocimientos y experiencia. A menudo están aislados unos de otros en distintos campos académicos. Hay que esforzarse más por crear una comunidad conjunta, por ejemplo mediante talleres dedicados a esta colaboración, como los que organizamos en el Foro Europeo de Robótica y la Semana del IoT de 2017.
Con el mismo objetivo, la industria y las universidades deben plantearse crear proyectos conjuntos de investigación. Es especialmente importante abordar las cuestiones de seguridad y protección: por ejemplo, que unos piratas informáticos tomen el control de un robot y lo utilicen para espiar o causar daños. Estos problemas podrían generar desconfianza entre los clientes y arruinar una oportunidad de mercado.
También necesitamos sistemas capaces de trabajar juntos, en lugar de funcionar en aplicaciones aisladas. Así se podrán introducir con rapidez y eficacia servicios nuevos y más útiles, sin interrumpir los existentes. Si resolvemos estos problemas y unimos la robótica y el Internet de las cosas, realmente podremos cambiar el mundo.


