No sufrimos por falta de moralidad. Tenemos demasiada

A Cape Town Muslim awaits the sighting of the crescent moon marking Eid al-Fitr, the end of Ramadan, the holiest month in the Islamic calendar, along the city's Sea Point beachfront, September 9, 2010. REUTERS/Mike Hutchings (SOUTH AFRICA - Tags: RELIGION SOCIETY)
A philosopher believes that the greatest moral challenge we face is a flawed conception of morality itself.Image: REUTERS/Mike Hutchings
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En esta serie, hemos invitado a filósofos a escribir sobre lo que consideran el mayor desafío moral de nuestro tiempo y sobre cómo deberíamos abordarlo.

Sería fácil concluir que hoy existe un déficit de moralidad en el mundo. Que si las personas estuvieran más motivadas para comportarse éticamente, si dieran más importancia a la moralidad en su forma de pensar, el mundo sería un lugar mejor.

Pero, si tuviera que señalar un único mayor desafío moral de nuestro tiempo, diría que no nos falta moralidad en el mundo; tenemos demasiada.

De hecho, creo que el mayor desafío moral de nuestro tiempo es nuestra concepción errónea de la moralidad. La forma en que tendemos a pensar y hablar sobre la moralidad limita nuestra capacidad para considerar perspectivas distintas de la nuestra, dificulta la gestión de la diversidad y los desacuerdos, y suele encerrarnos en patrones de pensamiento que provocan más sufrimiento e intranquilidad del que resuelven.

Lo correcto, lo incorrecto, el blanco y el negro

El asesinato está mal. No es una mera cuestión de preferencia personal subjetiva, sino un hecho objetivo. Eso significa que, si es cierto para mí, también lo es para ti y para todos los demás. Y si alguien afirma que el asesinato está bien, se equivoca.

Así es como muchos tendemos a pensar y hablar sobre numerosas cuestiones morales, no solo sobre el asesinato. Hablamos de hechos morales y demostramos que nuestra postura moral es la correcta apelando a esos hechos.

Algunos justificamos estos hechos apelando a mandamientos que nos ha transmitido algún ser divino. Otros lo hacen apelando a los derechos naturales o a hechos fundamentales sobre la naturaleza humana, como que el sufrimiento es intrínsecamente malo y, por tanto, debemos evitarlo siempre que sea posible.

Muchos vemos la moralidad como una ciencia, en la que podemos descubrir nuevos hechos morales sobre el mundo, como cuando descubrimos que la esclavitud estaba mal o que las mujeres debían tener los mismos derechos que los hombres, y actualizamos en consecuencia nuestras actitudes morales.

Tres problemas

Creo que esta concepción de sentido común de la moralidad tiene tres grandes problemas.

Primero: es errónea.

No me convence que exista una fuente objetiva de moralidad. He dedicado mucho tiempo a buscarla, pero todavía no he encontrado nada que no resulte profundamente poco convincente.

Aunque creas que existe una fuente moral divina capaz de dictar de forma absoluta qué está bien y qué está mal, sigue correspondiéndonos a los simples mortales determinar cuál es la interpretación correcta de su voluntad. La historia ha demostrado que los desacuerdos entre interpretaciones rivales de la bondad divina pueden causar un sufrimiento incalculable, y aún lo causan hoy, cuando los dogmáticos intentan imponer su versión de la moralidad a quienes no la aceptan.

El segundo problema es que la idea de que existe una única moralidad verdadera está fundamentalmente reñida con la enorme diversidad moral que vemos en el mundo. Por ejemplo, hay un desacuerdo generalizado sobre si el Estado debería poder ejecutar a los delincuentes, si las personas con enfermedades terminales tienen derecho a morir y cómo puede expresarse y practicarse la sexualidad en privado y en público.

Si crees que la moralidad es una cuestión de verdad objetiva, esta diversidad significa que la mayoría de las personas del mundo (si no todas) están sencillamente equivocadas en cuanto a sus convicciones morales más arraigadas. De ser así, eso dice poco a favor de nuestra capacidad colectiva para entender siquiera qué es la moralidad.

El tercer problema es que esta concepción de la moralidad nos lleva a pensar en términos de blanco o negro. Orienta el discurso moral a demostrar que los demás se equivocan o a doblegarlos para que acepten nuestras ideas morales. Hace que a las personas les resulte mucho más difícil, cuando no imposible, tomar en serio otras perspectivas morales y entablar negociaciones o alcanzar compromisos éticos.

Esta es una de las principales razones por las que el discurso en las redes sociales, por no hablar del que se da en la mesa, se encuentra ahora en un estado tan lamentable. Quienes están de un lado descartan sin más a sus oponentes por considerarlos moralmente perversos, lo que cierra toda posibilidad de diálogo constructivo o cooperación bipartidista.

Reforma moral

Así que, para responder al mayor desafío moral de nuestro tiempo, tenemos que replantearnos seriamente la moralidad misma.

La mejor manera de concebir la moralidad es como una herramienta cultural que los seres humanos inventamos para ayudarnos a convivir y trabajar juntos en sociedad. Al fin y al cabo, cada uno tiene intereses que quiere perseguir. Varían de una persona a otra, pero en general incluyen cosas como poder mantenernos a nosotros mismos y a nuestros seres queridos, evitar el sufrimiento y las dificultades, y buscar experiencias placenteras y enriquecedoras.

La mejor manera de satisfacer estos intereses es vivir en sociedad, relacionándonos y cooperando con los demás. Pero a menudo nuestros intereses, o los medios para satisfacerlos, entran en conflicto con los de otras personas. Y ese conflicto puede acabar perjudicándonos a todos.

Así pues, la moralidad es el conjunto de reglas por las que nos regimos y que buscan reducir el daño y ayudarnos a convivir de manera eficaz. No nos limitamos a descubrirla. No nos fue entregada desde las alturas. Tuvimos que encontrarla por nuestra cuenta.

Por supuesto, no siempre hemos pensado en la moralidad en estos términos, así que la hemos justificado de muchas maneras, a menudo apelando a la religión o a la tradición. Pero no hemos actualizado nuestra forma de pensar sobre la moralidad para librarla del lastre que acarrearon la religión y la rígida conformidad cultural del pasado.

Ahora sabemos que hay muchas maneras de llevar una vida plena, y que las reglas que promueven una de ellas pueden entrar en conflicto con las formas de vida de otras personas. Así, por ejemplo, las reglas morales que fomentan fuertes lazos comunitarios pueden chocar con las que permiten a las personas elegir su propio rumbo en la vida.

Además, los problemas que la moralidad intenta resolver varían de un lugar a otro. Quienes viven en una comunidad pequeña de una zona con recursos limitados, como la tundra ártica, tienen problemas distintos de los de quienes viven en una metrópolis moderna como Sídney o Melbourne, rodeados de abundancia. Si aplicamos la moralidad del primer entorno al segundo, podemos agravar el conflicto en vez de resolverlo.

Todo esto significa que la moralidad debería centrarse menos en «demostrar» que tu postura es correcta y más en la tolerancia y la negociación. Debemos aprender a entender que distintas personas —y distintas comunidades y culturas— tienen concepciones diferentes de la buena vida. También debemos comprender que los problemas de la convivencia social y sus soluciones no se aplican igual de bien en todas las comunidades.

También significa que debemos aprender a ser menos dogmáticos en lo moral y más adaptables. Sobre todo, debemos abandonar la idea de que la moralidad consiste en hechos objetivos aplicables a todas las personas en todo momento.

Esto no significa que la moralidad se convierta en una forma de relativismo en la que «todo vale». Hay maneras de juzgar la utilidad de una norma moral concreta: ¿ayuda realmente a resolver los problemas de la convivencia social de quienes la siguen? Muchas no lo hacen, por lo que merecen ser cuestionadas o reformadas.

En un mundo cada vez más interconectado, diverso y multicultural, es más importante que nunca reformar nuestra manera de pensar y hablar sobre la moralidad misma. Si no lo hacemos, sea cual sea el otro desafío moral al que creamos enfrentarnos, resolverlo será cada vez más difícil.

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